EL ÚLTIMO VIAJE

Aaron Parodi Quiroga

I

El calor era insoportable en el bus. Se podía sentir el ruidoso motor y se observaba el humo emanado, dejando una estela negruzca a lo largo del camino. Nadie gimoteaba una sola palabra, todos en absoluto estaban compungidos por el desenlace fatal que tuvo aquel viaje. Sus miradas reflejaban una mezcla de dolor y preocupación y solo deseaban que la carretera se hiciese más corta y por fin acabar con su doloroso trayecto.

Casi al filo del mediodía, el conductor fue el único decidido a preguntar sobre la próxima parada para ir a almorzar. Sus inflados cachetes se tornaban de un color claro verdoso y el sudor salía de su frente como si le estuviese cayendo un fuerte aguacero. Seguramente el bajo contenido de azúcar en su exabrupto cuerpo, le estaba comenzando a reclamar la ingesta de comida. Nadie contestó, lo que le hacía mirar repetidamente su espejo retrovisor para verificar si alguien estaba igualmente preocupado por la alimentación. Pero todo seguía en silencio.

A punto de desfallecer, el lardo conductor se estacionó en el primer restaurante que había en el camino. Haciendo un esfuerzo sobrenatural para mover su cuerpo fuera de la silla, bajó apresuradamente y fue a verificar que la gran caja siguiera en el techo del transporte. Uno a uno, los desconsolados pasajeros descendieron del vehículo hasta ingresar al restaurante. La mayoría de ellos únicamente solicitó abundante agua para mitigar el insoportable ambiente húmedo, quedándose algún tiempo para aprovechar los ventiladores que había en el local.

Luego de casi una hora en aquel lugar, ya repuesto el conductor y mucho más enérgico, invitó a los viajeros a abordar para aprovechar la luz del día y pasar la frontera sin contratiempo. El primero en salir fue su ayudante, quien con un palo verificaba el aire de las llantas. Los años en el oficio le habían permitido desarrollar su audición, el golpe del palo en la llanta le informaba el nivel de aire.

Ajustándose los pantalones y limpiando el sudor de la frente con el pañuelo alguna vez blanco, el conductor salió del establecimiento, levantando la mirada para ver la caja, su sorpresa fue grande, ya no estaba. El grito fue tan fuerte que alertó a quienes permanecían todavía dentro. ¡NO ESTÁ! ¡NO ESTÁ! repetía mil veces mientras daba vueltas alrededor para encontrarla, fue en vano. Los cuarenta pasajeros parecían hormigas buscando por todos lados, corriendo y llorando, gritando y corriendo.

No se veía un alma en ese sitio, los empleados también ayudaban sin saber qué buscar. Al final, nada se encontró. Pasaba un viejito por allí y se detuvo a ver la razón de tanto alboroto, dejó en el suelo el bulto de yuca y el machete para enterarse. No entendía nada porque los gritos de desesperación de todos no le daban claridad sobre lo acontecido. Se acercó a una de las empleadas, la más calmada, para preguntarle. Ella le dijo que los viajeros llevaban una caja en el techo, sumamente importante para ellos. Este se mostró sorprendido y quiso constatar no fuera la misma que vio pasar en un carro a toda velocidad cerca de donde se encontraba minutos antes.

El hombre insistió en saber si tenía marca de algún electrodoméstico en particular. Ella no supo responder y se dirigió hacia el automotor preguntando a uno de los jóvenes. Él confirmó, la caja tenía la marca de una nevera y era de gran tamaño. La chica pensaba: ¿Tanto escándalo por una nevera? Sin embargo, se regresó a dar la información.

Sacudiéndose el polvo del sombrero, levantó su costal y colocó en su cintura el machete y se fue gritando:

—Hace cuarenta y cinco minutos más o menos pasó la camioneta negra de la banda Los Mechudos a toda prisa. Llevaban una caja grande de cartón con una nevera atrás y casi me atropellan —Todo quedó en silencio y las empleadas se tomaron la cabeza manifestando gran preocupación.

Los Mechudos son peligrosos, es una banda que delinque por acá, atracando a los turistas descuidados. Viven en aquellas montañas — Señalaba con su dedo índice una de las chicas.

Ni la policía ni el ejército entran allá. Vayan despidiéndose de su nevera — dijo.  

Volvieron los gritos y la angustia se apoderó de todos. Las meseras volvieron a su lugar de trabajo. Sabían que no se podía hacer nada, todo estaba perdido y era el momento de aceptar su suerte.

Cabizbajos y a regañadientes abordaron de nuevo. Se prendió el motor y todos continuaron enmudecidos el viaje.

