OLOR DE ACEITUNA

Ángel Roys Mejía

Camino agarrado de la mano de mi padre, como aferrado al principio del mundo. Voy con los pies mojosos en sandalias gastadas. Entramos en una casa de una ciudad vieja, cuyo viento, por las tardes, priva el ánimo o lo alebresta, según el menú del mediodía.

Galopaban presentimientos en mi interior. Temía ser abandonado, no volver a ver a mis hermanos, a mi madre; no volver a mi casa y sus lugares tan familiares y tranquilos para mi existencia.

Mi padre entró con confianza a la casa, como dueño y señor, lo que me costó entender. Fue atendido de inmediato, con una intimidad que creía era propiedad de mi madre. Empecé a perder la inocencia ese día. Me pidieron que fuera a jugar en el patio y me resistí hasta que fui fulminado con la mirada de mi “viejo”, le temía tanto que de pequeño me podría haber empujado al precipicio, solo con un golpe de ojos. Desemboqué en un patio grande lleno de árboles gigantes y un piso inundado de aceitunas. El olor me atrapó produciéndome un vértigo, incrustándose en mi piel, pegándose a mis sentidos.

Supe mucho tiempo después de las propiedades de las aceitunas. Que favorece la digestión, que es antioxidante, que facilita el vaciamiento de la vesícula biliar y que además es beneficiosa para prevenir enfermedades cardiovasculares. Toda esta información para mí, valía muy poco. La aceituna olía a algo que me dolía por dentro y que no sabía por qué.

Estando todavía en el patio de mis tribulaciones, me llamaron para darme de comer; mi padre no estaba. Un sentimiento de abandono me embargó hasta el alma, pensé que por mis regulares resultados académicos y por comer demasiado, me habían regalado a esta señora que me olía a aceitunas. Deambule enajenado por este castillo ajeno y sombrío, fui a parar a un cuartico embutido de mil cosas, puse la espalda en la pared y me resbale hasta el piso frío. Al poco tiempo aún absorto, una luz tenue que provenía del rincón llamó mi atención. Gateando con recelo me acerque y pude ver una foto de mi padre en un altarcito iluminado por una veladora, debajo de la foto vi algo que tomé entre mis manos y pude leer: Dar – por – las – ma – ña-nas- en- ju-go  de- na-ran-ja. Espantado salí del cuartico de regreso al patio, calentaba el sol haciendo más penetrante y fastidioso sus tufos.

La señora me cargó y tuve que llenarme de valor para no vomitar, aún tenía el miedo de mi padre en la piel y si vomitaba tal vez, jamás volvería por mí.  Salimos a la calle y pasamos por el centro de la ciudad, entramos a un almacén y salí, en poco tiempo, estrenando ropa, que a mí me olía a aceitunas.

No entendía por qué la señora quería tener tantos detalles conmigo, si nunca me había visto y que yo recuerde, tampoco la había visto. Además ella, alta, con unos ojos borrascosos, bastante morena, con la piel llena de verrugas y lunares, me parecía fea. Trataba de no mirarla para no comprometerme, pero su presencia me perseguía, dándome la sensación de que ella tenía poderes malignos.   

Mi padre pasó al final de la tarde por mí. Lo esperé con la paciencia de quien vence mil sueños. La señora me besó y lo resistí, sin decir una palabra. Mis piernas temblaban por la emoción y el miedo, pero había algo más profundo que aún en mi mundo no tenía nombre.

No la volví a ver jamás.  O tal vez si, cada vez que tropezaba en un patio o en una calle un árbol de aceitunas y el olor sofocaba mi ambiente, como si me tomara por el cuello ahogándome hasta la asfixia.

Llegué a casa con una tropelía en mi vientre y pasé corriendo junto a mi madre, quería fundirme en sus brazos, pero era más fuerte el deseo de purificarme en el baño, expulsando mis entrañas y dejando que el agua arrastrará esa otra piel que sentía cubriendo mi ser. Tuve el tiempo necesario para expoliar el olor a aceituna de mi cuerpo; luego, caí en un sueño profundo, pero sin sueños.

