CANDELARIA

Nadim Marmolejo

Desde la casa de Candelaria Gutiérrez los erales que pacen en la inmensa y verde sabana parecen una manta albugínea que se extiende hasta la lejana y delgada línea plomiza que apenas se avista del mar Caribe; al que nunca ha ido ella, primero porque sus padres no la llevaron cuando niña, ni la dejaron ir en la adolescencia cuando les pidió el permiso, y luego porque se casó y llegaron los hijos que ahora ocupan todo su tiempo.

Desde aquel otero el mundo es como lo pintan: ancho y ajeno. De lado y lado el poseedor de toda la hierba, los jagüeles, los pisingos, los novillos, los caballos, y los corrales de vareta, es el mismo. Y ya le ha manifestado a Candelaria su deseo de montar allí su mansión de descanso y recreo, atraído por la bella panorámica de sus propios latifundios. Ella ha rehuido al negocio con la útil y cierta razón de que esa parcela es de sus hijos pues no tiene otra herencia que dejarles. Pero más de dos veces ha estado a punto de ceder obligada por la necesidad de darles de comer.

A cinco kilómetros de ahí está el pueblo, esa es la distancia que tienen que recorrer a diario los seis muchachos para ir al colegio, a donde van siempre a pie y contra la marea de polvo que levantan los camiones del próspero vecino que madrugan a sus tierras a cargar las cantinas de leche que le exprimen los ordeñadores a las vacas. El otero es también el punto de referencia que los habitantes del pueblo dan a los viajeros del interior del país que pasan en busca de los balnearios de Tolú y Coveñas. El viejo Nicanor, que ya supera los ochenta años y vive en la periferia, suele jugarle la misma broma a quien le pregunta qué tan lejos quedan los dos destinos turísticos.

—Se oye un trueno —les dice, muy serio, y se ríe a carcajadas luego de que se han ido sin entender aquel particular cálculo de la distancia.

Esta mañana, mientras iba rumbo al pueblo a hacerse examinar el bocio incipiente que empieza a desfigurarle el cuello, forzada por la dificultad de tragar y no por tener conciencia acerca del peligro que representa para su salud, volvió a tropezar en el camino con el dueño de la hacienda que rodea su parcela y tras oírle repetir la enorme cifra que estaba dispuesto a pagarle por su pedazo de tierra acabó la conversación de facto diciéndole lo mismo de siempre: ¡eso es de mis hijos! Idelfonso, el menor de sus hijos, quien había faltado a clases obligado por ella para hacerle compañía, volvió a talonear el jumento para continuar el camino y durante un buen rato el animal mantuvo el mismo paso apresurado que le impuso. Había cumplido el mes pasado los diez años y apenas empezaba a entender que aquel pedazo de tierra era la herencia que les había dejado su padre.

El sol abrasante obligó a Candelaria a abrir la sombrilla que llevaba sobre las piernas, pero se vio forzada más tarde a cerrarla porque el viento agitado por los camiones le alborotaba el cabello y requería de las manos frecuentemente para quitar el pelo que se le venía a la cara. También porque la polvareda se tornó tan espesa luego que debía tomar las riendas del asno para que no se desviara de la línea del camino que llevaba. Incluso, Idelfonso tuvo que bajarse del animal para indicarle, como un espolique, por dónde transitar durante el tiempo que duraba en desaparecer la nube de polvo que levantaba cada pesado camión que pasaba.

Después de salir del consultorio del doctor Ezqueda, luego de un poco más de media hora que le tomó al médico explicarle lo que tenía y lo que debía hacer en adelante, Candelaria no descansó de incitar al asno, golpeándole de forma impaciente la barriga con sus propios talones, para que anduviera a toda prisa y llegar a su morada lo antes posible. Idelfonso permaneció en silencio, más preocupado por su propia estabilidad sobre el anca del animal que por la alteración de su madre. Y, al llegar, sin dar explicación, determinó encerrarse en el cuarto conyugal, con la firme intención de permanecer allí hasta que la muerte se la llevara pues no tenía la menor intención de dejar su casa, ni a las matas del jardín que solo ella se ocupa de regar a diario ni a sus hijos a merced de la adolescencia, para irse a tratar el bocio con quimioterapia en la capital del país, como se lo había sentenciado el doctor Ezqueda.