II

La abuela Priscila tiene 84 años y es poseedora de una memoria prodigiosa. Recuerda cada uno de los últimos presidentes y hasta hace muy poco dejó el tabaco por prescripción médica. Tuvo diez hijos y nunca le dolió nada. Ellos solo la llevaban a controles cada año con el galeno para expiar sus culpas por el abandono al que la sometían. Al final de cada consulta el diagnóstico siempre era el mismo: 

Su mamá no tiene nada, solo le duele el alma por la soledad, pero ella está muy bien. Le recomiendo que deje de fumar tabaco. Eso es todo. 

La soledad a la que hacía referencia el médico la acompañó muy temprano, cuando su querido Nicanor la dejó sola, producto de una neumonía, debilitándolo seriamente hasta quitarle el poder de respirar. A pesar de la numerosa familia, siempre se quedaba conversando sola en su cocina, cerca del fogón manteniéndolo siempre con buena leña para espantar el frío de las rodillas. Nunca aceptó que le compraran una estufa de gas porque creía que la comida sabía diferente. Fue imposible convencerla de lo contrario.

Tuvo seis varones y cuatro mujeres. Solo se quedaba con la menor en la vieja casa. Todavía estudiaba bachillerato en el pueblo. Todos ya se habían ido en busca de mejores oportunidades.

La abuela siempre tuvo la última palabra, por más estudiados que fueran sus hijos, solo se hacía lo que su buen juicio le determinara. Un Dia de las Madres, los hijos regresaron a invitarla a comer a un restaurante fino de la ciudad para celebrar tan importante fecha. Inicialmente se negó, pero al final no pudo resistirse a tanta insistencia. Sentados todos en actitud ceremonial, cada uno hablaba de sus proyectos de vida, otros solo se deslumbraban por sus modernos teléfonos móviles.  Jacobo, el hijo mayor, quitó la vista de su celular para ver a su madre, pero ya no estaba. Se puso inmediatamente de pie y todos lo siguieron, gritando el nombre de la abuela. Después de unos minutos, el administrador del lugar les informó que no desesperaran, la señora Priscila estaba en la cocina contando historias a los cocineros y los tenía encantados, por la forma desparpajada y sabia de relatar sus historias. Muy respetuosamente sugirió el administrador no fuera interrumpida y que cuando ella lo deseara regresaría a la mesa. Cuando estuvo de vuelta, todos la miraron fijamente esperando que dijera algo. Ella acomodó su silla y un mesero muy jovial le sirvió el primer plato. Lo terminó, se levantó de la mesa y dijo: 

—¡Nos vamos! 

La partida de su compañero de vida la hizo adoptar una actitud recia, al punto de pensar que era malgeniada, pero no era así. Mantener a diez hijos para que fueran hombres de bien y sola, no fue tarea fácil, se olvidó de vivir para ella. Cuando se dio cuenta, ya hablaba consigo misma, sus manos estaban ajadas, su cabello tenía una mezcla de colores entre blanco y gris y las arrugas se habían apoderado de todo su rostro. Vio cómo se iban uno a uno sus hijos y se le acababa la vida.

Al atardecer, cuando el silencio se apoderaba de la casa, cuando desaparecía el sol y todo se tornaba oscuro, Priscila entraba a su cocina, se acercaba al fogón, lo atizaba hasta que la brasa estaba totalmente roja y colocaba una olla con agua para prepararse el último café del día. En su taza descharchada se deleitaba saboreando el café recién colado y comenzaba a soñar sobre lo que desearía hacer antes de morir: ¡Quería conocer el mar!

Sabía de las pocas posibilidades de ir pues sus hijos no tenían el tiempo suficiente para hacerlo. Entonces imaginaba el azul del cielo y el verdor de un mar interminable, sentada en la arena con su amado Nicanor, viendo a sus nietos brincar de un lado a otro. Su sueño era interrumpido por su hija Andrea que se despedía antes de ir a la cama.

Un día, a Andrea se le ocurrió entrar en la cocina y preguntarle a su madre, ¿qué hacía tanto tiempo sola frente a la candela? La vio más vieja que todos los días, los rasgos de su cansado rostro eran iluminados fugazmente por el fuego y pudo ver su mano huesuda sosteniendo una vieja taza con algo de café. Al principio Priscila permanecía en silencio, al final, decidió contarle lo que soñaba todos los días frente a su viejo fogón.

El cumpleaños de la abuela era en agosto, el mes más frío en esa región. Para esa fecha todos seguramente estarían trabajando o estudiando, lo que impediría celebrarlo. Este año llegaría a los 85. Andrea consideró que era hora de festejarlo por todo lo alto. Comenzó a comunicarse con cada uno de sus hermanos y les contó del sueño de su mamá: ¡Ir al mar!

