LILI, NO TE MUERAS

Yedenira Cid

Mi agradecimiento a:

Aaron, Irene y Tatiana por su apoyo incondicional

y su aliento para realizar este primer escrito

 Ella estaba arrinconada entre cajas en un callejón de los barrios más salvajes de la enorme ciudad; era una fría y lluviosa noche de invierno. Al acercarnos, lastimosamente vimos el deplorable estado en que se hallaba. Nos miró recelosa, tratando de huir, pero las cajas y su dolor se lo impidieron. Sus grandes ojos claros llenos de lágrimas y su cuerpo magullado hicieron que un cúmulo de preguntas y sentimientos se agolparan en nosotros: enojo, impotencia. ¿Quién o quiénes pudieron hacerle tanto daño? ¿Por qué? Aún sigo cuestionándome la existencia de seres humanos con la capacidad para actuar con crueldad y sin piedad sobre otro ser.

En nuestra desesperación recordamos que, no muy lejos de allí, se encontraba un hospital, famoso por el buen trato a sus pacientes y casos de éxito. Llegamos a donde ese lugar y un médico la atendió, la examinó detalladamente, ordenando enseguida varios estudios y con ello hacer un diagnóstico más preciso. Fue larga la espera, o por lo menos eso nos pareció. Por fin fuimos notificados: Severas contusiones, hematomas y hemorragias internos, aponeurosis abierta, daños severos en los intestinos, cadera y una de sus extremidades fracturadas; casi nulas posibilidades de sobrevivir. Lloramos desconsolados. El médico nos sugirió que fuera hospitalizada por lo menos tres días, para mantenerla en observación, suministrándole antiinflamatorios y fuertes analgésicos, los cuales ayudarían a que su estado mejorara, suponía. Si esto sucedía, entonces, sería sometida a una larga y delicada intervención quirúrgica, atendiendo primero lo del orden vital, dejando para luego las fracturas.

La conmiseración nos hizo actuar de esa manera ante un ser, a todas luces, desvalido. Sabíamos que, al dejarla en el hospital, estaría en excelentes manos y cuidada de lo mejor. Lili no podía ni moverse, ahora estaba muy confundida, además con extremo dolor, y quién sabe, tal vez con resentimiento. Seguramente la vida no le había nunca sonreído. Como desconocíamos todo de ella, decidimos llamarla así, como la bella y colorida flor que a muchos ha servido para enamorar en todas las épocas y en muchos lugares.

Con el paso de los días y de nuestras visitas constantes para que sintiera nuestro inmenso amor, Lili fue recuperándose asombrosamente. No era aún el momento de abandonar este plano. ¡No lo era!

Cuando le dieron de alta, decidimos llevarla con nosotros a casa y comenzamos a hacerla sentir parte de la familia. Desde entonces, y poco a poco, ella se fue adaptando. Es cariñosa, aunque reservada; un poco arisca y huraña; rehúye de la gente. Muy a menudo se le mira como ensimismada. Le gusta jugar de vez en cuando con una vieja pulsera elástica corriendo por toda la casa. Solo verla entera y llena de vida nos da alegría y satisfacción inmensa.

En cierta ocasión, decidimos ir de paseo en familia y la llevamos, a sabiendas de ser muy nerviosa. Optamos por ir al volcán Xinantécatl, ubicado a escasos treinta kilómetros de la ciudad, a su parte más alta, zona rocosa, árida y llena de acantilados. Durante el trayecto no halló sosiego, el movimiento del auto y las curvas hicieron que sus emociones se alteraran, yendo de un asiento a otro, de atrás hacia adelante. En cuanto llegamos al destino y al abrir las puertas, ella aprovechó para salir despavorida, corriendo como loca hacia el viejo y grueso tronco de lo que alguna vez fuera un árbol fuerte, que aún pendía de sus raíces asidas a las rocas que formaban una gran y escarpada pendiente. Con desesperación corrimos tras ella gritando: ¡Liiiiliiii! ¡Liiiiiliiiii, reeegreeeesaaaa!

Fue inútil, ella no regresó. Estaba asustadísima en la punta de aquel viejo tronco; de repente se soltó y cayó. El corazón nos dio un gran vuelco. Me sentí terriblemente miserable y tonta por haberla llevado.

Para sorpresa nuestra, al asomarnos, Lili estaba en pie sobre sus cuatro patitas tratando de subir; había caído por fortuna, en una superficie plana parecida a una terraza a solo unos cuantos metros. El alma nos regresó al cuerpo y saltamos de júbilo como nunca. Nos apresuramos a rescatarla haciendo una cuerda humana, lo hicimos bien.

Cuántas cosas tan emocionantes hemos vivido, mis hijos y yo, al lado de Lili. Bien dicen: “Los gatos tienen nueve vidas”, y ella, no ha sido la excepción.

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14 comentarios en «Lili, no te mueras»

  1. Licenciada, le escribe una de sus alumnas. Me quedé fascinada con su relato, que bonito corazón tiene, tan noble.
    Estoy segura de que el universo y la madre tierra la recompensaran por sus acciones.
    Éxito en este comienzo.
    Saludos.

  2. Concuerdo con Andrea, lograste mantener la intriga y el suspenso en el relato. Por otra parte, me gusta la idea que circula acerca de «rescatar», «salvar» y/o «ayudar», en este caso, a una gatita. Lo que más me llamó la atención fue la dicotomía expresada en el primer párrafo sobre la idea de una caótica ciudad y un personaje que con un caminar pausado escruta detalladamente esas dinámicas. A su vez, también me gustó la imagen del árbol, porque fue una representación que en mi cabeza apareció nítida y limpia. Finalmente, quiero felicitarte por animarte a escribir. Quiero seguirte leyendo ¡ÁNIMO!

  3. Gracias, Taty, por el tiempo empleado, por tus palabras alentadoras y por la dulzura con la que siempre te diriges a mí. ¡Te abrazo muy apretadito y sabes que es con mucho, mucho amor! 💕🌻

  4. Agradecido de que nos hayas obsequiado estas líneas, una serie de sensaciones que son trasmitidos por tus palabras, muy buen Relato.
    Espero poder tener el gusto de volverte a leer, FELICIDADES

  5. Hola querida prima,

    Me encantó tu relato, aunque no sé por qué, me imaginé que el relato se refería a una perrita! 🙂
    Muchas felicidades!!

    Recibe un fuerte abrazo…

    Rocío Zamora

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