EL ENTIERRO DEL DIABLO DEL CARNAVAL

Sergio Daniel González

(Ser Jatun Inti)

Eran cerca de las dos y media de la mañana, estaba lloviznando y hacía frío, por fin podía dormir tranquilo, la música de las peñas y la de los bailes carnavaleros habían terminado ya casi hace una semana. Humahuaca estaba tranquila. De repente los fuertes golpes en la puerta de mi casa me despertaron sobresaltado, encendí el velador de mi mesa de luz, yo estaba en un sueño profundo y tuve que levantarme a atender, me imaginé muchas cosas. Mientras caminaba y me acercaba a la puerta que no dejaba sonar, pregunté tomando fuerzas y valentía antes de abrir:

—¿Quién es?

En ese instante dejaron de tocar y por un largo rato un silencio profundo casi impide que atienda. Tomé el picaporte lo giré y allí en la oscuridad de la calle fría y mojada estaba con cara de asustado casi pálido mi primo Silverio.

— ¿Qué haces a esta hora? Fue lo primero que le pregunté.

— ¿Pasó algo? ¿Estás bien?

Él con los ojos casi llorando me dijo:

—No puedo dormir siento que me voy a otro mundo. Me abrazó y pidió que lo ayudara.

No entendía nada hasta ese momento. Luego, haciendo memoria, casi como flashes intermitentes, recodé lo que un amigo me dijo aquel último domingo de carnaval cuando nos íbamos pal cerro llorando con nuestros trajes de Diablo, en la oscuridad, ya casi llegando al mojón. Los licores de la fusilada de la última invitación casi no me dejaron recordar con atención aquel breve dialogo entre Diablos.

—Lo han metido preso al Silverio al salir del baile, se lo han llevado así nomás vestido de Diablo.

—¡No puede ser! hoy lo tendrán que soltar hay que enterrar —respondí y seguí mi camino gritando y llorando, arrastrando mi sarta de ofrendas para la Pachamama.

Ahora él (Silverio) estaba en frente mío, ya no estaba preso. No me había percatado, luego de la fiesta carnavalera, de su situación con la policía. El recuerdo fugaz, el abrazo fuerte casi temblando, el rostro pálido y asustado de mi primo me hizo entender su presencia desesperada en esa noche de frío y de lluvia en la tranquilidad de una noche de Pueblo luego de varios días del Carnaval.

Lo invite a pasar, nos sentamos en la mesa del comedor y me contó el problema y la imposibilidad que tuvo para poder ir a enterrar el carnaval…

—El Comisario se enteró que estoy enamorando a su hija, alguien me delató. La noche del sábado fuimos al Baile de los Solteros y al salir, luego de acompañarla a su casa, me quedé dormido, muy cansado, en el banco de la plaza del Pueblo, Sentí que me empujaban de los hombros y al despertar miré el piso, estaba rodeado de botas —contaba Silvero en voz baja.

Lo escuchaba atento y miraba sorprendido, allí durante su relato, empecé a analizar lo difícil de la situación por la que atravesaba mi primo. Lo habían llevado preso justo al amanecer del día domingo, sin importarles a los policías su condición de “Diablo” y menos considerando que ese día (domingo) él debía recoger las ofrendas por las calles del pueblo en su sarta y llevarlas al entierro del carnaval para su Pachamama. Todos saben de esta tradición cultural, incluso los policías y en especial el Comisario, gran carnavalero y mujeriego en sus años de juventud.

Silverio me siguió relatando lo sucedido  y de su desesperación en ese día por querer despedir al carnaval y sobre todo al Diablo que lo poseyó en los días de fiesta.

—Recién el martes a la noche me soltaron, envolví mi traje de Diablo como pude y llegué a mi casa, mis tíos creyeron que, pasado de fiesta, nadie les había comunicado que estaba detenido. No tenía ni hambre solo quería dormir en mi cama.

—Si, te entiendo —le dije y él prosiguió:

—Me fui a descansar a mi pieza, me acosté, sentía un dolor extraño en mi pecho, intenté dormir…

Dijo esas palabras y se quedó mudo y de repente empezó a llorar como un niño. Entendí perfectamente lo que le estaba pasando, pero quería saber más y con detalles.

—Tranquilo, tranquilo, cuéntame —le dije y puse mi mano sobre su hombro.

Silverio siguió relatándome su angustia mientras se secaba las lágrimas:

—Desde esa noche no pude dormir tranquilo, tengo pesadillas, sueños raros, siento ruidos de cascabeles y gritos en la ventana de mi pieza, siento que alguien duerme a mi lado, cuando estoy en las calles alguien con voz de mujer me llama giro a buscar para saber quién es y nada… mi perro me ladra, me desconoce, siento que no voy a aguantar mucho más…

Me contaba con suspiros y con una voz pausada. Habían pasado cinco días y él no había podido dormir y cada día era peor su apetito prácticamente había desaparecido, su rostro no era el mismo, las ojeras y la deshidratación lo habían casi transformado en otra persona.

Me miró fijo a los ojos y tomó mi mano, sentí sus dedos fríos y huesudos y casi adiviné lo que me iba a pedir:

—Sergio quiero que me ayudes a enterrar el Diablo que llevo desde el carnaval, hablé con los tíos y si no hago el ritual del entierro me iré de este mundo, me condenaré… queda poco tiempo.

Eran ya las 4:30 de la madrugada. La preocupación por esta situación empezó a también a invadirme, no podía quedarme de brazos cruzados, debía ayudarlo, soy Diablo del Carnaval y también puedo llegar a tener problemas parecidos.