Cerró de un solo golpe la puerta y echó llave por dentro. Toda la capacidad de persuasión de la que fue capaz la familia durante el resto del día para tratar de convencerla de abandonar aquel encierro incomprensible, resultó inútil. Los primeros en fracasar fueron sus propios hijos; el sexteto de jóvenes donosos ya ávidos de experiencias, se cansaron de halagarla, de rendirle honores, de proponerle pactos y cesiones de conductas suyas que no le gustaban por otras que se ajustaran a su leal saber y querer, incluso, le prometieron por Dios Santo que le harían la casa nueva que quería hace tiempo, pero ella se resistió a sus apresuradas promesas.

—No me pasa nada —les dijo con firmeza. Solo quiero estar en mi cuarto.

Después lo intentó Ramiro, su hermano menor, cuya corpulencia alguien alguna vez la comparó con la de un elefante solo por joder y desde entonces lo apodaron Olafo, aunque el remoquete ocultaba más bien la percepción de amargado que muchos tenían de él y que les recordaba al personaje ficcionario de origen vikingo de la famosa tira cómica que veían en la televisión. Casi desesperado tocó y tocó a la puerta, pidiéndole que le abriera, pero nunca obtuvo siquiera su molestia por ello. Entonces cambió la estrategia y se ofreció a guardarle el secreto de lo que le pasaba, encargarse de cuidar de los sobrinos cuando lo solicitara, y apoyar en lo que fuere necesario. Pero ella rechazó sus ofertas, categóricamente.

—Crees que soy boba —dijo. Tú no cumples ni años.

Más tarde apareció Nélida, su amiga desde la edad de la inocencia, de quien creían que tenía total influencia en ella, pero tampoco dio con el éxito que le auguraron a su intervención tras hablar con Candelaria un buen rato a través de la puerta cerrada, por el contrario, ella evidenció al final que la amistad no está hecha para convencer a nadie de lo que no quiere, sino para ayudarle a hacer lo que quiere.

—Esta vez no puedes ayudarme, Nélida —le dijo Candelaria al despedirse.

Igual ocurrió con el resto de la parentela y algunos vecinos que fueron llegando a medida que se iban enterando de la situación y sintieron deseos de intentar ejercitar la solidaridad que les inspirara repentinamente la reclusión impensada de Candelaria. Al final, todo el pueblo acabó enterándose de la situación y uno a uno todos los conocidos y no conocidos fueron pasando por la puerta del cuarto y devolviéndose a sus casas con sus buenas intenciones en las manos y la deducción apresurada de que su vecina se había vuelto loca.

Candelaria Gutiérrez rebasaba ya los cuarenta y cinco años. Aunque aparentaba más. Cualquiera que la reparara fijamente podría juzgar que su aspecto no era el resultado de una rápida senectud, sino de la reciedumbre de su carácter, del esfuerzo supremo con que encara la vida y de las restricciones que ella misma se impuso con tal de cumplir a cabalidad su solitario papel de madre y padre a la vez, después de enterrar a su esposo con muchos honores pero pobre, como vuelven todos los héroes de la guerra. También por el asedio incesante de la inopia y la difícil diligencia que le tocó realizar durante varios años para conseguir que se hiciera efectiva la pensión del difunto, que implicó un desgaste enorme de energía, sudor y lágrimas que llegó a decir que no moriría de enfermedad alguna sino de hambre y esperanza. Es una mujer de una estatura que le permitía poner en las repisas más altas de la casa los juguetes de los niños cuando quería escondérselos para evitar que estuvieran en la calle, ensuciaran la ropa que tanto le costaba lavar, pero en particular que no se juntaran con los demás de la cuadra que no le gustaban. El rigor con el que resistía todo lo que le pasaba contra su voluntad era parecido al de Job, el personaje bíblico que ella más citaba.

