EL GIGANTE

José Parodi García

Mi madre me ha dejado en la cama cuna, cree que estoy dormida, no tiene ni la más mínima idea que solo lo haré después que venga por mí, el Gigante. El día de hoy me pareció eterno, estuve sola en la cama por horas mientras mamá arreglaba la casa. Pasaron varios muñecos frente a mí, junto con libros musicales, objetos extraños que parecían divertirme y hasta carros del hermanito mayor. Cuando me desesperaba ella licuaba leche con cereal y, ¡a dormir! Al despertar, buscaba con la vista al Gigante pero él aún no llegaba, me quedaba, como única posibilidad de pasarla bien antes de volver a dormir, el seno de mi madre; entonces, a berrear.

Ayer en la soledad y la espera, ella parecía recordar días mejores, sus ojos brillaban vítreos, como muestra de que la tristeza la invadía. Para llamar su atención la mordía en el pezón, ella sonreía con los primeros apretujones, después me reprendía alzándome la voz, pero logré cambiar su semblante y después de esto colocó un CD de música en el computador y, con eso quizás las penas se disiparían, así como el dolor en la cúspide de su areola.

El Gigante llegó más temprano que otros días, a éste le llaman jueves, yo le llamo dicha, ¡él estaba aquí! Mi madre le dio de comer, no sé si por miedo o por costumbre, pero lo hizo rápido y en silencio. Él se comió lentamente sus emparedados, con un vaso de bebida negra. Parecía preocupado. Aunque a través de los barrotes de mi cuna lo miré cada centímetro y emití varios gemidos, él no volteó a mirar. Tomó a mamá de la mano y se la llevó a un lugar donde yo no podía ver. Me extrañó que no opusiera resistencia, al fin y al cabo era un gigante, mi Gigante. ¡Mamá, ya no te quiero!

Cuando volvió de aquel lugar, me observó como a una joya, palmo a palmo, célula a célula. Me agarró por las axilas con sus manos ásperas y su fuerza descomunal. Me levantó como cuando un avión despega del suelo y puso su barba incipiente junto a mis cachetes tiernos y dijo: ¡Qué hermosa está mi pequeña damita! Yo sonreía embelezada y apreciaba mi reflejo en sus ojos de jade. El Gigante me paseó por la habitación y luego en la sala bailó conmigo una de las canciones que sonaba desde el computador. Pero esta dicha no duraría mucho, se despertó mi hermano mayor y como si fuera de su propiedad empezó a llamar la atención del Gigante y, éste sin mediar procedimientos, me dejó en el suelo y alzó a mi hermano. Pero eso no podía terminar así. Mi espera fue muy larga como para perder a mi gigante por el incansable parloteo de mi hermano. Me quedaba una única posibilidad: atraer su atención con mis propias palabras. Algo logré balbucir. Algo ininteligible, creo. El Gigante puso cara de niño abismado. Pero ya no pareció tan grande. No tan grande cuando formando una algarabía tremenda, me alzaba y le gritaba a mamá, como enloquecido: ¡La nena me dijo papá! ¡La nena me dijo papá!

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9 comentarios en «El Gigante»

  1. Una amorosa versión de cómo nos ven nuestros pequeños hijos, aprovechemos esa profunda admiración que sienten para mostrarles lo hermoso de esta vida y crezcan felices, es una forma de ayudar a tener un mundo mejor.

  2. Excelente. A si muchos padres pueden valorar más a sus hijos y familiares la vida no es solo vivirla . Es dar cada día lo mejor . Quedarán recuerdos y casa quien siembra lo que tiene para dar.
    Siempre lo recordé como un muy buen educador. Siempre tenía oído para escuchar y más conocía a cada uno de sus estudiantes.

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