Recordé que muy cerca de mi casa vive un Curandero muy reconocido, se lo conoce en el pueblo como Don Samuel y atiende a mucha gente con problemas de los más diversos, cada vez que paso por su casa hay mucha gente esperándolo. Su casa está muy cerca de la vieja Estación de Trenes y atiende desde muy temprano. Se me ocurrió ir con Silverio a consultarlo hoy mismo al amanecer y que nos de alguna solución urgente y pueda así mi primo recuperar su vitalidad y poder estar tranquilo. Silverio estuvo de acuerdo.

Preparé un café y Silverio siguió con los relatos, charlamos del carnaval y de varias historias, algunas que terminaron de manera trágica y otras con finales felices. Mientras charlamos esperábamos que el tiempo pase.

Lego del café me vestí y salimos a las 5:45 de casa, caminamos unas tres cuadras y llegamos a lo de Don Samuel ya había gente haciendo fila. Esperamos impacientes y a las seis en punto se abrió la pequeña puerta de la casa del Curandero Don Samuel. Saludó a todos y pasaron los dos primeros, una pareja mayor de edad, aparentemente gente que vino desde muy lejos, estuvieron aproximadamente media hora, salieron muy agradecidos y la señora lo abrazaba.

Luego, Don Samuel, de unos 80 años de edad, de estatura baja, cabellera canosa y de una mirada profunda, nos invitó a pasar, entramos a una habitación pequeña casi oscura, una mesa redonda en el medio cubierta por un aguayo antiguo, un aroma a incensio nos envolvía, había contra una de las paredes muchas imágenes de Santos, también había piedras y otros objetos cubiertos con mantas, botellas de agua, un candelabro con muchas velas encendidas y una caja con tierra y hojas de coca diseminadas, lo que más me sorprendió fue que en una vitrina central se encontraba una calavera iluminada con unas velas muy grandes, un humo tenue sahumaba a todos en la habitación desde un diminuto bracero.

Le quisimos contar el problema y nos hizo un gesto de silencio, tomó un aguayo, roció alcohol y pidió que pongamos dinero a nuestra voluntad por debajo, tiró las hojas de coca sobre el aguayo y luego indicando un su dedo índice interpretó el problema:

—Alguien de ustedes dos se está por ir a otro mundo, veo aquí en las hojas de coca un retraso, la tierra lo llama, no ha cumplido con una promesa. Claro está. Miren aquí —Dijo el curandero mientras indicaba algunas hojas de coca.

Silverio quedó paralizado, y empezó a contarle lo sucedido, Don Samuel asentía con la cabeza y hacía unos gestos para nada positivos.

—Con mayor razón tienes que ir al lugar del entierro, llevar tus ofrendas y debes hacer todo lo que hacen los Diablos al enterrar el carnaval, lleva agua bendita, alcohol, vino y cerveza, busca compañeros que te ayuden y colaboren así será mucho mejor, debes ir cantando y llorando tal como lo hubiese hecho en el carnaval, despídete de todos cuantos cruces en tu camino, tu Diablo debe descansar.

—Así lo haré don Samuel, Gracias.

—Hay que perdonarse inmediatamente esta noche prepara todas tus cosas te pones el traje, bailas por las calles y justo a las doce de la noche te despides del carnaval y entierras al Diablo, yo desde aquí hare un pago es importante salvar tu alma, luego hablaremos de costos. Me visitas nuevamente en dos días.

Salimos muy esperanzados, había que ponerse de acuerdo para conseguir todas las cosas para el ritual del entierro. Yo colaboraría con flores y vegetales para la Sarta, también buscaría el agua bendita.

Quedamos en vernos nuevamente por la tarde ya cuando el sol esta por perderse. El lugar sería debajo el puente grande del pueblo desde allí iniciaría Silverio el camino de la despedida.

Le pedí a mi Padre que me trajera de la banda donde está la finca de nuestros abuelos flores, choclos, papas, zanahorias, membrillos, algunas manzanas y peras, le conté brevemente el motivo. Luego del medio día ya tenía todo lo solicitado, arme con un alambre largo una Sarta y puse allí ordenadamente lo que mi padre trajo, quedó casi completa, con las flores, de las más diversas variedades, dalias, margaritas, cogotes de pavo, claveles, gladiolos, boca de conejo, malviscos y rosas, armé una maravillosa corona multicolor que llevaría en su cuello Silverio, el Diablo. Me fui a la iglesia del pueblo y desde un aljibe saqué el agua bendita, llené dos botellas. Ya tenía todo lo que me había comprometido. Compré también para esta ocasión, en el Almacén de don Rosario, por si acaso unos sahumerios, cigarrillos, fósforos de cera, una cajita de vino blanco Talacasto, vino tinto, una botella de cerveza y una de pechito colorado San Iginio de medio litro, las hojas de coca no podían faltar. Con un tarro de leche armé un sahumador. Un amigo en común, Arseño, también Diablo, nos acompañaría, él fue quién me conto, aquel domingo de entierro, que a mi primo lo habían detenido, cuando le conté lo que estaba pasando se puso a disposición, él también se reuniría con nosotros bajo el Puente del Río Grande.

La tarde pasó volando, se nublo y corría viento, al fondo en los cerros se veían los relámpagos:

—Ojalá que no llueva, solo eso Pachita —lo dije casi suplicando.

Ya eran las 19:20 minutos tomé todas las cosas, la Sarta, la corona y en mi morral cargué las demás cosas, el sahumador colgaba también desde mis hombros. Como un Equeko me fui por la playa bordeando la defensa del río, no quería llamar la atención, por suerte a esa hora no había mucha gente en la calle y menos por la costanera, la oscuridad creciente del ocaso me ayudaría a pasar casi desapercibido. Los nervios, cada vez más, me transportaban a una situación casi fantástica, mientras caminaba por la playa sentía que mis pies flotaban, el peso de las cosas prácticamente no las sentía, avanzaba a paso apresurado tratando de llegar puntualmente pero el camino se hacía interminable.