Tenían tres meses para preparar el viaje, todos estuvieron de acuerdo en llevar a la abuela a ese paseo. Comenzaron los preparativos, se calcularon los costos y se repartieron las tareas para lograr el objetivo. Al ser una familia tan grande, se optó por contratar un autobús que los llevaría a todos y así estar más integrados. La playa más cercana estaba a doce horas de viaje, había que pasar la frontera en horas del día porque en la noche la cerraban, como medida de seguridad. Se aprovecharía el lunes festivo y de esta manera, garantizar la asistencia de todos. 

Era un hecho, la abuela haría realidad su más anhelado sueño.

III

Para la abuela Priscila era normal estar levantada desde las cuatro de la mañana preparándose su habitual café, así que no hizo un gran esfuerzo al estar de pie a esa hora para iniciar el viaje. La noche anterior no pudo pegar un solo ojo pensando en su encuentro con el mar y su amado Nicanor.

Parecido al colegio, Andrea comenzó a llamar lista para constatar que nadie se quedara por fuera. Priscila fue acomodada adelante, en la cabina del conductor; tenía un asiento cómodo y le permitiría disfrutar del majestuoso paisaje.

El paso por la frontera fue demorado. Mientras se entregaban documentos y se expedían lo respectivos permisos, el conductor le hacía conversación a la abuela para que no se aburriera. Con su rostro adusto, daba la impresión de estar siempre enojada, esta vez fue diferente. Se veía luz en sus ojos y más conversadora como nunca. Hizo buena empatía con el regordete conductor y ambos rieron desaforadamente de los comentarios que se hacían. Todos, por primera vez, vieron a la abuela Priscila contenta después de muchos años de dolor y sacrificio.

—¡Por fin! —Gritó la abuela. 

Arrancó el vehículo su recorrido. A medida que se iba alejando de la frontera, se podía observar cómo iba cambiando la naturaleza. Los pinos y las montañas tapizadas de verde se iban remplazando por un camino extremadamente largo, plano y lleno de palmeras altas. El ambiente era caluroso, haciendo que Priscila se fuera despojando una a una de las prendas de lana que ella misma cosía. Dormía por ratos, se despertaba y quedaba ensimismada por la belleza del paisaje. Algunas veces el conductor y otras el ayudante, le daban referencia del lugar por donde iban pasando.

Reclinada sobre el descansabrazo del asiento, sus ojos se deleitaban y pensaba cuánto había dejado de vivir. Ese reproche desaparecía cada vez que veía cómo el viento golpeaba las altas palmeras y, a pesar de todo, permanecían firmes, agarradas a la tierra. Pensaba: Las puede doblar, pero jamás podrá quebrarlas.  

Después de mucho recorrido, sueños esporádicos y algarabía causada por los familiares, llegaron al lugar. Ya en el hotel, todo fue confusión; reclamos por la habitación, gritos exigiendo las maletas, niños llorando, en fin, todo un caos. Cuando fueron ubicados, entonces pudo reinar la calma, se citaron en el vestíbulo del hotel para dar el primer paseo, aunque otros optaron por descansar. ¿Y la abuela Priscila dónde estaba?

Nadie se había percatado, ella se encontraba ya sentada en la arena, contemplando la majestuosidad del paisaje, deleitándose de su inmensidad. El viento movía su larga cabellera y pudo ver cómo el sol iba fundiéndose con el mar. Ese encuentro hizo vibrar todo su cuerpo, así había imaginado tan bello espectáculo. Luego de la alocada búsqueda, sus familiares, se dieron cuenta de la transformación que ella tenía y decidieron dejarla un tiempo más, hasta que el sol se ocultara del todo.

Al día siguiente la situación no fue distinta. Sus hijos le alquilaron una carpa y una silla, le protegieron la piel de los hirientes rayos del sol y la mantuvieron hidratada para que disfrutara mejor su encuentro con el dios Poseidón. Dormía por intervalos, estaba feliz.

El ultimo día, decidió levantarse temprano para ir a la playa. Acomodó todas sus cosas y se dispuso a sentarse, entonces, escuchó una voz que la llamaba insistentemente. La playa estaba sola y no podía ver exactamente de dónde venía ese llamado. Lo cierto es que le parecía conocida. Miró al mar y vio una figura de hombre salir de él. Su gastada vista y la luz que producía el sol sobre las olas la cegaron por un momento, impidiéndole detallar la figura del hombre. La voz era más fuerte y familiar.  ¡Era su amado Nicanor!

