LA VOZ DE UNOS JÓVENES

Diego Fernando Gutiérrez Vera

Yacen pensando en la revolución

en una alfombra bañada de migajas,

probabilidades de emprender con certeza,

certeza que a sus padres tal vez disgustara,

revelarse que no es solo cosa de pobres,

tarde o temprano

el proletariado anudara la corbata

y la lumpen dejara la bolsa o el pañuelo

y contemplara el libro.

 

Empezaron cuatro y unos tantos,

cantos a la brisa que se grafitearon

en las fachadas de casas, edificios

vitrinas y comercios.

Eran los gritos que promulgaba

la decisión privada, la opinión expedita,

un acuerdo de alentados y juveniles cuerpos

que frente al látigo y la opresión

modificaron el arma más letal

cargada por todos los asentamientos

“La palabra”

Se había incorporado, reivindicándose

erupcionando masivas voces

banderas y melodías,

 

Imagen de un carnaval, fiesta en los adoquines,

sin cesar al objetivo,

sin temor a la muerte,

sin arrepentimiento alguno,

consientes de algún motín

que de estándares se darán revueltas.

Ya el lenguaje entraba tumbando tiranos,

y dar un paso atrás, era darles escondrijo a los roedores.

Irán por ellos, ellos que lo peleaban todo

y los otros, los del trono lo desvalijan

 

Pues los jóvenes no eran la causa, fueron la consecuencia.

 

La codicia les cabía en la cabeza

como una tesis que presentarían un:

—No más de que yo no pueda

Y que los derechos sean teoría—

Habían estudiado

las fórmulas, las magnitudes

los diámetros, hasta las matrices

fueron concluidas

en que su matemática era muchos más exacta,

y solo ellos tenían la respuesta, el antídoto

para cortar los hilos

que los figuraban como marionetas.

Era romper con el ideal y, muchos temían

y vivían a cuestas o raspando ollas,

la ilusión por un país mejor, no dormía, seguía creciendo

hasta que su voz llegara a apagarse por algún fusil desentendido

y fatuo.

 

Sí, eran pobres, unos jóvenes

todos remendados

a veces descalzos, otros con la quijada montaraz

con unas fisuras y peculiaridades más emancipadas y reciprocas.

El tabaco los ponía a escribir o a dibujar,

deseaban dar el golpe,

dejando la alfombra,

recogiendo las migajas,

era una matemática, era una ciencia,

caminar y muchos eran unos prematuros,

con el pan bajo el brazo, el libro

 

Alguien sin rostro por la alcoba vociferaba

—¡Ustedes que van a saber… Estudien vagos! —

Habían estudiado

se echaron el país al hombro

y decidieron levantarlo.

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