Llegué a los kioscos que están a los costados del puente, seguí caminando y por un sendero baje hacia la playa, la noche cubrió el pueblo, ya debajo del puente busque a Silverio, no había llegado, estaba absolutamente solo, me senté en una piedra apoyado en una columna a esperar que lleguen mis amigos, el sonido del agua del río me acompañaba, empecé a tener miedo en esa soledad. Pasaron diez minutos y no llegaba nadie, empecé a pensar muchas cosas… para distraerme busqué restos de raíces secas, algunos pedazos de ramas que el río arrastra y encendí con ello una pequeña fogata, las brasas servirían para el sahumador. Y la luz del fuego haría menos tétrica mi espera en soledad debajo del puente.

La oscuridad de la noche se mezcló con el humo espeso de la fogata, el fuego se resistía a encenderse completamente. De repente, mientras, de cuclillas, soplaba el fuego, entre el blanco humo y la oscuridad emergió la silueta de un hombre bajo con sombrero grande, cargaba un gran qepi en su espalda a medida que se acercaba lentamente y jadeando yo tomé una piedra con mi mano derecha y me hice el distraído. El humo no me dejaba ver bien, mis ojos estaban irritados, levante mi brazo y le apunte a la cara, cuando estaba a punto de lanzar la piedra el hombre se sacó el sombrero… y pude ver su rostro: ¡Era Arseño

—¡Casi te rompo la cabeza, pensé por un momento que eras un duende, un condenado no se… me cagué de miedo! ¡Habla al acercarte!

Arseño se rió y me dijo entre carcajadas.

—Como voy a ser un duende!! Jajaja… el humo se ve desde lejos imaginé que ya estaban saliendo a enterrar y me vine corriendo.¿Dónde está Silverio?

—No ha llegado y ya pasó mucho tiempo, temo que le haya pasado algo.

—Si no viene tendremos que ir a buscarlo.

Arseño me ayudó a encender la fogata, en un instante el humo se había dispersado y la luz del fuego iluminaba perfectamente el rincón donde estábamos. En el qepi Arseño había traído más verduras, también sahumerios, papel picado, serpentina y bebidas, no faltaba nada, teníamos todo o casi todo…

Habían pasado ya más de media hora desde mi llegada y Silverio no daba señales, eso nos preocupaba.

Decidimos ir preparando y ordenando todas las cosas para el entierro completamos la sarta con las verduras de Arseño, separamos los sahumerios, también las bebidas para la pacha y para nosotros. El sahumador estaba listo con las brasas candentes, le pusimos ramas de coa, incensio, y unos misterios. Empezamos a coquear y la incertidumbre por la ausencia de mi primo cada vez nos atrapaba más… destapamos una cerveza challamos y pedimos a la Pachamama por este entierro, nos convidamos y en un rato vaciamos la botella, ya había pasado una hora y Silverio no llegaba, no aguante me paré más y le dije desesperado:

—Arseño escúchame, voy a buscarlo! algo le debe haber pasado, ¡si no entierra se irá al otro mundo este chango!

—De acuerdo te espero aquí nomas —me respondió asustado mientras destapaba otra botella.

Me fui por un sendero lleno de cortaderas atravesando la oscuridad de la playa, debía encontrar a Silverio, salte la defensa del río, seguí el camino, mientras corría apresuradamente tropecé, volé y caí casi de cara, me levante apenas, me sacudí la tierra y seguí, la cerveza me estaba haciendo efecto o quizás eran los nervios.

La casa de Silverio estaba muy cerca, había que cruzar la avenida y luego ir por una calle oscura y angosta. Llegue casi transpirando no quería molestar a sus tíos, fui por la ventana de su pieza la única de la cuadra, la luz de su dormitorio estaba apagada, pensé que se había dormido, me acerque despacio, lo más que pude, intente escuchar algún ruido y nada, en voz baja tratando de no llamar la atención lo llamé.

—Hola, Silverio ¿estas allí? ¿Hola soy Sergio estás? Holaaa… holaaa.

Nada, no había ningún tipo de respuesta, opté por tocar la ventana, los primeros golpes fueron suaves, luego mi desesperación hizo que golpee con más intensidad, ya no me importaba si llamaba la atención. No había respuesta de ningún tipo, definitivamente Silverio no estaba allí, decidí regresar, estaba decepcionado casi melancólico con un nudo en la garganta y sobre todo con una gran impotencia, empecé a caminar de regreso hacia la avenida… de repente, sentí un ruido en la ventana giré inmediatamente, la luz ahora estaba encendida, me acerqué contento, al llegar se abrió la ventana, quería abrazar a Silverio y llevarlo inmediatamente al puente y antes de que me dé cuenta quien estaba allí, una voz desde adentro de la habitación se adelantó y me dijo:

—¡Hola chango! ¿qué haces aquí? ¿no estás con Silverio? Era su tío, no sabía que decirle en ese momento.

—¡Bue… buenas noches! —le dije casi tartamudeando y antes de responderle me dijo:

—Silverio salió hace una hora o más de aquí con todas sus cosas, contó que debía encontrarse con vos.

Quedé mudo, mi corazón empezó a latir cada vez más,

—Lo estamos esperando en el puente, pero aún no ha llegado, por eso vengo a buscarlo —con voz pausada el tío de Silverio, un señor ya de edad, tocándose la cabeza me dijo.

—Salió apresurado, no recuerdo bien… creo que antes mencionó que iba a visitar a una amiga.

—Si, talvez si, sí… sí… puede ser —allí, en ese mismo instante, mi alma volvió al cuerpo, con esa última palabra entendí todo. ¡Silverio estaba con su enamorada! Seguramente quería verla y contarle todo lo sucedido, ellos no se habían encontrado desde aquel baile del sábado.

Me despedí del tío, le dije que no se preocupe y salí otra vez corriendo hacia el puente, talvez Silverio ya había llegado, entiendo que el amor no tiene límites, yo había experimentado muchos amores así.

