TINNITUS

José Omar Parodi

En estos momentos en los que pensar es el lugar común, pensar en lo que vendrá, pensar en el vacío de la existencia, pensar en lo que no pudimos, es donde nos damos cuenta que ese afán de pensar, no refleja otra cosa que los límites sobre los cuales no podrán pasar nuestras reflexiones. He perdido la utopía, de hecho, creo más bien que nunca la he tenido, pero lo más terrible realmente es darme cuenta que estoy ante una distopía, sin saber siquiera que la palabra opuesta existía. Muchas de las cosas que se habían hablado hasta ahora sobre los riesgos de enfermedades globales no ocupaban ningún rescoldo de mi conciencia, ahora que estoy frente al patíbulo, frente a los estragos de la virosis, frente al colapso del mundo que estábamos acostumbrados a ver, frente al derrumbamiento de lo tradicional, nos queda claro que somos vulnerables y efímeros, pero también que nuestra vulnerabilidad se agravará junto con una vuelta a un nuevo despotismo ilustrado. Nos exponemos a un síndrome de Estocolmo colectivo, le pediremos a quienes nos han abandonado en medio de la pandemia, que nos cuiden y nos vigilen para evitar una nueva tragedia causada por un virus. En eso pensaba cuando percibí por primera vez el ruido.

Cuando comenzó el encierro pensé que la normalidad iba a ser pan de cada día, no sé cómo definir normalidad ahora, o todo es normal o todo es anormal, no sé. En la primera semana me di cuenta que algunos rostros en mi casa no los conocía, apenas pude notar cómo eran en detalle. De antes podía decir que, si acaso escuchaba sus voces, pero los rostros se me antojaban fugaces, es probable que el encierro me haya hecho recuperar la vista, es también posible que el confinamiento haya despertado otros sentidos, en fin, también me hizo volver a escuchar los silbidos.

Los sentidos nos gobiernan, nos llevan a lugares a veces desconocidos o nos sacan del camino hacia la realidad. Confiar en los sentidos nos hace presa de la estupidez, de la ingenuidad, pero lo que sí me queda claro es que, en medio de esta cuarentena me he dado cuenta que los sentidos estaban allí, las rutinas nos vuelven autómatas, nos impiden percibir la realidad desde sus aristas incomprensibles, desde los olores profundos a aquellos tenues como el de un capullo, desde el brillo de un amanecer, desde la superficie rugosa que antes creíamos otra cosa, desde el sabor empalagoso de lo que hemos cocinado. En estos momentos me doy cuenta que los sonidos seguían ahí. Es acaso que nuestra conciencia nos haga creer que ella misma es omnipotente que todo lo resuelve desde la racionalidad, pero en este momento de cuatro paredes y de silencios absolutos e impertinentes, somos conscientes más bien de que la mera reflexión no va ayudar, a no ser que pongamos a funcionar las emociones.

Una de las cosas que más pesa al hombre en su deambular por la historia, por las calles y por los lugares paradisíacos, es el tiempo. Con el encierro he constatado la superfluidad del tiempo, la banalidad de mirar el reloj, la subjetividad de su percepción, acaso es relativa la manera cómo percibimos el tiempo o más bien el tiempo es una cosa que existe por fuera de nosotros. Lo que sí me quedó claro al pasar los días de encarcelación sin haber cometido delito, es que el tiempo tiene sus propias regularidades, su propia coherencia.

Por las mañanas se mueve parco con su parsimonia de los años, como si le pesaran, como si quisieran recordarnos que todo ocurre en su preciso momento. Es así como la mañana se percibe más larga que la otra mitad del día, las tardes transcurren con más celeridad, con más prontitud, como si apurara por apagar la luz, como si desesperara por decirnos que no le teme a la oscuridad. Del tiempo, finalmente, pude saber que no se deja manipular por nuestra sola condición de creernos dueños de todo. Parece más bien que el tiempo no permite ser capturado; como recuerdo no deja ser analizado libremente, como presente escapa a la conciencia y mucho menos permite ser una prospectiva de lo que vendrá. Él mismo se representa con su autarquía. Eso seguí pensando.

Pero no sólo es el tiempo es también el espacio. Está bien sentirse atrapado, darse cuenta que no hay posibilidad de explotar. Es necesario salir a decir cosas a las paredes del patio, al árbol de mango, para bajar peso a la bruma de nuestros sueños, que produce guardarse tantas cosas. Qué decir entonces, aprovecho el espejo del recinto del baño o cuando el chorro cae al piso, en fin, cualquier oportunidad para decir, lo que cuando estamos sueltos por ahí manifestamos con ganas, con contundencia, con carcajadas y que suelen ser cosas distintas a las que hablamos en el calor de la casa.

Pero aparece de nuevo aquel bullicio imprudente, lo pensaba extinto, estaba oculto en alguna parte, me pongo a buscar las razones y no las encuentro, creo que la medicina se olvidó de ellos, creo que mis encuentros esporádicos con el facultativo no sirvieron para nada, solo me ayudaron a darme cuenta que ese ruido, tozudo y árido, seguiría allí. Este desespero me agobia, a cualquier persona encerrada la puede llevar al desquicio y, creerá lo que siente como producto de ver frustrado su proyecto, su utopía. Pero no en mi caso, el agobio impertinente de las cuatro paredes solo puede arrinconarme tras el vacío de ese canto de grillos en la soledad.

Quise reconciliarme con ese vacío, pero no hay nada absoluto en medio del silencio y, entonces apareció nuevamente, ese sonido vivaz que está más allá de las palabras, detrás de lo que puedo escuchar y, me recuerda de paso en este aislamiento, en lo que menos puedo pensar es en el silencio, lo efímero y lo eterno rompen sus fronteras, pensar en salir de esto es hacer conciencia que no podré salir, sólo puedo vislumbrar alguna forma de paliar el desespero por ese sonar a la distancia, como clamor de almas dentro de mí. No creo que haya alternativa clara, toca improvisar. Recuerdo ahora algunos momentos de entretención que me impiden estar absorto, es cuando el pitido disminuye, es cuando me doy cuenta que puedo escuchar y decido optar por ese camino.

Tomó pues papel y lápiz, el chillido pertinaz disminuye, deviene en un zumbido melancólico, con el avance de los párrafos o de los versos, qué sé yo, se hace tenue como cuando suena la canción en el acetato y desaparece el chasquido de la aguja sobre el disco, se hace imperceptible en la medida que las palabras golpean el papel. Quién iba a pensar que esa pudiera ser la salida. Sigue avanzando el arte milenario, la primera invención realmente humana, el oficio de plasmar ideas en algún lugar. Ahora no puedo llamar ruido a aquello que hay detrás de las líneas y oraciones, se ha convertido en secretos de enamorados, en murmullos lejanos de muertos olvidados, como recuerdos al borde del olvido o imágenes antiguas perdidas en la memoria. Mientras la prosa avanza hacia su final esa bulla eterna y mía, desaparece, sucumbe ante las palabras, es presa ahora de una simple historia, su ocaso ha sido el resultado de haber narrado, de haber inventado el relato del cual ahora ustedes son dueños.

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10 comentarios en «Tinnitus»

  1. Todo un deleite lleno de realidad. Sin duda asi nos sentimos y de esta situación continuamos aprendiendo. Espero que pronto tengamos mas cuentos como este 🤓❤️ Me gusto mucho.

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