Tenía plena conciencia de sus actos y no le importaban las consecuencias. Estaba resuelta en verdad a permanecer en aquellas cuatro paredes hasta la hora de su muerte, aun si ello implicara poner a merced de las ascuas del sufrimiento a sus propios hijos. Y ni siquiera una luz providencial sería capaz de cambiarle la visión de las cosas en ese momento. Cuando hubo calculado el fin del alboroto que produjo su decisión, se dio a la tarea de arreglar la habitación buscando entretenerse. Comenzó mudando unas cosas de su lugar y regresando otras a donde estaban antes. Por ejemplo, el cuadro de la bandeja de madera rústica que contenía coloridos frutos de pancoger que le regalaron a su esposo, lo trasladó del lado izquierdo de la cama al derecho; devolvió al orden que tenían antes las cobijas del lecho matrimonial que se habían arrugado con el peso de su cuerpo durante el rato que estuvo sentada sobre el borde del colchón rumiando su mala suerte; quitó del pie de la ventana donde había estado inamovible desde hace un año o más el escabel de cuero que adquirió en la feria artesanal de Tuchín; y, por último, intercambió de lugar las mesitas de noche. Pero no dejó de pensar en las catástrofes aéreas que ha visto en la televisión, que eran la causa fundamental del miedo profundo que ahora la envuelve y le impide viajar en avión a la capital del país a recibir el tratamiento de quimioterapia en el Instituto Nacional de Cancerología, que el médico Ezqueda sentenció que tenía que hacerse. Las terribles imágenes de lo que había visto en la pantalla chica estaban pegadas a su cabeza como pérfidas musarañas.

—Nunca subiré a un aparato de esos —se repetía a sí misma a cada rato.

A pocos pasos del escaparate vio pasar un ratón que se ocultó detrás del viejo mueble, solo ocupado por sus escasas prendas de vestir. Pasó la mirada por la zona donde creyó que estaría y lo vio, pero el animalito se le vino encima y tuvo que subirse a la cama. El alboroto alertó a todos los que estaban en la sala, tocaron a su puerta pero nunca les dijo lo que acababa de pasar. Solo los calmó con un no pasa nada. Cuando supuso que el inquieto roedorcito se había ido lejos, bajó con sumo cuidado del colchón y husmeó por toda la habitación hasta asegurarse de que ya no estaba dentro. Luego devolvió la tesura que ostentaba antes la sábana y se puso a pensar que aquellas habilidades del ratón para huir de cualquier peligro y sin dejar rastro le servirían de mucho para escabullirse de la atención de su familia, los vecinos y los chismosos de la cuadra.

Al cabo de aquel pensamiento, vio de nuevo al ratoncito pero esta vez corriendo sobre las varas del techo de la casa, como si fuera un pequeño saltamontes, con una agilidad impresionante que se le hizo inexplicable así como ha sido inexplicable su relación con la desgracia. Luego se topó de frente con la fotografía de su esposo que reposaba en la mesita redonda que acompaña el decorado del cuarto, fijó su vista por un rato en las jinetas de sargento del ejército que lucía en su uniforme militar, después en sus ojos de lobo de tierra siempre al acecho que de muy poco le sirvieron en la guerra pues no vislumbró el peligro que siempre hay delante en los inseguros caminos de la confrontación. Ella no resistió las ganas de hablarle.

—No voy a sacar ni un solo pie de aquí —le dijo a la imagen, segura de que también estaría en desacuerdo con su actitud, si estuviera presente.

Hacía ya dieciocho años Candelaria lo había sepultado luego de recibirlo en un ataúd forrado con la bandera nacional, tras caer en una bien planeada emboscada del enemigo en la espesura de la Sierra Nevada de Santa Marta. Desde entonces maldice la guerra por habérselo arrebatado de modo tan inmisericorde y no ha habido noche que no se haya acostado pensando que de nada valió su sacrificio porque igual sigue la violencia, como si más nada importara en el mundo. Trabajosamente pudo aceptar su muerte, demoraba horas rumiando su desgracia en la soledad de su lecho, siempre con un inevitable sentimiento de culpa por no haberlo convencido de dejar las armas y dedicarse de lleno a la ganadería que tanto le gustaba y sentar las bases del porvenir decente que ambos deseaban para su prole.

