¡ESTOY MUERTO!

Aaron Parodi Quiroga

“Todo lo que es necesario para el triunfo del mal, es que los hombres de bien no hagan nada”.   (Edmund  Burke).

¡Qué iluso! Hasta llegué a pensar que se podría construir un mundo nuevo. Que volvería a nacer la esperanza. Inclusive le quité tiempo a los míos para malgastarlo en quimeras construidas del estiércol emanado de una sociedad trivial, arribista, insensata. Permanecía incólume en medio de la pestilencia de la corrupción, de las tentaciones perversas de seres cuyo carácter habían sido subyugados por la opulencia y el desbarajuste. Tercamente insistía en encontrar la senda de la luz, creía haber descubierto la ruta de la solidaridad, de la igualdad, del amor, de la paz.

Mantuve siempre una posición recia y condenatoria para los malos hijos de esta patria que fueron procreados con el semen deforme de la mentira, del conformismo, de la traición, de los que entregaron su dignidad por el destello transitorio de unos falsos billetes. Fui un incansable crítico de las políticas nefastas que sometían a un pueblo pero que enriquecían a sus autores. Me sobresaltaba la conducta morbosa de los dirigentes que sin ningún resquemor cambiaban de partido e ideales para su conveniencia, tal cual prostituta cambia de clientes en una noche. Pero eso no sirvió de nada. La mentira, la corrupción, el engaño, la desilusión, el hambre, la mezquindad, la ignorancia, la traición, el egoísmo, la desesperanza, el oprobio, la barbarie, la sumisión, la hipocresía, el absurdo, se volvieron costumbres triunfando estruendosamente frente a mis planteamientos. Me equivoqué; porque nunca el bien puede triunfar sobre el mal ya que son más los malos que los buenos.

Ignoré el evidente riesgo a que sometía a mi familia por mis arriesgadas denuncias, pero creí que estaba en lo correcto, que los culpables eran ellos y más temprano que tarde los hechos me darían la razón. Desde lo más profundo de mi adolorido corazón, tengo que reconocer que tanto esfuerzo no valió la pena. Me he quedado solitario con mis pensamientos, mi palabra no tuvo eco en ningún conciudadano, no logré cambiar la forma de pensar de esta sociedad. He fracasado. Ahora debo enfrentar mi realidad, recuperar el tiempo que injustamente le robé a mi casta, preparar un nuevo rumbo para ir donde lo anormal no sea normal, evitando ser víctima inefable de las balas asesinas compradas con dinero putrefacto de la caterva gobernante. 

Los que aborrecen la verdad y les produce escozor la honestidad, seguirán siempre gobernando, ese es nuestro futuro, esa es nuestra realidad, nadie puede cambiarla. Los irrefutables argumentos del poder avasallan cualquier buena intención de construir un país con mejores condiciones, digno para nuestros hijos. Ha triunfado la desesperanza, la vulgaridad, ha reinado el caos, han sepultado mis sueños, terminaron con mi vida, con mi ilusión, se ha terminado mi lucha; soy cadáver.

¿Seguir en la lucha? ¿Comenzar de nuevo? ¡Hasta cuándo! Cómo pedirme que siga luchando si los que medianamente comparten mis ideales, hoy abandonan la causa despavoridos por los irremediables convencimientos de un fusil apuntando en mi espalda. Si los que se consideran buenos ciudadanos callan ante la inocultable podredumbre social en que nos encontramos. Cómo seguir luchando si mis copartidarios prefieren revolcarse en una retórica inservible antes que emprender acciones productivas para cambiarlo todo. Cómo luchar si ante la lápida que me han colocado, solo escucho mi voz y veo a mi familia que por mi culpa sufre abnegadamente.

Engendros de rameras, cobardes e ineptos piden mi cabeza para saciarse cual necrófago disfruta de su presa inerte. Ese es y ha sido el camino más expedito para acabar con las ideas y postulados de quienes buscamos la verdad, la solidaridad, la hermandad. Somos la constante preocupación de quienes ostentan deshonrosamente el poder. Delirantes violadores de los Derechos Humanos.  

Al final todo es tiniebla, desconcierto, mierda. Heme aquí desilusionado, vituperado, solitario, perdido, excluido, odiado, desprestigiado. Entrego la antorcha de la lucha a mis hijos. Espero que ellos no mueran en el intento de soñar con ser libres algún día, como a mí me pasó. ¡Estoy muerto!

Una pregunta ingenua: ¿Por qué hacer el bien cuesta tanto?

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