EL PASAJERO DE LA GUITARRA

Nadim Marmolejo Sevilla

Apenas Marón Garcés salió de la casa, empezó a llover. La calle se vio de repente convertida en un arroyo de aguas turbias que, corrían velozmente hacia la esquina, al encuentro de las otras aguas que bajaban igual de bravas, de la parte más alta del barrio. Marón no pudo evitar la contrariedad de verse obligado a llegar tarde al cine y por un momento estuvo dispuesto a lanzarse al agua para no llegar después de iniciada la película.

Por fortuna, el aguacero mermó más pronto de lo que temía y determinó parar un taxi, creyendo que así podría avanzar más rápido. Se equivocó rotundamente. Apenas el carro ingresó a la grande avenida, su movimiento se hizo tan lento que desató las amarras del desespero que había logrado controlar hasta entonces y se bajó. Tras salir del automóvil, cubrió la cabeza con la capota de la chupa de cuero negro que vestía, no sin antes anudar la larga melena para convertirla en cola de caballo a fin de que cupiera bajo la envoltura. A saltos, como un marsupial, evitaba los charcos que se le atravesaban en el camino y, recorrió así la distancia que lo separaba de la estación de autobuses articulados. Hacía un frío insufrible; las escasas personas que aguardaban el transporte público lucían como gallinazos envarados. Algunos tenían los brazos cruzados a la altura del pecho y la barbilla hundida en la base del cuello. A Marón le pareció que aquella imagen ilustraba bien el estado de sumisión al clima en el que vive la gente de aquella enorme ciudad, ubicada a más tres mil metros de altura sobre el nivel del mar.

—El tiempo es un sabio en trampas —escuchó decir y, se volteó para mirar a quien habló.

Sus ojos encontraron a un tipo alto y barbudo, con el cabello envuelto en un gorro de lana bruna. Podría tener entre veintiocho y treinta años. Lucía una flacura extrema que a Marón le pareció igual a la que tuvo que lucir el actor británico Christian Bale, para su papel en la película ‘El maquinista’, de Bret Anderson. Llevaba sobre la espalda un estuche de guitarra color negro y piel de gamuza que la lluvia había mojado totalmente.

El tipo respaldó lo dicho, asegurando que por esa razón un pronóstico del estado del tiempo cien por ciento exacto, es imposible.

Acto seguido, recordó al famoso meteorólogo de la televisión nacional, Max Agüero, quien en aquella época gozaba de la misma notoriedad del presidente de la república, Belisario Betancur y, por las mismas razones: ser impopulares. La gente era implacable. Al primero, los televidentes le culpaban de encartarlos con el paraguas, siempre que pronosticaba que iba a llover al día siguiente y no llovía o, de mojarse porque decía que no iba a llover y llovía. Por esa razón lo apodaron, Max Sin Fortuna. Al segundo, lo molían como caña en los comentarios de prensa, en las tertulias de los intelectuales, en las pláticas de los funcionarios públicos, en las conversaciones de tragos, en los chismes de cocina y hasta en las jornadas de catre, por convertir a Colombia en el primero y hasta ahora único país en renunciar​ a ser la sede de una Copa Mundial de Fútbol.

—¿Eres meteorólogo? —preguntó Marón Garcés.

—No, pero me habría gustado serlo —dijo aquel.

—Mi padre ponía los ojos en el cielo y solía decir: Es sol de agua. Y por la tarde llovía —recordó Marón.

—Buen observador tu viejo, no —dijo el tipo.

—Como buen campesino —confirmó Marón.

Ambos sonrieron, sin dejar de mirarse. El autobús arribó un instante después, justo cuando retornaba la lluvia. Marón Garcés se sentó junto a una de las ventanillas y el recién conocido ocupó el puesto de al lado, pese a haber varios asientos desocupados. Por unos segundos creyó que lo hizo de forma deliberada para seguir la conversa iniciada afuera, pero el hombre no volvió a abrir la boca durante los treinta y cinco minutos que duró el viaje. En aquel lapso, Marón mantuvo la mirada puesta en las gruesas gotas que golpeaban el vidrio y lo hacían sonar como si estuvieran cayéndole canicas y, en los sauces de la avenida sacudidos por la brisa. No hubo pensamiento alguno que lo distrajera de aquel panorama, hasta que le sobrevino la idea de tomar como referencia las facciones del tipo que le acompañaba para elaborar el personaje de la obra de teatro que está escribiendo para ser estrenada en el festival internacional de la capital.