Cruce la avenida otra vez corriendo, el tiempo apremiaba, rogaba que Silverio esté en el puente con Arseño. Procuré no caerme, salte la defensa, corrí por entre las cortaderas y llegue bajo el Puente. Arseño estaba sentado ya con serpentina en el cuello y con un gran acusi de coca que casi deformaba su cara y seguía tomando cerveza.

—¡Arseño! ¿Llego Silverio? —dije casi gritando.

Escuche los ruidos de cascabeles busque entre la oscuridad y el humo el brillo de los espejos y allí apareció Silverio ya con su traje de Diablo. Había llegado unos minutos antes. Fui corriendo y lo abracé.

—Vamos hermano tenemos que enterrar, te fui a buscar.

—Disculpa me no aguante, debía ver a Gabriela la amo hermano, tengo miedo de no verla más. Fui a despedirme.

—No hables así che! ¡Todo saldrá bien!

Yo también estaba asustado y tenía miedo, esta situación me había atrapado, pero trataba de disimular y mostrarme valiente.

Eran ya las 21:45 de la noche, nos quedaba poco tiempo. Trate de apurarlos.

—Silvero ya tenemos todo, Arseño preparó las brasas y el sahumador, tenemos tu sarta y tu corona, las cosas para la Pachita están listas. Ponte la careta y las astas, dale vamos.

Silverio me miro por un instante fijamente a los ojos, se acercó y casi al oído me dijo.

—No tengo valor hermano no puedo bailar ni hablar como Diablo.

Recordé en ese momento las palabras del Curandero: “…debes ir cantando y llorando tal como lo hubiese hecho en el carnaval, despídete de todos cuantos cruces en tu camino, tu Diablo debe descansar…” “…prepara todas tus cosas te pones el traje, bailas por las calles…”

Silverio había entrado en una depresión, él creía que ya no volvería, sentía que esta noche era la última de su vida. Tome fuerzas, trate de ser lo más positivo posible lo abrace nuevamente y le alenté a enterrar al Diablo.

—Vamos Silverio tenemos que hacerlo, vamos a enterrar al Diablo y todo mejorará, ya verás, Don Samuel nos está ayudando.

Arseño sentado frente al fuego empezó a tararear la canción de la Comparsa, él ya estaba listo. Tomé del brazo a Silverio y le dije:

—Vamos nos sentemos con Arseño ¡sino este se va a acabar las bebidas!

Mientras nos sentábamos Arseño abrió dos cervezas más, con una mirada pícara y etílica, extendió su brazo y le ofreció un envase a Silverio.

—Sírvete Diablo despídete de este mundo y no te lleves a nadie.

Y la otra botella llegó a mi mano. Brindamos chocando los envases, challamos y empezamos a beber. Nos organizamos para el camino al entierro, Arseño iría adelante y yo por detrás, ambos procurando cuidarlo y tratando de no llamar mucho la atención. Era algo difícil pero ya a esa hora no circula mucha gente.

Otra vez brindamos y seguimos tomando, dándole aliento a Silverio. Arseño, ya alegre, nos alentaba a empatarlo, él nos llevaba la ventaja de un par de cervezas.

—Meta changos yo ya estoy listo para el entierro! ¡Salú! —dijo y nuevamente empezó a cantar con más fuerza la canción de la Comparsa:

—Que les parece señores, soy de la juventud alegre, ha llegado el carnaval, que viva nuestra comparsa…

—¡Meta carajo! —grité tratando de darle más entusiasmo a esta ceremonia para salvar a Silverio.

De a poco fuimos terminando las botellas de cerveza y seguimos con las cajitas de vino, ya cantábamos más fuerte, Silverio amaba a la comparsa y con el solo hecho de escuchar la canción se le olvidó el problema y con la “ayuda” de las cervezas y los vinos empezó a gritar como un verdadero Diablo sin temor y empezó a bailar alrededor dela fogata, se puso la careta y los cuernos, el sonido de los cascabeles acompañaban el ritmo de la danza y los espejos iluminaban los intersticios de las columnas del puente. Con Arseño nos abrazamos y empezamos a bailar y a seguir cantando ya en coro:

—Ahora no hay que sentarse, soy de la juventud alegre, todo es cantar y bailar, que viva nuestra comparsa…

De repente nos endiablamos entre el canto, el baile y el humo del sahumerio, Arseño se acercó al Diablo y le puso serpentina en todo el cuello y en los cuernos, luego adornó también el mío, hizo lo mismo con el papel picado y con el talco. Terminamos de beber haciendo seco, escondimos los envases y quemamos las cajas de vino.

Silverio había recuperado su ánimo, estaba totalmente diferente, empezó con los gritos de Diablo y con ese llanto particular de despedida, cargó la sarta de ofrendas en su hombro, le puse la corona de flores y el Diablo quedo completo. Ya estábamos listos, Arseño colocó las cosas para la Pachamama en su quepi de aguayo, yo tomé mi morral y el sahumador, puse más coa, incensio y misterios y empezamos lentamente a subir, cantando y llorando, por el sendero que nos llevaría a la superficie del puente, de allí nos quedaba subir por la calle Salta, cruzar la ruta nacional, en la periferia del pueblo, y llegar al mojón, para enterrar al Diablo y salvar la vida de Silverio.

