LAS PENAS CON PAN SON MENOS

Yedenira Cid Zamora

Corría la segunda mitad del año 1990, recién iniciaba mis estudios de nivel superior en la Facultad de Turismo. Una de las asignaturas llevadas en ese primer semestre era Antropología; el Maestro, Antropólogo de profesión dotado de muchos conocimientos en esta disciplina se ganó nuestro respeto, admiración y cariño como lo hizo con el resto de la comunidad estudiantil y la plantilla de profesores.

Unos veinte días antes de los festivos 1 y 2 de Noviembre, el docente nos dijo que como parte del programa y de nuestra calificación deberíamos cumplir con la puesta de ofrendas en el Día de Muertos destinadas a un famoso personaje de la Historia, dispuestas en diferentes puntos estratégicos de la ciudad por la afluencia de visitantes. Para ello nos explicó el origen de tan importante celebración en nuestro país: México. Tradición mestiza que forma parte de nuestra cultura donde se fusionan elementos prehispánicos y cristianos.

Los antiguos habitantes de la Mesoamérica, considerados unos bárbaros por los españoles, solían en el Tzompantli colocar los cráneos de los prisioneros de guerra, sacrificados para honrar a sus deidades, principalmente al Dios Huitzilopochtli. También lo referente al corazón fresco y sangrante aún de las doncellas elegidas para honrarlos y que era sumergido en una preparación hecha a base de amaranto, tiñéndose de escarlata, entonces los sacerdotes y el emperador se preparaban para comerlo. Este ritual con el tiempo fue sustituido por los españoles, creando las tradicionales calaveritas de alfeñique hechas con azúcar, agua y jugo de limón, decorándolas y haciéndolas llamativas por su multicolor, resultado de la mezcla de esta pasta dulce y tinturas de origen vegetal. Lo mismo pasó con el ritual de los corazones sangrantes, pues, con harina de trigo, agua, levadura, azúcar con tintura roja y azahar fue creado el ahora famoso “pan de muerto”, el círculo que se encuentra en la parte superior del mismo es el cráneo, las canillas son los huesos y el sabor a azahar es por el recuerdo de los difuntos.

El altar debe contar con diversos elementos; explicaba además, que, con los pétalos de la flor de cempasúchil (del náhuatl cempaxóchit) se hace un gran camino para guiar con el aroma y color a nuestros ya ausentes seres amados; las veladoras sirven para iluminar su camino; el copal y la cruz de ceniza para ahuyentar a los espíritus indeseados; el vaso con agua para mitigar su sed; el petate para descansar; su comida y bebidas preferidas por ellos, como el mole (verde o rojo), arroz, pozole, tacos dorados, tamales, tequila, mezcal, ron, brandy, pulque, café y hasta una taza de un buen, espumoso y rico chocolate; cigarros si fumaba; su retrato para que no se confunda de casa; las típicas calaveras de azúcar y chocolate con su nombre en la frente; el jamoncillo de pepita de calabaza o de piñón, el turrón, los chongos zamoranos, los dulces de leche, las figuritas de azúcar, el dulce de calabaza; fruta de la temporada como la naranja, la mandarina, los tejocotes, la guayaba y la caña de azúcar; chayotes con espinas, camotes y guacamotes cocidos y suavecitos, rematando con el tradicional pan de muerto; todo ello dispuesto en un altar con varios niveles que representan los distintos cielos y decorado con papel de china picado y de colores llamativos, especialmente el naranja, amarillo, blanco, morado y negro; cuidando de no olvidar ningún detalle, nuestros invitados se darán un festín degustando de la fiesta preparada para ellos, pues son los dos únicos días del año que les es permitido bajar a visitarnos.

Después de esta gran y detallada explicación, el Maestro nos encomendó la formación de equipos de trabajo para llevar a cabo tan relevante actividad. Todos estábamos vueltos locos, porque recién nos conocíamos, no sabíamos ni quién con quién, había muchas cosas que comprar y preparar y la fecha cada vez estaba más próxima.

