HISTORIAS ALREDEDOR DE UN FOGÓN

Juan Carlos Acevedo

 

REPARADOR DE SUEÑOS

Bajo el imperio del insomnio aprendió a encender el carbón que chispea en el lápiz. Ese destello de fuego se hizo línea e inició el rito del silencio.  Alcanzaba la edad de los metales cuando el canto de un Cardenal devastó la madrugada. Los años se hicieron polvo bajo su lápiz, la luz del carbón se hizo grito y un viento frío silbó en el valle del Cauca Medio.

Poco a poco aprendió su oficio, agudizó los sentidos, afiló el lápiz, recortó la madera. Atento robó aullidos, llantos, huellas, olores y estelas de fantasmas que más tarde almacenó entre hojas de tabaco. Las palabras hechas artefactos, los trazos grises del carbón hechos senderos y la historia hecha palabra revelaron su oficio: reparador de sueños.

 

SEMBRADOR DE ESTRELLAS

         Los hombres limpios llevan por insignia un jazmín en la solapa, usan sombreros blancos y duermen en chinchorros. Ese era el lema de W cada vez que mi voz de niño hambriento preguntaba por su oficio. El deslumbramiento comenzó en el tiempo de las chicharras cuando entre sus manos crecieron astromelias; yo alcanzaba la edad de los helechos, él llegaba a la de los bosques.

Cada mañana lavaba con agua lluvia sus ojos y sus jardines, recitaba poemas en noches sin Luna y escribía cartas de amor con buena letra. Siempre lo creí un mago, un brujo, un hechicero. Desapareció cuando el fuego de unos pocos devoró la casa de Padre, yo sabía que se escondía tras lo agapantos y Madre nunca me creyó.

Ahora mis ojos suman la edad de los trigales y sé que el tiempo de la siembra es el tiempo de los hombres y el tiempo de la cosecha es el tiempo de los dioses. Bajo mi manga oculto una orquídea que ofrezco a la memoria y otra flor crece en el pecho.   

A Wadis Echeverri

Sembrador de estrellas en medio del espanto

 

 

RÍO DE LOS MUERTOS

En el cañón es medio día. Arde febrero y con él los sueños de atarrayas. Ya se sabe la subienda no vendrá este año. El día comenzó cuando la luz implacable del verano estremeció los tamarindos, los hombres buscaron pronto herramientas y nave. Río abajo se perdieron sus voces y sus oraciones.

Cantan, beben sirope y ríen. Sus torsos desnudos rayan entre cobrizos y ocres, y sus manos -acostumbradas a lanzar y recoger- esta vez se aventuran a herir una guitarra.

La mañana se parte. Las aguas negras y los buitres dando giros infinitos presagian un mal día para los pescadores del Cauca Medio. Ya se sabe, la subienda no vendrá este año.

Esas aves y sus giros concéntricos, las aguas turbias y los cuerpos de tres hombres que hinchados y sin ojos flotan por la orilla izquierda.

Otra vez la muerte viaja por el río.

Otra vez se perdió la pesca.

 

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