El temor, el miedo, la vergüenza habían desaparecido, subimos por el mismo sendero angosto y pedregoso, dejamos atrás la pequeña fogata en la oscuridad bajo el puente. Arriba, Silverio empezó a danzar, iba en zigzag a lo ancho de calle, tomó su cola de Diablo y reboleó el corazón de piedra, sus gritos estremecían mis entrañas y el llanto diablo emocionaba hasta las lágrimas, el brillo de los espejos se reflejaba como luciérnagas en las paredes y el ruido agudo de los cientos de cascabeles alertaron a algunos perros que acompañaban desde lejos con sus aullidos. Arseño tarareaba la canción de la comparsa, yo agitaba el improvisado sahumador encendiendo las brasas y produciendo un humo aromático que nos cubría y hacia más misteriosa nuestra presencia a esa hora en las calles angostas de Humahuaca. Habíamos cruzado la avenida Belgrano sin ningún inconveniente, por suerte no había gente. Arseño caminaba por delante tratando de alertar si veía a alguien y yo por detrás, también procurando que nadie nos siga y menos si eran policías.

Cruzamos la calle Corrientes y la calle Jujuy sin problemas, Silverio empezó a llorar y decía con voz de Diablo encantado

—¡No quiero irme carnaval! ¡No… no! ¡Porque…! ¡Porqueeeé…!

Su voz retumbaba entre las paredes antiguas de las casas coloniales y yo lo apuraba desde unos metros atrás.

—Vamos Diablo ya falta poco, vamos…

Silverio se abrazó a un poste en la esquina de la calle Santa Fe, las palomas que moraban en el farol salieron volando. Pensé que le había pasado algo, me acerque inmediatamente deje el sahumador en el umbral de una puerta y le dije:

—Vamos Diablo! ¡Vamos! ¿Estás bien?

Silverio ya completamente transformado en Diablo me miró, me abrazo y llorando me dijo

—No quiero ir hermano! ¡No quiero ir!

Lo alenté nuevamente procurando no decir su nombre y siguió su camino entre las piedras de la calle bailando en zig zag. Entendí que tenía ese miedo de no regresar. No veía a Arseño se había adelantado demasiado, cruce apresurado a Silverio que cargaba su corona de flores y su sarta, llegué a la pequeña plazoleta de la calle Salta, un lugar casi oscuro apenas si alumbra algún farol, busque a Arseño y de repente lo vi hablando con una pareja de jóvenes novios, la chica se abrazaba desesperada al muchacho cubriendo su rostro y este tenía su cara pálida, y los ojos más que abiertos, me acerque para tranquilizarlos antes de que llegue el Diablo a saludarlos para despedirse

—Chicos, tranquilos no se asusten, nuestro amigo el Diablo está yéndose a enterrar…

El muchacho no decía una palabra y la joven mujer no nos quería ni mirar.

Silverio seguía danzando entre el brillo de sus espejos, de repente se paró, nos vio y se vino directo, con los brazos abiertos, al rincón junto a la réplica del cañón que hay en la plaza, y cuando intentó abrazar a la pareja de novios, el muchacho salió corriendo por las escalinatas que conducen al cementerio y la joven mujer nos empujó y se fue corriendo sin mirar hacia abajo por la misma calle.

No podíamos, detenernos y buscarlos, seguramente se llevaron el susto de sus vidas, nosotros debíamos seguir y enterrar el Diablo del Carnaval y salvar a Silverio. Nos abrazamos los tres y casi tambaleando en una danza subimos la cuesta de la calle Salta, ya faltaba poco.

Este tramo era de tierra y apenas unas cuantas farolas la iluminaban. Se veían al fondo, en el cerro negro, los relámpagos de la tormenta que no se animaba a arruinar la despedida. Subimos cantando al unísono

—Un diablo se cayó al pozo, soy de la juventud alegre, otro diablo lo saco, qué viva nuestra comparsa…

En la danza unida por nuestros abrazos, nos agachábamos y corríamos al compás de la copla, luego erguíamos nuestros cuerpos y mirábamos el cielo oscuro. Subimos así endiablados los tres. En la antepenúltima esquina, en la calle EEUU, bajo la luz amarillenta e intermitente de un farol una silueta de una anciana con una bolsa en su mano derecha nos esperaba, en ese momento creí ver una ilusión estaba completamente asustado creí que era mi imaginación. Dejamos de bailar, yo empecé a caminar muy lento, Arseño hizo lo mismo y nos miramos, quedamos mudo, paralizados, no entendíamos la presencia de una anciana vestida casi por completo de negro parada en una esquina sin temor y mirándonos. Silverio calmó su danza y empezó a llorar de una manera muy diferente y sin temor alguno se fue acercando despacio hacia aquella mamacha de trenzas blancas como entalcadas y con sombrero elegante adornado de flores y estrellas de plata. Mientras nosotros casi inmutados contemplábamos aquel encuentro del Diablo y la abuela. En ese momento tuve ganas de salir corriendo, pero la escena me contuvo, la abuela extendió sus brazos y encanto al diablo, que, como un niño, también la abrazó y lloró en su pecho, ella le acarició la cara con sus manos tiernas y arrugadas y puso con mucha paciencia en la sarta la bolsa llena de flores. El Diablo quedo más triste, la dejó y se acercó hasta donde estábamos nosotros y con una voz de llanto nos dijo:

—Hay que seguir… ya me despedí de mi Mama Grande.

Cuando regresamos nuestra vista hacia aquella misteriosa anciana ya no estaba, había desaparecido mágicamente. Quedé atónito.

Entonces el diablo nos empujó y rompió nuestro estado de hipnosis temporaria, tambaleamos unos pasos hacia atrás, Arseño y yo no salíamos del asombro de la aparición de la abuela y de la entrega de la ofrenda. Ahora era Silverio el que nos alentaba a seguirlo. Me abracé a mis amigos y seguimos el camino cantando las coplas de la Juventud Alegre, de rato en rato miraba hacia atrás buscando en la luz intermitente del farol la silueta misteriosa. No había nada.

—Vamos carajo! no se me queden hay que llegar al mojón —dijo Silverio y nos abrazó más fuerte.