Lo abrazó fuertemente, le tocaba la cara y le dijo cuánta falta él hizo. Lo invitó a sentarse junto a ella para que conversaran sobre las cosas que le tocó vivir en su ausencia. Entrelazaron sus manos y caminaron por la playa, luego, se sentaron bajo la carpa.

Después de muchas horas de conversación, Nicanor le señaló el mar y le insinuó que lo acompañara hasta donde vivía, ya que no quería dejarla sola más tiempo. Priscila vio a sus nietos brincando por toda la playa, sus hijos felices tomando y riendo, entendió que era la hora de dejarlos solos y acompañar a su amado. Tomándose nuevamente de la mano, muy lentamente se fueron adentrando al mar, hasta que no se pudieron ver más sus siluetas. Eran las 3:45 de la tarde cuando Priscila se fue para siempre a hacer compañía a su amado Nicanor.

IV

Todos estaban listos para emprender el viaje de regreso, así que encargaron a Andrea fuera a traer a la abuela que muy quieta permanecía en la playa. Andrea se acercó y comenzó a recoger las cosas mientras le decía a su mamá que ya era hora de regresar. Al ver que no se movía del asiento, la tomó del brazo para ayudarle a levantar. A pesar de lo ardiente del ambiente, el brazo de Priscila parecía un hielo. Gritó del susto y le tocó la frente que se encontraba en las mismas condiciones.

Corriendo a tumbos llegó hasta donde se encontraban todos y casi sin poder respirar les avisó de lo que sucedía. Todos gritaron, se agarraban la cabeza, era un descontrol total. Al escuchar el alboroto, el conductor bajó, inquiriéndoles por la tardanza en abordar el vehículo. Al fin logró entender en medio de los sollozos que la abuela estaba muerta, a lo que dijo:

—Este sí es un verdadero problema porque para repatriar al cadáver se requieren muchos trámites, además de plata y yo tengo el contrato con ustedes solo hasta mañana. Así que decidan quiénes se van a quedar porque yo me voy. 

Todos alzaron la cara con rabia para ver al conductor, pero sabían que él tenía mucha razón. Esos trámites son muy onerosos y ellos no tenían los recursos suficientes. Comenzaron las deliberaciones de quién se quedaría, de dónde sacarían el dinero y muchos detalles más. La conclusión al final era la misma: no tenían para repatriar el cuerpo.

Se acercaba la noche y aún no se tomaba una decisión. Por ello, el joven ayudante del autobús, con más miedo que poseedor de una solución, les comentó que podía pasar a la abuela por la frontera, si la dejaban como dormida al momento en que la policía pasara a hacer la revisión de los documentos.

Era un riesgo, pero ya se estaba colocando el acuerdo. Sin embargo, el regordete conductor, fue el propiciador de acabar con la esperanza de emprender ese plan, alegando que muchas veces, los agentes les solicitan que los familiares adultos los despierten o se bajen del vehículo. Por ello se consideraba de alto riesgo y, por supuesto, delito, que se dieran cuenta de la condición de la abuela.

El joven ayudante insistía en colaborar para poder viajar rápido, así que propuso otra idea. Dentro del carro se encontraba una caja grande, del tamaño de la abuela, la cual había contenido una nevera que otros pasajeros habían dejado. Todos determinaron esa sería la única salida.

Procedieron de inmediato. Cambiaron de vestido a la abuela, la envolvieron en una sábana blanca y la metieron en la caja. Entre todos la subieron al techo del vehículo y la amarraron muy fuerte. Las mujeres lloraban desconsoladas al ver a su «viejita del alma» terminar en esas condiciones. Durante el viaje de regreso nadie pudo dormir, solo se escuchaban algunos leves gemidos de dolor mientras el viaje continuaba.

Al filo del mediodía el conductor decide parar en un restaurante para almorzar. Todos bajan con un semblante demacrado. Mientras estaban descansando en ese lugar, unos delincuentes en una camioneta se acercaron al lugar y vieron la caja. Pensando que era el botín del día, raudamente se treparon, desamarraron la caja y la colocaron detrás de la camioneta.

Contentos por el golpe recién dado, los delincuentes huyeron a toda velocidad sin percatarse que llevaban a la abuela Priscila a su último viaje.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (8 votos, promedio: 4,63 de 5)
Cargando...

3 comentarios en «El último viaje»

    1. Hermosa historia, tan llena de amor. Relatada de una manera que atrapa. Uno va imaginándose y viviendo cada una de las escenas descritas.

      Felicitaciones al señor escritor.

      Un abrazo afectuoso desde México.

Responder a M. Yedenira Cid Cancelar respuesta