Y bueno, después de tremenda trifulca pudimos por fin organizarnos, a nosotros nos tocó montar la ofrenda en la Ex Concha Acústica ubicada en Los Portales, punto importante de reunión para los toluqueños, pues allí mismo, en esas fechas se lleva a cabo la popular Feria del Alfeñique. Con todo listo, se acordó que se hicieran guardias de tres horas por parejas, con el afán de custodiar la ofrenda y proporcionar información explicando el origen y significado de cada elemento que la conforma a la gente que tuviera inquietud por saber más de esta importante tradición.

Para entonces, mi amiga Natalia había caído rendida ante la propuesta hecha por Adrián de ser su novia y ¿cómo no? Si era popular entre las mujeres de la escuela, alto y atractivo, jugador de fútbol soccer en el equipo Potros Salvajes de la Universidad en la que estudiábamos, por lo que no era una perita en dulce, de inmediato se le notaba que era “ojo alegre” de nacimiento. Ella pareció no ver todos esos detallitos; con el tiempo descubrió que se ponía celosa causándole enojo cada vez que lo veía junto a Verónica, compañera nuestra, convirtiéndose en una piedra en su zapato, no la soportaba.

Como era de esperarse Natalia pidió que su guardia la hiciera con Adrián. Ella y yo vivíamos a unas cuadras y unas horas antes de su turno llamó por teléfono a mi casa solicitándome que la acompañara a donde estaba la exposición montada hasta que su novio arribara. Grande fue nuestra sorpresa verlo cuando llegamos, muy acaramelado con Verónica, acorralándola con sus brazos en una de las columnas de Los Portales, detrás de la ofrenda. Nos acercamos con sigilo para ver con más detalle lo que estaban haciendo; de pronto, mi amiga convertida en un torbellino de furia incontenible decidió salir del anonimato y, de un salto como si hubiera visto al mismísimo demonio él se separó de su acompañante casi aventándola. Ellos quedaron atónitos por segundos, nosotros ya lo estábamos. Al novio, con los ojos fuera de sus órbitas, la mandíbula desencajada y su rostro visiblemente pálido, solo se le ocurrió decir:

— ¡No es lo que estás pensando, la culpa la tiene ella que siempre me ha buscado! —ya saben, el mismo cuento de siempre dicho por los infieles tantas veces.

Verónica, indignada también por lo que acababa de escuchar se fue dejando al galán confundido y como perro con la cola entre las patas. Adrián ya no sabía si esconder la cabeza como los avestruces o desear mejor que la tierra lo tragara. El coraje hizo que Natalia tomara una postura determinante pidiéndole que se fuera a donde nunca nadie lo había mandado: A la chingada. Mucha gente que estaba por allí domingueando se dio cuenta de la escenita, cuando hubo terminado muchos se hicieron los desentendidos y otros se acercaron al altar circundado por sogas.

Por unos minutos me distraje ofreciendo información a una familia que me lo requirió, aunque el verdadero interés de ellos era indagar más sobre el chisme. Cuando quise saber dónde estaba mi amiga, la vi escondida debajo de la gran mesa que contenía la ofrenda y que utilizábamos también como almacén para guardar nuestras mochilas y cajas, comiendo una de las hojaldras (pan de muerto) remojada por sus dolorosas lágrimas y acompañándola con una de las tazas de chocolate, dizque para ver si le devolvía la alegría y el pan aminoraba su pena.

Un semestre después me di de baja de la carrera, consideré que no era lo que quería, no obstante, nunca perdí contacto con Natalia; supimos que Adrián no se fue a la chingada sino que se casó, no con Verónica, sino con otra porque metió las cuatro y pronto tendrían una “bendición”. Natalia y Verónica se convirtieron en mejores amigas hasta que esta murió hace unos años por causa del cáncer que la invadió.

Natalia aún lamenta la ausencia de su cómplice de muchas aventuras estudiantiles y cada año, como es tradición en estas fechas, parte de la ofrenda que coloca en su hogar es dedicada en memoria de ella, contentándose con comer un buen trozo de pan de muerto y una taza de rico y espumoso chocolate caliente, pues dicen que, las penas con pan son menos.

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6 comentarios en «Las penas con pan son menos»

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