Llegamos abrazados casi al final de la calle, allí en la última esquina, en el último farol, acomodamos la sarta, la corona de Silverio, el quepi de Arseño y yo nuevamente agité el sahumador, las brasas casi se habían apagado y ya no humeaba, me arrodillé y puse un sahumerio completo, hojas de coca y más incienso. Un viento frío empezó a correr, levantó una polvareda que se enredó entre nosotros y luego se perdió entre los churquis. Ya estábamos listos, un callejón totalmente oscuro nos esperaba, ya no había casas por allí, solo churquis y algunas ruinas de antiguas pircas. Por ese callejón, los diablos llegaban a la ruta 9 y de allí unos doscientos metros más hacia el cerro se llegaba al mojón de los diablos. Arseño sacó de su quepi dos petacas de coñac, una se la dió al Diablo y la otra la compartimos ambos.

—Es nuestra última challadita antes de llegar al mojón, salú —dijo Arseño mientras encendió una linterna que apenas alumbraba.

Le di un buen trago a ese coñac, estaba muy emocionado ya casi habíamos llegado al final. Ojalá todo este ritual sirva para salvar la vida de mi primo. Silverio luego de challar y agradecernos por haberlo acompañado tomo un buen trago de coñac que se derramo por sus labios y su cuello, luego se limpió la boca con la manga de su traje y pego un grito de diablo levantado los brazos al cielo.

—¡Ayyy ayyyy ayyyyyy….! ¡Me duele mi dolor!

Arseño fue el primero en introducirse en la oscuridad del callejón, su linterna apenas si alumbraba un metro hacia adelante. Silverio le siguió por detrás con sus llantos de cada vez más fuertes, yo procurando no quedarme apuraba mis pasos dejando una estela de humo de sahumerio por detrás.

Sentíamos en el ripio cada uno de nuestros pasos al caminar, los cascabeles acompañaban y el viento nos empujaba. Como siempre Arseño se había adelantado demasiado solo veíamos hacia adelante en la oscuridad la pequeña luz de su linterna. Apuramos nuestros pasos casi al trote, a medida que nos acercábamos a nuestro amigo entendimos la razón de su apresurado adelanto, la luz de su linterna alumbraba los rostros de tres personas sentadas muy juntas. Eran tres muchachos totalmente ebrios, aparentemente del barrio, que escondidos en la oscuridad de ese callejón se hacían compañía y compartían además de charlas algunos vinos. Encandilados y sorprendidos, con sus ojos desorbitados, no entendían nuestra presencia. Silverio se acercó y con la voz de diablo les dijo:

—Gracias muchachos por este carnaval ¡Ya me voy! ¡Me voy yendo pal el año he de volver!

Esperaba que salgan corriendo, pero no, fue todo lo contrario se pararon y abrazaron al Diablo y le agradecieron la alegría del carnaval, Arseño canto y los muchachos empezaron a bailar alrededor del Diablo, en un momento estábamos abrazados todos y seguíamos con las coplas. Me preocupaba el tiempo pronto serían las doce de la noche y debíamos despachar al Diablo y salvar a Silverio. Salí de la rueda abracé a Silverio y le dije:

—Vamos hermano ya casi es hora.

Silverio les dejó su petaca de coñac, abrazo a cada uno con mucho cariño y se despidió y los changos se quedaron allí bailando y supongo sorprendidos por nuestra presencia.

Seguimos por el callejón oscuro, el viento nos acompañaba y empezaron a caer unas gotas, cruzamos la ruta, no había absolutamente nadie, desde ese lugar se veían hacia atrás las luces pequeñas de todo el pueblo. Silverio caminaba junto a Arseño, lo abrazaba y se sostenía para no caer, yo iba por detrás y los contemplaba, la luz de la linterna de Arseño ya casi no alumbraba. Habíamos empezado a caminar por el sendero de los diablos, no faltaba nada, una alegría invadía mi corazón y yo estaba feliz por mi primo, muy pronto estaría mucho mejor, y descansaría tranquilo. Nos quedaban aproximadamente treinta minutos para la media noche, el viento y la llovizna se intensificaron, los aullidos de los perros nos acompañaron prácticamente en todo el recorrido. Mientras caminaba por ese sendero, me empezaron a temblar las piernas, sentí de repente una debilidad y un cansancio inusitado, Silverio y Arseño se tambaleaban y de repente cayeron al piso con todas sus cosas, intente acercarme a ayudarlos, estábamos a unos cien metros del mojón, la oscuridad dificultaba las maniobras para levantarlos del suelo, cuando ya nos estábamos incorporando caímos nuevamente los tres y quedamos por unos segundos tirados desparramados, pegados a la tierra, no entendía que nos pasaba, talvez haya sido nuestra intoxicación etílica, nuestra profunda emoción o algo totalmente misterioso muy difícil de explicar, una sensación de sentimientos mezclados, recuerdos, imágenes que se cruzan y mucha congoja. Entendí que habíamos entrado a un lugar sagrado donde centenares de diablos antiguos dejaron sus penas y alegrías, llevaba dos años siendo Diablo, pero no había experimentado esta sensación tan fuerte tan emotiva. De rodillas tome la capa de Silverio lo jalé y levante como pude, Arseño gateaba y buscaba su linterna, nos incorporamos como pudimos en la oscuridad, nos cercioramos de tener todo lo necesario para el entierro, tanteé la sarta de ofrendas y nuevamente se la puse en el hombro a Silverio, son sacudimos la tierra y sacamos las espinas de las pencas incrustadas en nuestras rodillas y manos, nos preparamos para el último y más importante ritual. Silverio dio el primer paso y en ese mismo instante, cuando ya estaba todo listo para el final de nuestra ceremonia, una luz blanca y brillante nos ilumino la cara, quedamos prácticamente ciegos, encandilados.

Mientras nos cubríamos el rostro de la luz que nos enceguecía una voz grabe retumbo en los cerros.