Sin darse cuenta sus parsimoniosos pasos la llevaron al guardarropa y se sintió atraída a revolver el pasado. Lo abrió haciendo una maniobra personal con la llavecita dentro de la oxidada cerradura y se dio a la tarea de extraer las prendas de vestir suyas que ya no se pone. También sacó la vieja cobija amarilla de flores bordadas que estrenó en la luna de miel y que aún conservaba la mancha de la sangre, ya casi indefinible, que le probó a su esposo que era virgen, la ropa de él conservada con mucho cariño y los pares de zapatos que todavía servían, el cofrecito rojo con el ajuar barato que también dejó de usar y el álbum de fotos del matrimonio con los eventos subsiguientes, el mamotreto de los boletines de calificaciones de la primaria y el bachillerato de sus retoños, y al tener todo sobre la cama la embargó la nostalgia. Lloró. Luego devolvió cada cosa a su lugar sin olvidar darle una sacudida maternal para espantarle las limaduras del abandono.

Enseguida se puso a escribir con su letra torpe sobre un pedazo de papel que tomó de la mesa de noche, antes que se le olvidara, las indicaciones que se le ocurrieron en relación con el cuidado y conservación de todo aquello que guardaba con celo. Para Otilio, el hijo mayor, consignó la recomendación especial de no desamparar a sus hermanos menores cuando ella ya no estuviera viva, y para los seis hermanos en general el precepto bien claro de no deshacerse de la parcela por nada del mundo ya que ese era el único patrimonio que les había legado su padre. Y dejó escondidas en la esquina más recóndita de su cerebro las razones que le asistían para permanecer enjaulada como pájaro el resto de la vida. Luego dobló el folio en dos y lo guardó dentro del closet debajo de las mudas de ropa de ella.

Antes de las doce, Candelaria observó a través de la ventana la aglomeración de personas frente a su casa y tuvo la intención de asomarse a espantarlas como moscas, pero se contuvo al entender que era gente conocida y pacífica que quisiera o no estaba ahí por ella. El sol con su poderosa lumbre abrasadora y la proximidad de la hora del almuerzo se encargaron al poco rato de disolver la multitud sigilosamente.

A las doce y cuarto llegaron Pompilio y su mujer, los cuidanderos de la hacienda contigua que acababan de enterarse del suceso, quienes también vieron frustrados sus propósitos de persuadirla de no continuar con aquella decisión y solo lograron que aceptara dejarle un par de mojarras para el almuerzo que habían comprado para ella en la plaza de mercado del pueblo. Pompilio se encargó de despostarlas y echarlas a la olla posteriormente.

Candelaria oyó después algunas voces en la sala que reconoció de inmediato y sintió unas ganas enormes de salir a reprender a quienes hablaban de tumbar la puerta con una mano de pilón y entrar a sacarla por las malas porque consideraban aquel comportamiento suyo como propio de la vieja terca que creen que ha sido, siempre energúmena, desafiando a la razón. Pero lo pensó dos veces y luego determinó quedarse donde estaba.

—De aquí me sacan muerta —refunfuñó.

En realidad, aquella impresión que tenían de ella las personas de la sala no le causaba enojo alguno, pues, había llegado a comprender que todo aquello que le endilgaban era producto del resentimiento por no haberles permitido nunca juntar a sus hijos con los de ella y sus fuertes críticas contra sus métodos violentos para corregir a los muchachos. Recordó enseguida su propia desdicha de juventud causada por la reciedumbre de las reglas impuestas por su padre en la casa, que nunca le dio permiso para ir siquiera a las fiestas que era invitada porque consideraba que a los bailes solo iban las mujeres que querían machos. “Por eso no aprendí a bailar”, le contó hace poco a sus hijos.

Un momento después vino a su mente la idea de escapar de la habitación bajo las sombras de la noche y esconderse en un lugar donde no la pudieran encontrar nunca, lejos del asedio de la gente, donde pudiera estar a solas con su miedo a viajar en avión y la desventura de ser una enferma de cáncer, pero fue consciente de que se trataba de una idea tonta e imposible de llevar a cabo porque no tenía a dónde llegar en ninguna parte de la tierra.

A las doce y media, cuando la tarde ya empezaba su lento caminar, fue directo al baño a darse una ducha. La luz que penetraba por la ventanilla abierta en lo alto hería la semioscuridad preponderante y era suficiente para no encender la vela que prende normalmente para iluminarlo todo. Al contacto con el agua sintió lo fría que estaba, pero no quiso parar hasta acostumbrarse a aquella temperatura y no tardar más de la cuenta que tenía prevista para bañarse. Lo primero que hizo fue masajearse el cabello con la espuma del champú, después enjabonó la espalda y el busto, y esquivó porfiadamente palpar el bulto del molesto bocio.

