DIEZ MINUTOS DE SOLEDAD

Andrea Barrios

A Gabriel García Márquez

Varios minutos después, frente al tazón de porcelana blanca, María Elena comprobó que el café se le había enfriado, y que el azabache de la superficie profunda reflejaba su perplejidad a la vez que acogía la primera y tantas más lágrimas cargadas de luto, y cuando dejaba que la tristeza le mojara las mejillas, con el corazón acartonado, se puso las manos heladas en los bolsillos del saco de lana, ya que, en pleno julio, al viento montevideano se le veía dar vuelta la esquina del boliche con prisa, y al tratar de calentárselas, se puso a pensar, al fin y al cabo, el que escribe la historia es el tiempo, por lo tanto tendría que haber una manera de volver hacia atrás, de agarrarle el lápiz implacable y escribirle nuevamente el destino a ese hombre, lógico que tendría que saber por dónde meter la mano en los engranajes del tiempo, porque robarle a Aureliano a la muerte, aunque fuera para postergarla algunos días más, se le volvía de golpe una obsesión, por eso volvió la mirada nuevamente hacia el libro que la acompañaba desde hacía muchas semanas, ya que para leer no tengo tanto tiempo, y por eso estiro las lecturas, y entonces cómo lo hago, pensó nuevamente, pues el libro no podría servir de mortaja a semejante hombre, ella no soportaba los aires de soledad que tomaba la mañana, así que pensó y pensó, y llegó a la conclusión que podría salir del boliche, enfrentarse al viento frío que cortaba 18 de Julio como filo de cuchilla, y vivir a pleno su soledad, o si no, con la esperanza de poder de veras manejar el tiempo, como si se pudiera renunciar a la condición humana de vivir sobre un hilo de vida, recorrer el camino de la ilusión y regresar a un tiempo en que ella misma había sido más feliz, volver al momento en que su pasión se encendía por primera vez, cuando sintió el golpe fuerte del ímpetu de aquel hombre, por supuesto sabía que no era lo suficiente y que llegaría a la misma fatalidad, volvería a sufrir su muerte, pero si lo hago así, lo tendré vivo un tiempo más, por eso no le importó volver a escuchar a Melquíades y la pianola de la casa de los Buendía, ni cargar el baúl de versos escritos por Aureliano, o sufrir como una madre las penas de Úrsula Iguarán, ni llegar a ver a Aureliano otra vez con sus pescaditos de oro, por fin no le importó volver a la noche en que él había decidido juntarse a las fuerzas del general Victorio Medina, entonces llamó al mozo y pidió que le cambiara el café helado, y en cuanto le puso otro caliente sobre la mesa de mármol, hojeó su libro hacia atrás, los dedos jugando a la máquina del tiempo, hasta la página noventa y tres, de donde empezó nuevamente desde el momento en que él declaró no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.

DEZ MINUTOS DE SOLIDÃO

Para Gabriel García Márquez

Vários minutos depois, diante da xícara de porcelana branca, Maria Helena comprovou que o café havia esfriado, e que o azeviche da superfície profunda refletia sua perplexidade, ao mesmo tempo em que acolhia a primeira e tantas outras lágrimas carregadas de luto, e quando deixava que a tristeza molhasse suas faces, com o coração ressequido, pôs as mãos geladas nos bolsos do casaco de lã, já que, em pleno julho, o vento montevideano era visto dobrar a esquina do café com pressa, e ao tentar esquentá-las, pôs-se a pensar, afinal de contas, quem escreve a história é o tempo, portanto teria de haver uma maneira de voltar atrás, de tomar-lhe o lápis implacável e tornar a escrever o destino desse homem, lógico que teria de saber por onde colocar a mão nas engrenagens do tempo, porque roubar Aureliano da morte, mesmo que fosse para adiá-la por mais alguns dias, tornava-se de súbito uma obsessão, por isso voltou o olhar novamente em direção ao livro que a acompanhava há muitas semanas, já que pra ler não tenho tanto tempo, e por isso estendo as leituras, e então como eu faço, perguntou-se novamente, pois o livro não poderia servir de mortalha para um homem como aquele, ela não suportava os ares de solidão que a manhã tomava, então pensou e pensou, e chegou à conclusão de que poderia sair do café, enfrentar o vento frio que cortava a 18 de Julio como gume de faca, e viver sua solidão plenamente, ou se não, com a esperança de poder de verdade manipular o tempo, como se pudesse renunciar à condição humana de viver sobre um fio de vida, percorrer o caminho da ilusão e regressar a um tempo em que ela mesma havia sido mais feliz, voltar ao momento em que sentiu que sua paixão se acendia por primeira vez, quando sentiu o golpe forte do ímpeto daquele homem, lógico que sabia que não era o suficiente e que chegaria à mesma fatalidade, voltaria a sofrer sua morte, mas se o faço assim, o terei vivo mais um tempo, por isso não se importou de tornar a escutar Melquíades e a pianola da casa dos Buendía, nem carregar o baú de versos escritos por Aureliano, ou sofrer como mãe as penas de Úrsula Iguarán, nem chegar a ver Aureliano outra vez com seus peixinhos de ouro, e finalmente não se importou de voltar à noite em que ele havia decidido se juntar às forças do general Victorio Medina, então chamou o garçom e pediu que trocasse o café gelado, e assim que colocou outro quente sobre a mesa de mármore, folheou seu livro para trás, os dedos brincando de máquina do tempo, até a página noventa e três, de onde começou novamente desde o momento em que ele declarou no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.

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5 comentarios en «Diez minutos de soledad»

  1. Es una historia con personajes de otra historia, con hermosas imágenes agradables. Se nota una gran destreza por parte de la escritora, para intercalar argumentos de otra historia en la trama del cuento. Felicitaciones Andrea.

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