—¡Alto ahí!

Pensé en ese instante mil cosas, la manifestación física del Diablo hecho hombre, talvez nuestra última noche y no regresaríamos más… El reflejo de los espejos del traje de Silverio alumbraron por partes el rostro de un hombre alto y robusto, no distinguía en ese momento que era o quién era, el miedo me invadía, tomé aire trate de relajarme y miré con más agudeza dejando el miedo de lado… era un policía, si un policía, los botones y las insignias de su chaqueta brillaban, la gorra cubría su rostro, no podía identificar exactamente quien era ese hombre. En ese momento se me cayó el mundo y no sabía qué hacer, si ir y abalanzarme sobre él y descargar toda mi ira o explicarle pacientemente nuestra presencia en ese lugar… casi me descontrolo si no hubiese sido por la intervención de Arseño.

Inmediatamente luego del ¡Alto ahí! del policía, Arseño que era uno de esos chicos que no le gustaba tener problemas con nadie y se hacía amigo muy fácilmente de todos, con voz cálida y amistosa, justo a tiempo, dijo:

—Jefe, jefecito… Sr. Comisario, ¡Don Farfán! Ud. sabe bien de esto, no nos perjudique por favor. Tenemos que salvar a nuestro amigo.

Arseño lo había reconocido, Don Farfán fue Diablo de los Picaflores y en el pueblo todos lo sabían, fue unos de los mejores Diablos y el más recordado. Silverio se quedó parado enfrentándolo sin quitarle la mirada. El Comisario, más tranquilo, puso una mano sobre su hombro y le dijo:

—No tengo palabras… te pido disculpas, sé que actúe mal y quiero que sepas, que yo tampoco he podido estar en paz, me han pasado muchas cosas raras, no tengo apetito y me estoy enfermando …

Silverio guardo silencio pensé que no quería hablar y lego de una pausa dijo:

—Don Farfán Ud. sabe que no tengo rencor, quiero curarme y estar tranquilo. seguramente Ud. luego querrá hablar yo estoy dispuesto.

Me sorprendió la serenidad de mi primo, no era el momento de pelear ni de discutir estábamos en un lugar donde esas cosas deben dejarse de lado.

—Si, hay muchas cosas de las que debemos charlar, habrá mucho tiempo para eso. Ve con tus amigos ya queda poco tiempo, agradezco tu comprensión.

Le respondió el Comisario que se caracterizaba por ser una persona muy soberbia y orgullosa.

—Y yo agradezco sus palabras y su presencia, pediré a nuestra Pachamama por su salud. Con voz firme contesto Silverio.

—Perdone una consulta jefe ¿Como sabía Ud. que aquí estábamos? —le dijo Arseño con más confianza.

—Don Samuel me comentó de ustedes. y me pidió que los espere, él me dijo dónde encontrarlos. Me vine temprano a esperarlos necesito su ayuda mi salud empeora.

—¿Que podemos hacer por usted? —le dije serio y muy enojado. No se me iba la idea de que él era el culpable de esta situación.

—Yo fui Diablo y entiendo lo que hacen aquí. Le traje unas ofrendas a Silverio son algunas papas y choclos de mi rastrojo, en esta bolsa también hay cigarros, coca y alcohol para la Pachita. Mientras los esperaba yo me perdoné en el mojón ahora necesito estar bien —miró a Silverio una vez más y le dijo:

—Te pido sobre todo a vos Silverio que eres un buen Diablo, perdóname ante Pachamama, eso será suficiente.

En ese instante Silverio se sacó la máscara, se miraron fijamente y se dieron un gran abrazo. El comisario emocionando nos dijo a todos:

—Vayan ya es hora, yo cuidare que nadie se les acerque.

Silverio se puso nuevamente la máscara y sollozo entre suspiros endiablados nos fuimos por el sendero al encuentro con el mojón, con la Pachamama.

Por fin llegamos, Arseño descargo su quepi, tomó su linterna entre las cosas y la encendió, la luz tenue iluminaba el montículo de piedras del mojón, las sartas con sus ofrendas desparramadas alrededor cubrían la mayoría de las piedras, el aroma a talco y a albaca aún persistía en el lugar sagrado, el papel picado, la serpentina puesta hace una semana permanecían casi intactos, las ramas de los choclos formaban una gran pirámide sobre las piedras. Podía también observarse restos quemados de trajes de diablos, algunos cascabeles y espejos diseminados alrededor del mojón. En ese instante las imágenes de mis recuerdos me transportaban en el tiempo, por momentos no sabía si estaba en aquel preciso domingo de tentación, vi con asombro entre nuestras sombras, perdidas en la oscuridad, las imágenes de otros Diablos, arrodillados llorando con una mano en el pecho y otra en la tierra, sus lágrimas empapaban sus rostros y se mezclaban con la traspiración, eran creo yo, los espíritus de los Viejos Diablos, un escalo frío recorrió todo mi cuerpo, uno de ellos caminaba alrededor del mojón, no lloraba y no dejaba de mirarnos, no dije nada, disimule y me concentre como pude en preparar las brasas de mi sahumador.

Silverio llego y se lanzó de rodillas al suelo, se quitó la máscara y la capucha con los cuernos, lloraba desconsoladamente, sus suspiros eran profundos, no quitaba la mirada a ese montículo de piedras, en voz baja hablaba mirando las piedras, las acariciaba como si acariciaría el rostro de una madre, su cara estaba empapada de sudor y lágrimas como la de los espíritus, luego tomó un puñado de tierra y lo estrujó entre sus manos. Se saco la corona de flores y con mucha delicadeza la puso sobre el mojón, luego se quitó la sarta del hombro y la puso también junto a las demás ofrendas. Era ese un instante muy importante casi sublime.

