EL CEMENTERIO DE LOS BARCOS Y LA LEYENDA DEL CARIBE

Rafael Aarón Gallón

En la encantadora Riohacha, entre el mercado antiguo, hoy Banco de La República y el Hotel Arimaca, sobre la actual Avenida Primera, se encuentra un mítico lugar denominado «El Cementerio de los Barcos, donde pasaron sus últimos crepúsculos muchas embarcaciones guajiras. Cuentan algunos entendidos que, una de las primeras habría sido el Juan Nepomuceno, insigne nave del Almirante José Prudencio Padilla, que terminó sus días de gloria en medio de los fuertes oleajes de la otrora Riohacha. Pasaban tan cerca, que se escuchaba el crujido de sus partes cuando las fuertes brisas del nordeste lo azotaban.

Estas embarcaciones se convirtieron en los primeros espolones encargados de recuperar el terreno de la antigua calle de la Platería, arrebatada por lo que debió ser un fenómeno muy similar a un tsunami. Cuenta la historia que, ese 14 de mayo de 1663 el fervor y la fe de los riohacheros los impulsó a desafiar la fuerte tempestad y decidieron sacar de la iglesia a su patrona, con la esperanza que intercediera ante Dios para calmar el fenómeno, con la buena fortuna que así fue, y en el lugar donde se le cayó a la virgen su corona se detuvieron las aguas de forma milagrosa; esto aumentó la fe a la “Vieja Mello”, como por cariño se le dice a la Virgen de los Remedios, lo que se puede vivenciar cada 2 de febrero y 14 de mayo, el primero su día devocional y el segundo el día del milagro mencionado. El Cementerio de los Barcos cumplió esta misión, tal vez como parte del milagro. Hoy Riohacha cuenta con las playas más grandes y bellas del Caribe Colombiano. Otras embarcaciones sobresalientes fueron el salvavidas del naufragado “Flora”, que fue llevado allí por un curazaleño que tenía su vivienda en frente del lugar y, el barco «El Caribe», que marcó un hito en la historia de Riohacha.

La Leyenda del Caribe

Uno de los barcos que más se demoró en este proceso (entre natural y artificial) en ser sometido, fue el barco «El Caribe», propiedad de Mario Pinedo Barros y Marcos Brujez Serrano. Bajel de acero de mediano tamaño que transportaba cemento y ganado entre las poblaciones de Aruba, Curasao, Santa Marta, las Antillas Francesas y Riohacha. Un día, por problemas mecánicos fue dejado en la punta del muelle, donde pasó aproximadamente un año. En principio, al cuidado de algunos de sus marinos, luego de un solo cuidador, terminando abandonado hasta que ocurrieron los hechos que lo convirtieron en leyenda. «El Caribe», se convirtió en un referente visual en La Guajira, en el lugar de juegos de jóvenes de la época, donde se estimulaba la imaginación. En él se revivían las historias y aventuras de piratas, aquellas hazañas cuando Riohacha enfrentó el asedio de Sir Francis Drake y otros bucaneros que, en busca de tesoros y perlas, fue un cómplice silencioso de muchos jóvenes que lo desmembraron a golpes para vender sus partes y comprar las boletas de entradas al Teatro Aurora para ver las últimas películas.

Pero, ¿qué ocurrió para que el barco llegara hasta su última morada? De buena fuente nos enteramos de los pormenores de la maravillosa historia que muy poco se ha contado y nunca se había escrito. Nos relata José Gabriel Rosado, que él con Raúl Rojas, Víctor Brujez y otros jóvenes que vivían en la calle Primera, siempre se preguntaban por qué el barco seguía allí. La respuesta que encontraban era que sus dueños lo tenían asegurado. Una tarde de verano,  salieron de pesca y muy entusiasmados en medio del juego propio de los muchachos, querían estar seguros que el barco se mantenía inmóvil, aun quitándole las amarras. El barco empezó a alejarse del muelle, todos se bajaron antes que las fuertes olas lo arrastraran, menos Raúl, quien asumió cual capitán y se quedó, ante la mirada atónita de los demás que veían tan osada maniobra. El recorrido duró más de cinco minutos, tiempo para que muchos se enteraran y se reunieran en la Primera para ver el espectáculo. Le siguieron el recorrido y lo esperaron en el Cementerio de los Barcos, en el mismo lugar donde había caído la corona de la Virgen, muy cerca del lugar que ocupó el Juan Nepomuceno. Raúl fue recibido con ovaciones y alborozo. Por azares del destino fue él su último capitán y su última tripulación, ya no recorrería más los mares, no obstante, tal como lo evidencia la historia, postales y fotografías, se convirtió en un sitio turístico, en algo que mostrar en la primera y en una leyenda que vive en los recuerdos de los abuelos y los muchachos de esa época que pasaron en él muy gratos momentos y luego de desaparecer del paisaje, dejó una pequeña playa donde se sembraron los primeros cocoteros que fueron creciendo y engalanando el paisaje.

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