Crecí con ese misterio no resuelto en mi vida, como una epifanía esquiva que por noches me visitaba, como un recuerdo desteñido pegado como costra a la edad en la que había alcanzado el uso de razón. Mi padre iba y venía en los muchos amores que cultivó hasta su muerte. Supongo que entre ellos había también árboles de aceituna.

Cuando creí haber sepultado ese episodio en mi subconsciente, empezando a florecer la madurez en mi cuerpo, en plena etapa del desarrollo, mi mamá buscó una joven mujer para que se ocupara de las labores de la casa. Al conocerla, pese a ser unos pocos años mayor que yo, me fue indiferente, hasta el momento en que estando en plena actividad, al transpirar empezó a emanar un olor dulzón, ligeramente acre y brutal, que me embriagaba hasta las náuseas. Comencé a observarla y su mirada sostenida me trastornó el vientre. Perdí la paz con su presencia, volviéndome casero; fisgoneándola, oliéndola, anhelándola.

Mi madre, un día le pidió que se quedara el fin de semana para que nos acompañara, mientras ella viajaba a atender unos asuntos fuera de la ciudad. Su respuesta me aceleró el pulso, como si estuviera esperando una presa para cazarla. Ella dijo sí y deslizó una mirada disimulada hacia a mí, cambié de color y tropecé con torpeza con la mesa mientras trataba de llegar a la sala, como cazador huyendo.

La primera noche dibujé en el techo la silueta de Lolita, así le gustaba que la llamaran, la vestí y la desvestí tantas veces que tuve que brincar de la cama para espantarla. No resistí la tentación de asomarme en su habitación, espiándola a media luz; estaba agitada y se movía con inquietud. De pronto, la sabana rodó por el piso y sus muslos quedaron expuestos, dejando ver mucho más de lo descubierto por mí en una mujer hasta ese día. Sintiéndose observada, me arropó con sus ojos.  Me sentí como un yo-yo impulsado y halado por sus dedos. Todo en mi era evidencia. Se hizo a un lado, ofreciéndome con una calidez no esperada, lugar en la cama.

Desde ese día, cada vez que sudaba, la recordaba. Por mis poros fluían las fragancias de su cuerpo atormentando mis rutinas. El turbante del árabe de la Baldor danzaba a mi vista, mientras intentaba concentrarme. Era inútil. Lolita me hizo hombre, abriéndome los ojos a la anatomía, a la geografía del sexo, enseñándome a tocar sin miedos y a comprender lo religioso que hay en el culto a la mujer.

Lolita se sació de mi falta de experiencia; como cuando la maestra le coge fastidio a un estudiante estúpido, me trancó su puerta. Me dolía lo que pasaba, me sentía burlado en mi orgullo propio. Noté que Lolita empezaba a salir de casa, siempre tenía diligencias pendientes y fallaba con frecuencia en sus labores. Un día la esperé con resolución para enseñarle que los hombres se respetan, había pasado la noche en vela trazando la estrategia. Justo en el momento en que barría debajo de la cama la tomé por la cintura y me restregué con su cuerpo. Ella, sobreponiéndose a la sorpresa, se giró y me fulminó con la mirada de la primera vez. Cuando avanzó hacia a mí, arrinconándome, me abofeteó su olor, era distinto, había cambiado. Lolita, mi Lolita, olía a aceitunas.   

A los pocos días, terminó completando las faltas causantes de despido irrevocable en la etiqueta doméstica de mi madre: ahumó tres veces el arroz, dejó abombar el trapero y metió la “cuchara” en asuntos que no eran de su incumbencia. Al regresar del colegio no la encontré, no hubo despedida, creo que fue lo mejor.

