LISTA MORTAL

Danny Domínguez

En mi pueblo la gente creía en tantas cosas, se debatía entre mitos y leyendas. Decían por ejemplo, que la llorona atravesaba el pueblo clamando por sus hijos y al amanecer se esfumaba en la playa. Hay una leyenda que siempre llamó mi atención, los abuelos hablaban de ella y mis compañeros en el colegio la repetían. Yo dudaba de la realidad de aquel cuento, pero en Colombia hasta los monstruos de los locos pueden ser reales. Según esa leyenda, todo aquel que aparecía en la lista le esperaba una vida maldita o la muerte.

Un día, ante mi insistencia, mamá me contó que cuando un nombre figuraba en la lista mortal estaba condenado hasta la eternidad a vivir en desgracia, a huir de casa, a abandonar lo que con esfuerzo y esmero había logrado. El verdadero contenido de la lista siempre fue un misterio para mí, hasta que una mañana a las 5:30 cuando el sol aún seguía dormido, iba con mi papá de camino al colegio, las calles estaban solitarias, hacía mucho frío, a lo lejos se escuchaban las olas del mar cuando repicaban con las piedras y la poca iluminación del camino no me permitía ver algunos huecos, cada cinco pasos me tropezaba. El silencio abrazado a la brisa del mar llenaba el alma de un miedo inexplicable. Al llegar a la escuela era normal ver pocos estudiantes a esa hora, pero ese día todo era distinto.

En la entrada del colegio estaba pegada una lista y la multitud de estudiantes, padres de familia y profesores, la observaban. En el rostro de algunos se podía leer la tranquilidad de no aparecer en ella, otros se retiraban con la cabeza gacha. Cuando mi papá se acercó a leer, apretó más fuerte mi mano, vi cómo sus ojos se pusieron vidriosos, pero las lágrimas no cayeron. Sin mirarme dijo:

—Hoy no estaremos en clases, vámonos —No estaba de acuerdo con su decisión.

—¿Qué pasa papá? —no respondió mi pregunta.

Caminamos de regreso a casa, en las esquinas había personas reunidas en grupos murmurando, a nuestro paso nos miraban y se callaban. Mi papá cada vez iba más rápido, no decía nada, no saludó a las personas que encontrábamos en el camino, lo cual era extraño porque él siempre fue un hombre sociable; mi corazón se aceleraba a cada paso, hacía un gran esfuerzo por ir a su ritmo. Al llegar a casa, se encerró en la habitación con mi mamá, pero mis oídos inquietos me obligaron a escuchar lo que hablaban, aunque detrás de la puerta solo me llegaban los sollozos de mi madre.

La curiosidad me ganó e irrumpí en la habitación, mi padre tenía sus brazos alrededor del cuerpo de mi mamá, ella tenía la frente sobre el hombro izquierdo de papá y se cubría el rostro con sus manos.

—¿Qué hacemos ahora? No quiero poner en riesgo la vida de mi hija, ella no lo merece —dijo mi papá. 

Me miró y sus lágrimas rodaron por las mejillas. Mi mamá corrió a abrazarme, yo seguía sin entender. A pesar de mis seis años, sabía que existía alguna relación entre la tristeza, el llanto de mis padres y la lista del colegio. Logré zafarme, corrí de vuelta a la escuela. El sol empezaba a salir y todo estaba naranja. En la entrada seguían los niños, ese día casi nadie quiso entrar a clases, al verme todos bajaron la cabeza, me abrieron paso y me dispuse a leer.

Todo lo que siempre fue un mito para mí, ese día se volvió una dolorosa realidad. Allí estaba el nombre de mi padre, legible y al lado, una cruz negra. Mi corazón se aceleró nuevamente, corrí de regreso a la casa, cuando llegué, la misma lista estaba pegada en la ventana.

—¡MAMÁ! —grité.

Escuché sus pasos cada vez más cerca, hasta que la puerta se abrió. Mamá, siguió mi mirada hasta que tuvo la lista frente a sus ojos, la arrancó, cayó de rodillas con la nefasta hoja de papel pegada al pecho, mi padre se acercó y la abrazó.

—¿Por qué nos pasa esto a nosotros papá?

—Porque, hija mía, existe gente a la que no les gusta que en las escuelas se enseñe la realidad.

Tuve que dejar mi hogar, dejé de ser una niña extrovertida y feliz, atrás quedó el mar, me lo cambiaron por los fríos pitidos de motos, autos y buses; dejé de respirar aire puro por humo, seguí jugando a las escondidas con mi familia, en otra ciudad.

Han pasado muchos años, el miedo me visita de vez en cuando. Hoy soy madre, y tengo la edad suficiente para entender el miedo que se siente cuando sale una nueva lista.

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