SUBASTA DE ALMAS

Andrea Barrios

Me senté en la primera hilera del salón donde ocurría la subasta más famosa de aquel rincón del mundo. Estaba dispuesta a no volverme a casa de manos vacías. Sí, vacías de piel, de caricias. Sentían frío. Pero había ido decidida a solucionar esa soledad palmar que molestaba y me quitaba el sueño.

La primera de la subasta fue un alma rabiosa. Segunda Guerra Mundial. La encontraron en una trinchera. Venía en bastante buen estado, aunque algo revolcada. Tenía una hilera de agujeros en el pecho que se tragaban buena parte de la luz de esa alma y producían angustia y rabia. Se la llevó un viejo embalsamador que trataría de taparle las heridas y volver a enseñarle algo de calidez y amor al prójimo.

La segunda alma era caritativa, altruista. Quedó seca después de una vida entera dando todo lo que podía y lo que no podía y recibiendo muy poco en cambio. Esa vino de un convento del interior de México y justo se la llevó una antropóloga que creía en la bondad humana e intentaba entender su origen. Esa alma fue suya después de disputarla con una psicóloga junguiana que buscaba técnicas de cómo introducir la bondad en el inconsciente colectivo.

La tercera venía flotando a varios centímetros del piso. Era el alma de un tenor. Antes de perder su cuerpo, creía que la voz era tan inmortal como ella. Se había equivocado. Estaba muda y, por lo tanto, indignada. Seguramente el fonoaudiólogo que dio más por ella le ayudaría a sobrellevar ese problema.

Al final, después de una extensa exposición de peculiaridades, trajeron un alma que venía caminando sin levantar los pies. Los pasos cansados y su luz opaca mostraban cansancio y tristeza de haber mendigado cariño toda la vida. Las almas no tienen rostro, pero sentí que me miraba y yo no le podía quitar los ojos de encima. No se movía, cabizbaja, resignada a que alguien le esclavizara los sentimientos una vez más.

Me conquistó y me la llevé a casa, arrastrándola como una alfombra vieja. Subí los tres pisos por la escalera hasta entrar en casa y dejarla tirada en el sofá, mientras me preparaba un café bien amargo. Después volví a verla, con la taza de esmalte que me quemaba los dedos helados. Me senté en la mesa de centro que acerqué al sofá para apreciar mi nueva adquisición, mientras el café se enfriaba al lado mío.

Fue entonces que vi en su pecho una mancha oscura de color rojizo. Sin duda era un corazón. Suerte. La mayoría de las almas lo dejan cuando quitan el cuerpo. Esta lo traía con varios carteles colgados, con fecha y un pequeño párrafo con la descripción de cada recuerdo, cada cicatriz. Los fui leyendo uno a uno, y tan cerca estaba de aquel ser, que creí haber sentido algo de calor en las manos. La esperanza crecía en mí: había encontrado un corazón que acariciar.

Encontré de pronto un cartelito vacío con la fecha de ese día. El alma me miraba sin ojos nuevamente y pude sentir que vibraba una sonrisa de alivio. También vibraba algo de esperanza: había encontrado manos que la cuidarían.

De pronto, vi que el cartel en blanco se escribía solo. Era un recuerdo más que se configuraba. Antes que las lágrimas me distorsionaran la visión, alcancé a leer: Ella se sentó en la primera hilera del salón donde ocurría la subasta más famosa de aquel rincón del mundo. Estaba dispuesta a no volver a casa de manos vacías…

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14 comentarios en «Subasta de almas»

    1. Michael Babilonia Florez.

      Maravilhoso!
      Na tua história eu pude sentir a dor, a esperança e a surpresa de ter encontrado o que se precisa mesmo sem ter grandes espectativas.
      Parabens!

      1. Un relato diferente y sorprendente, que parece haber sido escrito por una mano segura, aferrada al poder de su mente, su sensible corazón y su rica imaginación. Una forma de escribir adaptada a todos los siglos. Palabras, que bien parecen acariciar cuidadosamente ese fino y sensible relato.

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