EPITAFIO

Irene Tapias

Como todas las mañanas di vueltas en la cama para buscarte a mi lado, para matar el frío en tus costillas y, una excusa para ignorar los compromisos rutinarios de las primeras horas del día. Buscaba la forma de no seguir escuchando el ruido de las gotas de lluvia caer sobre el tejado, pero a mi lado yacía el tronco seco de un viejo roble envuelto en una maraña de bejucos espinosos.

 

Sospeché que el desaliento y esa sensación de soledad que me embargaban mientras dormía, tenían que ver contigo, no con la triste muerte de mi padre el mes pasado; no tuve tiempo para limpiar las heridas, causadas por las espinas en mi piel. Al ver que no estabas, con la mano en el pecho, como queriendo aguantar el corazón para que no se me saliera, corrí a buscarte, porque pensé que eras tú quien abría y cerraba las puertas de las habitaciones contiguas, poseído por un arranque de locura o de rabia.

 

Una desagradable mezcla de angustia, desespero e ira me sobrecogió al darme cuenta que no eras tú, sino un viento fuerte el que jugueteaba con las puertas dentro de la casa. Al cerciorarme si las ventanas estaban abiertas, observé cuan tranquilo estaba el ambiente afuera, a pesar de la lluvia. ¿Por dónde entraba el viento? Los ventanales estaban cerrados como los había dejado la noche anterior antes de irme a dormir.

 

Luchando contra la furia impetuosa de aquel ventarrón, recorrí la casa, te llamé a gritos hasta quedar afónica, mas de ti no había rastro. Salí a buscarte a los arrozales, al platanal, incluso debajo de las piedras del jardín pretendía encontrar noticias tuyas. En el pueblo la gente me miraba con asombro correr por las callejuelas polvorientas de aquí para allá sin rumbo fijo. Me sorprendí pasando frente a la tienda de Chucho, pues me hallé desnuda cuando me vi reflejada en las vitrinas. Llena de vergüenza arropé mi cuerpo con el mantel que acababa de poner Doña Lucrecia en una mesa de su fonda. Un dolor tan intenso como profundo desgarraba mis entrañas, me acurruqué en el andén y desahogué mi dolor en llanto. «En la vida hay que tener estilo y clase hasta para llorar», me decía mi madre cuando era niña. En ese momento perdí el estilo y mandé al carajo la clase, lloré por mí, por la vida tan perra que he tenido, por mi papá muerto a manos de esos infelices que le robaron sus pertenencias. ¡Malditos perros! No solo se llevaron el reloj de oro que usaba para ocasiones especiales, como ese día, que era el bautizo de mi hija Stefania, las cinco monedas que llevaba en el bolsillo, sino que también le quitaron la vida, para apoderarse del diente de diamante que supuestamente tenía. Me da risa pensar en la cara de esos tipos, al descubrir que la piedra que arrancaron de la dentadura de papá, era una barata pero bien pulida réplica de plástico, pues la original fue lo último que vendió el pobre viejo para pagar la hipoteca de la casa, la deuda con su desagradable socio y la operación de mamá. ¡Si tan sólo me hubiera escuchado! pero no, él tenía que guardar las apariencias para que sus amigos no le dieran la espalda y poder algún día recuperar su fortuna.

 

Allí, en el andén, lloré también por ti, porque no te veía, por nuestra hija, porque presentía que iba a pasar mucho tiempo sin ti. Lloré, desahogué mi alma y abrí ese baúl lleno de tormento que era ella.

 

Dos jovencitas vestidas de blanco me dieron a beber un vaso con jugo y luego me colocaron un traje azul, que debió ser de alguien más corpulenta que yo porque me quedaba grande, tanto que de las mangas me sobraba un pedazo. Un mareo inexplicable precedió un sueño pesado y profundo; cuando desperté estaba en una habitación hermosa, en realidad parecía una gran casa de muñecas, aunque me llamó la atención las paredes forradas con tela acolchonada, no sé si me quería más en aquel momento, pero no podía dejar de abrazarme. Mientras a la habitación entraban conejos, burros, perros, tigres, gatos, jirafas, disfrazados de galenos, yo jugaba a dejarme administrar los procedimientos médicos que me ordenaban, simplemente les seguí la corriente para no despertar su ira. A pesar de todo era divertido.

 

Ahora que puedes escudriñar en el pasado, el presente y el futuro, sólo espero puedas perdonar mis actos frívolos, mi falta de tacto para decirte las cosas, ese carácter dominante que siempre turbó nuestro matrimonio; perdona la falta de amor de los primeros años, supongo que ya sabes la verdad, jamás te fui infiel, mi hija es también tuya. Si pudiera volver el tiempo atrás, no guardaría tanto silencio, tanto rencor, te amaría más y seguramente hoy no estuviera triste, llorosa, reposando mi locura, hablándole a una lápida gris y acariciando tu tumba fría. ¡Perdóname!

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3 comentarios en «Epitafio»

  1. Me encanta Epitafio, fue el texto a través del cual empecé a conocer la obra de Irene, y siempre que lo leo me emociona y me duele como la primera vez.

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