Arseño se acercó, se puso de rodillas a su lado y le alcanzó el agua bendita para espantar a los malos espíritus, luego el alcohol para que se conviden esas viejas almas carnavaleras que ya no están en este mundo. Mientras yo sahumaba con coa, incensio, y misterios Silverio empezó a challar, pedía disculpas por no haber enterrado, nombró todos los lugares recorridos en los nueve días del carnaval, nombró a los presidentes de la Comparsa e hizo una mención muy especial para los Abuelos y Abuelas carnavaleras, luego challó la sarta de ofrendas en nombre de todos los que aportaron y pidió por cada uno de ellos,

—Pachita te pido por todos ellos … los que me enviaron a dejarte estas ofrendas, que nunca les falte nada, que tengan mucha abundancia, salud y felicidad.

El Diablo, es el mensajero de este mundo con el otro mundo profundo, llevará el mensaje de todos aquellos que le ofrecieron las ofrendarlas. Silverio cumplió, agradeció y pidió por ellos. Arseño había acomodado las bebidas una alado de la otra, vinos, cervezas, y las petacas de coñac.

De a poco el Diablo fue transmutándose en el runa de esta tierra, challó con mucha paciencia con cada una de las bebidas, al último tomó con las dos manos las hojas de coca, las acercó a su boca y exhaló su aliento tres veces cerrando los ojos y dejando las hojas de coca impregnadas de sus deseos más profundos y las ofrendó tirándolas en el mojón. Seguramente pidió por su tranquilidad, por sus tíos, por su enamorada y por el Comisario. Encendió dos cigarrillos con las brasas del sahumador y los puso en la tierra para que fume.

Mientras Silverio se despedía del mojón, Arseño y yo nos quitamos las serpentinas del cuello y nos sacudimos el papel picado y el talco de nuestras ropas y de nuestras cabezas, debíamos quedar lo más limpios posible. Un simbolismo de dejar todo el carnaval allí, y con ello también las cosas malas.

Habíamos cumplido, sentí un gran alivio y tenía toda le esperanza y la fe de que mi primo se salvaría. Silverio nos miró y pidió ayuda para retirar su traje

—Arseño ayúdame por favor, quítame la capa y la falda.

Arseño se acercó y empezó a quitarle el traje, luego Silverio se quitó la camisa y el pantalón, sacudió prenda por prenda, el talco y el papel picado se esparcían por el aire. Dobló todo con gran habilidad y prolijidad y dejó el traje cerca del mojón. Me acerque lentamente, no quería mirar hacia la oscuridad, mis ojos se fijaron en el rostro de Silverio, nos pidió que nos acerquemos extendió sus brazos y no dijo:

—Quizás nunca pueda devolver este gran favor, estoy totalmente agradecido con ustedes, por haberme acompañado en estos momentos tan difíciles.

Solo atiné a abrazarlo y le dije:

—¡Para eso estamos querido hermano! Para eso estamos..

 Arseño se emocionó y no pudo pronunciar ni una sola palabra y nos abrazamos los tres allí en medio de la nada, rodeados de espíritus, de viejos diablos.

Ya habíamos cumplido con el ritual solo quedaba regresar, allí Silverio pidió la última botella de alcohol que quedaba y challo sobre el traje de Diablo, junto un poco serpentina, la hizo un bollo y lo puso sobre el traje, luego tomo una brasa del sahumador y la tiró sobre su traje que empezó a arder y a iluminar la oscuridad de esa noche, las llamas del fuego formaban las figuras más raras, calaveras, diablos, serpientes…

Levantamos nuestras cosas, nos dimos vuelta y caminamos sin mirar atrás nuestros pasos fueron lentos, nos íbamos tranquilos, llegamos al lugar donde encontramos al Comisario y vimos la luz de su linterna ya lejos se había ido unos minutos antes.

Seguimos caminado y sentimos, a nuestras espaldas, los llantos de unos diablos y los cascabeles sonaban al compás de baile del fuego, el traje de Silverio ardía, ninguno debía mirar atrás, caminamos más rápido, nos abrazamos y luego de cruzar la ruta, al empezar a bajar hacia la calle cantamos:

—Carnaval alegre dicen que te vas, porque no te quedas cinco días más.

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6 comentarios en «El entierro del Diablo del carnaval»

  1. Extraordinaria narración del entierro de un diablo que logró atrapar mi atención de principio a fin y por momentos sentí la presencia de ese ser al q desde niño he temido!! Gracias a Dios solo es un buen cuento de Diablos carnavaleros y conservación de una tradición!

  2. Impresionante narración, la descripción de cada momento, parecía estar viviendola a cada paso, al nombrar las calles!! Me atrapó totalmente, sin poder dejar de leer hasta el final!! Gracias por tan hermoso relato!!

  3. Sin lugar a dudas es «El viaje de héroe» por cada paso de Silverio fui experimentando sus sentimientos de amor, angustia, felicidad, recorrí las calles de Humahuaca…imaginé el olor a incienso, el humo en la casa de Don Samuel, Gabriela y el amor.
    Excelente descripción!!! Gracias por llevarme a recorrer tú tierra un día cualquiera después de carnaval!!!

  4. Excelente relato, muy bien descripto. Vivi esos carnavales cuando era muy joven, cuando las familas de Humahuaca eran las unicas bailando en el pueblo, luego se masifico y se perdio mucho del misticismo que tenia el Carnaval. Soy de la comparsa Los Cholos, mi padre y abuela me enseñaron las tradiciones, llevo muy profundamente arraigado el culto a la Pachamama. Te agradezco Sergio este cuento precioso, me hizo volver a mi juventud.

  5. Norma Beatriz Caballero

    Yo creo que estuve ahí.
    Sentí tanta inquietud!! Y que largo se me hizo el camino hasta el mojón…
    Gracias por esta historia que aumenta mi Amor por la Quebrada, su gente y sus tradiciones.

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