Pero, Lolita, no fue mi único amor. Ninfa llegó poco después. Al salir del colegio nos entreteníamos esperando a las muchachas que salían del claustro de las monjas. Desfilaba lo más lindo de toda la comarca; el ritual era inventariar cuántos “aguaceros” les hacía falta para que sus caderas y sus pechos se ensancharan con el desarrollo, brotando cadenciocidades, reflejando en los espejos de nuestros ojos ese hálito de impulso y desenfreno para la coquetería. En descifrar esos códigos, solo el nordeste nos recordaba que no habíamos almorzado, contando los pasos bajo el sol de Penisla y cargando el maletín del pétalo de nuestros desvelos.

Con Ninfa no hubo intermediarios. Menor que yo, pero con más mundo, se impuso en mi vida. Unos amores intensos, de todos los días; mudada en mi casa, metida en mis sabanas. A los 15 años, no era virgen. Cuando conocí su historia, justifiqué que no se hubiera reservado para mí, obligándome a comprenderla, consintiendo sus dolores pasados con la enjundia del amante resarcidor. Las tareas escolares, los mandados de la casa, los compromisos de familia, se redujeron al goce de las horas juntos. Por un tiempo su frescura me produjo una especie de anosmia que, por momentos, me hacía creer que había sido castrado para oler.

¡Ay, los amigos! Los verdaderos amigos, a veces hacen o dicen cosas que nos duelen, tiempo después entendemos que la verdad también produce escozor. Lo que me dijo uno de ellos con la franqueza de aquél que se toca con la suerte del otro, me indignó hasta los tuétanos. Llevaba días advirtiéndome, mientras yo lo evadía de todas las formas posibles, hasta que me arrinconó en privado, escupiéndome una palabra en la cara, que me desfloró el alma:

—¡Cabrón! –dijo.

Dejé de hablarle, dando la espalda a años de cofradía mientras trataba de recomponer mi orgullo herido. Pero la cizaña empezó a crecer y se fueron destapando mis sentidos. Empecé a espiar a Ninfa buscándole caídas, hasta que logré armar un rompecabezas con detalles que había pasado por alto en ese estado cataléptico de los amores nuevos que cesaron el día que la encaré con una retahíla influida por la rabia. La tomé de sorpresa desbaratando sus defensas y no dando lugar a que se escabullera en la mentira. De sus ojos empezaron a brotar lágrimas que en vez de enternecerme, me sacudieron con un olor familiar tan profundo como los sahumerios con que mi madre, cada semana santa, ungía los rincones de la casa. Otra vez los efluvios de la aceituna como un aliento ponzoñoso, desilusionador, envenenador de la especie de estado de gracia que me había anulado de otras realidades posibles.      

Este episodio de dolor de entrañas, me convenció de que la antípoda del amor no es el desamor ni la malquerencia. Mientras mi Ninfa se alimentaba de traición, el olor de su aceituna, ese que me asustó de niño, terminó enfermándome de lujuria. Blindado anduve por la vida disfrutando amores furtivos sin que ninguno calara. Rehuía de las intensidades, de los hábitos bobos, de los detalles; me volví agreste.

La muerte de mi padre fue mi cura.  El concepto médico indicaba que a mi “viejo”, el corazón se le había agrandado. Su carácter hizo crítica su tensión arterial. También se había producido un mal funcionamiento de sus válvulas. El razonamiento de mi madre fue otro:

 A tu padre lo mataron las brujas a punta de jugo de naranja, mezclado con aceituna.  

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (6 votos, promedio: 4,67 de 5)
Cargando...

Angel Alberto Roys Mejía

Periodista, docente y escritor (La Guajira, Colombia. 1970) Periodista, docente y escritor, egresado del Programa de Comunicación Social de la Universidad Autónoma del Caribe, especialista en Gestión Pública de la ESAP. Gestor e investigador cultural. Ha sido Gerente del Fondo Mixto para la promoción de la Cultura y las

2 comentarios en «Olor de aceituna»

Responder a Angel Roys Mejía Cancelar respuesta