La noche se fue colando a la ciudad a través de los resquicios sin luz que sucedían a los fogonazos de la tormenta y los dos solo se dieron cuenta de ello cuando pisaron tierra de nuevo. Se despidieron con un estrechón de manos y al primer paso cayeron en la cuenta de que iban para el mismo lado.

—¿A dónde vas? —se precipitó a preguntar Marón.

—Voy al cine —contestó rápidamente el tipo.

Empezaron a caminar juntos luego de observar que, además, iban a ver la misma película y no pararon de hablar durante el trayecto. La empatía que se dio entre los dos se hizo más evidente cuando supieron que eran de origen provinciano y recordaron someramente sus vidas en el campo y coincidieron en que Colombia tiene que conseguir cambiar el paradigma de que tomar un bus para venir a la ciudad es la única forma de progresar que tienen los habitantes de los pueblos y veredas del país.

Y mientras aquel aseguraba entre sus piernas el estuche de guitarra, que apenas cabía en el pequeño pasadizo entre las sillas, a la luz que rebotaba en la pantalla grande pues ya había empezado a rodar la película, él se lamentaba de no haber logrado llegar a tiempo para ver los cortos de las demás cintas en cartelera.

—¿Cuánto hace que no vas a tú tierra? —preguntó Marón, luego.

—No puedo volver por allá —dijo el contertulio.

—¿Y esa vaina? —dijo Marón, picado por la curiosidad.

—Es una larga e inenarrable historia —dijo aquel.

—¿Cómo así? —se extrañó Marón. —Ni que hubieras matado a alguien.

—Justamente —afirmó sin recato el tipo, con voz apagada para evitar que escucharan los vecinos de la sala.

Marón cambió de semblante, inmediatamente. La simpatía que le había suscitado desde el principio la forma de ser de aquel personaje, se transformó en nerviosismo. También se precipitó al piso partiéndose en mil pedazos la credibilidad de las historias que le contara en el camino y el gusto manifiesto por la meteorología y se le hizo difícil contener la sospecha de que en el estuche de guitarra posiblemente no iba ninguna guitarra, y acto seguido, la película Desperado, protagonizada por Antonio Banderas y Salma Hayek, se le proyectó en la mente y vio al Mariachi, de la secuela del cineasta Robert Rodríguez, disparando con aquella cosa hacia todos lados.

—La ficción es una mierda. Le caga la realidad a uno —juzgó al cabo de la alucinación. Pero no desterró del todo sus temores de que estuviera delante de un tipo como el personaje de Banderas.

A la luz del sol ilusorio proyectado en la pantalla gigante, de un ilusorio amanecer en el mar de la película en curso, entrevió la tranquilidad con la que su compañero se comía el perro caliente que compró en la tienda de comidas rápidas y alcanzó a notar que su mirada permanecía fija en el filme mientras él lo miraba.

“Quién iba imaginar esta mañana que en la prima noche estaría sentado al lado de un asesino en el cine”,  pensó.

Hubo un momento que sintió unas ganas enormes de salir corriendo de la sala, pero cayó en la cuenta de que su acción podría ser considerada por el tipo como una tontería, pues no tenía ninguna razón hasta el momento para creer que estuviera pensando en hacerle daño. Y luego, evaluó que el miedo es mejor no mostrarlo porque se convierte en el combustible de las peores sañas humanas. Ninguna de las escenas de suspenso de la obra cinematográfica tuvo efecto en su compostura durante el correr de la cinta, en parte, porque su atención estuvo más concentrada en su vecino, de quien temía que en cualquier momento pudiera descubrir el peligro que él creía que representaba y, por estar pendiente de los movimientos de sus manos sobre el estuche de guitarra donde las puso luego de comerse el perro caliente.