Súbitamente le asaltó el deseo furtivo de retractarse de su encierro, alentada por las ganas de experimentar de nuevo la contemplación de las maravillas naturales de su entorno mágico, la felicidad de criar a su prole hasta que sean todos grandes, ponerlos en la plataforma de lanzamiento hacia el futuro, disfrutar de los nietos que llegaran, y volver a tejer las mochilas y los bolsos que le enseñaran los indígenas del resguardo colindante, como lo hacía en sus primeros años de maternidad, sin la presión de vender pronto para tener con que ir a la tienda. ¿Quién lo podía impedir? Por más que lo pensó, no encontró las fuerzas suficientes ni las razones apropiadas para justificar aquel cambio de opinión, y al instante cerró la llave del agua sin terminar de bañarse.

Iba a coger la toalla cuando de pronto sintió en las sienes un dolor tan fuerte que le hizo pensar que volvía la migraña que suele aparecer cuando incumple la hora del almuerzo o deja de tomar café, según se ha empeñado en creer. En poquísimo tiempo se le nubló la vista y acto seguido se desplomó. Su cuerpo, salpicado de espumas del jabón, se tornó macilento muy rápidamente y adquirió la laxitud de un globo desinflado. El cabello encanecido, alborotado, húmedo, le quedó esparramado sobre la cara y la espalda, como hilos de un telar de hamacas, y la tibia sangre que salía de la cabeza empezó a teñir de rojo intenso el agua sucia del piso que se precipitaba lerda y bulliciosa hacia la rejilla del desaguadero. Sus vivaces ojos hasta entonces se cerraron luego, como se cierran las ventanas de la casa cuando los moradores se van de viaje hacia otros lares.

El estrépito de la caída se escuchó en la sala después de rebasar las paredes, la puerta y la ventana cerrada del cuarto. La primera que lo escuchó fue Nélida, que conversaba tranquila a esa hora en la cocina con Idelfonso mientras ella atendía el fogón donde estaba puesta la olla en que cocinaba las postas de las mojarras para el almuerzo, corrió sin calcular bien dónde ponía los pies y de una sola patada abrió la puerta del cuarto, después la del baño encontrando a Candelaria derrumbada sobre la baldosa. Miró con lástima el cuerpo inerte de su amiga de toda la vida, la sangre que huía de su cabeza, y, en la piel, la decoloración que sucede al vaciamiento de la vida.

La agarró por los sobacos, estaba fría, y la arrastró hacia la sala con la fuerza de orangután que ostenta, la puso sobre el sofá y la resguardó de su desnudez con la frisa que protegía al mueble del polvo veraniego de agosto. Momentos después, informado de la mala nueva, el doctor Ezqueda habría de reconocer que nunca se debe desestimar el poder del miedo, su capacidad de destrozar las esperanzas de todo el mundo, incluyendo el impulso de vivir. Luego relató a los familiares que apenas supo que tendría que viajar a la capital del país a hacerse el tratamiento especial que requería el tumor maligno del cuello tuvo una crisis de nervios y salió corriendo sin darle tiempo a que pudiera calmarla.

—Primero muerta que subir a ese aparato —recordó delante de todos que había dicho al partir.

A la tarde se desgajó un aguacero. Llovió hasta empatar el día con la noche. En lo que va corrido del novenario, el próspero hacendado de la zona ha pasado varias veces por la casa, primero a dar el pésame, después a llevar unos paquetes de café a los deudos, luego a ofrecer una novilla para la cena de la última noche del novenario, y se le ha visto caminando alrededor de la casa, observando el paisaje sabanero, hablando con algunos parientes de la difunta, pero no ha tenido la suerte de tener una conversación a solas con los hijos de Candelaria.  

 

 

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2 comentarios en «Candelaria»

  1. Gracias, Nadim, por regalarnos un pedacito de la vida de Candelaria, aunque fuera el final de esta. ¿Y qué pasó con sus hijos y Nicanor? Todavía hay tela de dónde cortar.
    ¡Felicitaciones por este escrito!

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