El Secreto

María de los Ángeles Montes

La cegadora luz de un rayo acuchillando el cielo en medio de la tormenta, alumbró por unos instantes el fangoso y pedregoso camino por donde el desvencijado Volkswagen intentaba avanzar. El posterior estruendo hizo que todo el armatoste se estremeciera, obligando al viejo doctor a afianzarse más al volante mientras pegaba el cuerpo al tablero, aguzando la visión.

Esa noche llovía a cántaros como si el Dios Tláloc mandara saludos a los mortales, convirtiendo el camino en un auténtico estrecho. Los árboles furiosos silbaban al paso del fuerte viento y gruesas gotas de lluvia se agolpaban sin tregua en el parabrisas, entorpeciendo aún más el avance del vochito; pero la desesperada llamada de la operadora solicitando con urgencia un doctor, hizo que el viejo galeno, pese al tiempo, acudiera a la consulta.

Las señas de un pequeño hombre languciento, tapándose con un plástico amarillento a la orilla del abrupto sendero, le indicaron el lugar. De manera apresurada, el doctor bajó de su auto y con el maletín a manera de paraguas, se metió a la casucha guiado por el hombrecillo.

— ¡Pásele, pásele doitorcito! Yo creiba que ya no iba a venir —sonó con premura la voz de una señora que con la mano izquierda sostenía la enclenque puerta de tablas y en la otra un rosario.

—Buenas noches —saludó el doctor limpiándose con el dorso de la mano las gotas de la cara.

—Una disculpa pero ya ve usted cómo está el aguacero.

Sobre una mesa desnuda, la mortecina luz de unas velas chorreadas en unas latas de chiles, alumbraba la humilde vivienda. La fotografía vieja de una quinceañera mal encarada y un calendario del año pasado con la imagen de San José, colgaban de la pared de adobe en cuyos hoyos se arremolinaban los “sacabuches”; un ropero café con la luna rota y lleno de calcomanías arañadas, hacía de división entre “el comedor” y el área de “dormitorios” en donde tres tapetes y un viejo colchón pandeado yacían sobre el piso de tierra.

—Ella es la enjuerma doitor, mija, le duele su panza —dijo el hombre lastimosamente, señalando el colchón pandeado sobre el que una joven mujer se retorcía, jadeando y lanzando lastimosos ayes de dolor; su cabello desgreñado y el rostro enrojecido, sudoroso, denotaban un sufrimiento de ya muchas horas.

—Ya le untamos manteca con carbonato doitor y hasta su hermana ya le tronó el cuero y nada, el dolor del estógamo no se le quita —dijo la mujer.

—Pero endenantes se había tomado un té de cedrón con yerbabuena ¡Y se puso pior! Vea cómo está de aventada… ¿Cree asté que eso le haiga hecho más daño? —preguntó.

—Ahorita vemos qué le pasa, permítame auscultarla —dijo el médico e hincándose, sacó su estetoscopio del maletín.

En una esquina del cuartucho, sentada y envoltijada en un rebozo negro, la hermana mayor de la joven observaba la escena sin decir nada. Tenía la cabeza y la boca cubiertas con el rebozo por el que solo asomaba los ojos y debajo del asiento de la silla, hechas nudo ocultaba las piernas.  Del otro lado junto al colchón, su madre arrodillada frente a una imagen de la Virgen de los Remedios que estaba en un nicho, lanzaba fervorosos “Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal…” cada vez que la pobre joven emitía un grito.

Cuando el doctor terminó de auscultar a la muchacha y aún con el estetoscopio en los oídos, se puso de pie y les dijo apresurado:

—Tenemos que llevar a la chica inmediatamente a la clínica regional.

— ¿Por qué doitor? ¿Qué le pasa a mija?  —preguntó el angustiado padre abriendo los ojos como platos.

—Pues lo normal, su hija ya está en pleno trabajo de parto y si no nos apuramos, dará a luz aquí en su casa —replicó el doctor.

El estupor y la confusión enmudecieron al hombre; la mujer impulsada como por un resorte se puso de pie y con los ojos desorbitados inquirió al galeno:

— ¿¡Cómo dijo asté doitor…!?  ¿¡Qué mija qué…!?

—Lo que acaban de escuchar —repuso el doctor.

—Su hija está en plena labor de parto… No le he hecho el tacto pero calculo que tendrá unos 6 o 7 cen…

— ¡Cállese el hocico…! —gritó amenazadoramente el padre de la joven con la mirada encendida, como lanzando lumbre.

— ¿¡Cómo se atreve a calumniar ansina a mija…!? ¡Ella es señorita!

El doctor confundido por la reacción del padre y dirigiéndose a la joven con el estupor en la faz le cuestionó:

— ¿¡No les has dicho nada a tus padres de tu embarazo…!? ¿Lo ocultaste…? ¡Diles la verdad!

La vieja mujer de una zancada se interpuso entre la joven y el médico y alzando desafiante el rosario frente a su rostro masculló:

—Lárgate de mi casa desgraciado injeliz antes de que te machetiemos, no voy a permitir que vengas a mi casa a deshonrar a mija… ¡Es asté un maldito!  —y escupiendo a los pies del doctor, con la cara encendida por la furia, volteó abruptamente buscando la aprobación de su hija mayor que seguía sentada, muda, observándolo todo. 

— ¡Y tú…! ¿¡Ansina te quedas callada, no dices nada…!? ¿Qué no devisas lo que está diciendo este animal de tu hermana…? ¡Defiéndela!

La joven sin moverse de su silla y bajándose el rebozo lentamente de la boca, volteó la mirada hacia su sufriente hermana y con voz tranquila, le dijo:

—Te dije que era casado.

El resplandor de otro rayo entró fulminante por la apolillada ventanita del jacal, advirtiendo con su estruendo que esa sería una interminable y abundante noche de tormenta.

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5 comentarios en «El secreto»

  1. Querida, Ángeles, ¡qué ingenio de cuento! ¡Qué manera tan tuya de narrar! La verdad me encanta leerte, eres sumamente descriptiva y utilizas magistralmente los modismos y coloquialismos, que son tan propios de México. ¡Cómo me haces reír!
    Ojalá nos dieras más historias con ese estilo que es muy tuyo.

    ¡Felicitaciones, amiga, bien logrado! 🌻 💕

    1. Felicitaciones Ángeles.. fascinante historia, no podía dejar de leer. Me encanta tu manera tan descriptiva de escribir. Además de que insitas a qué la imaginación vuele y trace diferentes caminos por los que la historia pueda seguir.
      Nuevamente, felicidades y espero ansiosa más escritos tuyos.

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