Una consecuencia de esa desatención a la película fue el cargo de conciencia que sobrevino al término de la función, porque no pudo cumplir el propósito de formarse una opinión propia del carácter de los personajes, que había considerado tomar como referentes para construir la personalidad de los de su obra teatral en proceso de gestación, ni haber podido escribir en la pequeña libreta de apuntes digital de su teléfono celular las frases que le sonaran sugestivas, como suele hacer cuando esto ocurre.

La cinta acabó antes de las nueve de la noche. Al salir a la calle vieron reflejadas en el pavimento mojado las luces de las lámparas eléctricas y los riachuelos que aún sobrevivían del aguacero rodando por los canales de desagüe, arrastrando la cantidad de basura de la que eran capaz con la poca fuerza que ya mostraban.

Marón quiso despedirse en la puerta de una vez por todas.

—Fue un gusto conocerte —le dijo, tratando de no despertar sospechas de su afán por terminar con aquella impensada relación.

—¿A dónde vas ahora? —le preguntó su compañero fortuito, a cambio de una respuesta.

—A la casa, hermano —respondió Marón.

—Vamos a tomar algo — le propuso aquel.

Marón no aceptó la invitación, por supuesto. Para justificar su negativa se sirvió de la amenaza de más lluvia que se advertía en el cielo oscuro, rasgado de vez en cuando por los rayos que iluminaban un instante la copa de los sauces y eucaliptos más altos de la zona y la falta de dinero para la ocasión. El hombre volvió a poner el estuche de guitarra sobre su espalda y con suma cordialidad admitió la excusa de Marón. Se volvieron a dar un apretón de manos de despedida, pero al dar los primeros pasos otra vez cayeron en la cuenta de que volvían por el mismo lado. Marón, que había pensado volarse en un taxi, se vio en la necesidad de desechar esa intención para no desacreditar su justificación de la falta de plata y convino seguir con él hasta la estación de los buses articulados otra vez.

Eran las nueve y media de la noche cuando empezaron a recorrer el largo y elevado puente peatonal sobre la vasta autopista. Marchaban en silencio, por eso era posible oír la queja del piso de metal a causa del peso de ambos a medida que avanzaban y, en algunos tramos, los quejidos se parecían a los de los goznes oxidados de las puertas de las viejas casas de la época colonial.

La brisa helada que provenía de los cerros tutelares de la ciudad, se colaba hasta los huesos y al llegar a la parte más alta del paso peatonal se hizo visible la enormidad de la ciudad, perfectamente iluminada de principio a fin. A Marón Garcés se le vino a la cabeza la letra de la canción “Juan en la ciudad”, de los salseros Richie Ray y Bobby Cruz, basada en un pasaje bíblico, y entonó la estrofa que evocó: «…y en la gran ciudad Juan gozaba tanto /Vinos y placeres, hermosas mujeres /Pero un día Juan se halló sin dinero /Y todos sus amigos la espalda le dieron.»

Justo al terminar, volvió la cabeza para echar un vistazo por donde venía su compañero de camino que se había quedado atrás y alcanzó a ver el momento exacto en que se lanzaba al vacío. Marón bajó corriendo la escalera que tenía por delante dispuesto a socorrerlo. Lo encontró contramatado, con las dos piernas quebradas. El tipo al verle dijo:

—No pasó nada.

Luego le hizo señas para que le sacara de debajo de la espalda el estuche de guitarra, que había quedado apachurrado y, se ladeó un poco para hacerle la tarea más fácil.

—Quédatela, si quieres.

Marón Garcés disipó las sospechas que hubo tenido en el cine al ver el instrumento dentro del estuche, prácticamente desecho y, la tomó con las manos con sumo cuidado para evitar que acabara de despedazarse. Los paramédicos de la ambulancia que llegaron más tarde, le preguntaron a Marón si acompañaría al paciente, pero él se negó rotundamente.

—Sólo vine a brindarle ayuda —dijo y, se marchó presuroso.

El periódico del día siguiente daba cuenta del caso con un antetítulo que lo denominaba “El suicida del puente”, seguido de un titular a dos columnas, en color rojo, que decía: “Estaba enamorado”. Y no halló nada en el texto de la noticia que lo relacionara con algún crimen.

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1 comentario en «El pasajero de la guitarra»

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