DORIS, HIJA DE LA DIOSA DE LOS MARES

Nilsa Peñaloza González

A medida que se acerca el vehículo en el que viajo a mi encuentro con ella, y la distingo a lo lejos sentada en un taburete, siento un cosquilleo en el estómago, tal vez el mismo que de niña solía tener cuando la divisaba a lo lejos después de algunos de sus viajes sin mí… Hoy los papeles se invierten, y es ella la que está sentada en su banqueta a la sombra del frondoso y redondeado árbol de maitostao, contabilizando quizás, los minutos y las horas en espera de mi llegada. Una vez que me advierte, soy recibida con un caluroso saludo.

— ¿Veee mama, por qué llegaste tan tarde? Me tenías con el alma en vilo —me dice efusivamente.

Así inicia mi conversación con una dama de negra cabellera en otros tiempos y que el paso del otoño ha decidido intercalar con hilos de plata; de mirada melancólica y ojos soñadores que no son verde esmeralda ni azul oceánico, pero sí poseen el café que antaño robara el sueño de muchos caballeros; delgada y de baja estatura, pero jamás, acomplejada por este natural suceso. Cuando alguien quiere jugarle una chanza con su estatura, ella, engreída y con cierta picardía, comenta: “Los que conocen de perfume saben que en frascos pequeños se conservan las más finas y agradables fragancias”. Dando con esta popular frase un jaque mate al fallido intento de saboteo de los que con ella bromean.

Nacida el 8 de septiembre de 1944, en un fantasmal pueblito de la exótica Guajira llamado Caracolí sabanas de Manuela, fecha inolvidable para la humanidad, ya que al otro lado del mundo Alemania en medio de la Segunda Guerra Mundial, lanza específicamente sobre Bélgica el primer misil balístico de largo alcance finalizando así la historia de muchos ciudadanos; pero también, fue el momento que Dios dispuso para dar inicio a la historia de vida de una mujer guerrera de carácter fuerte, no obstante de corazón noble. Madre de 12 hijos y abuela de 21 nietos, berraca como se les conoce en la Guajira a las mujeres que sin importar cuántas veces se caigan, vuelven a ponerse en pie siguiendo adelante con la frente en alto y con la esperanza de que el mañana será mejor. Vive desde hace muchos años en Distracción, pueblo conocido como La Estrella de la Guajira; amante de las plantas y los animales de granja, de los cuales hoy solo conserva un par de perros, un gato y un vulgar y jocoso loro, con el que conversa como si se tratase de una persona; no es habitual que en el patio de su casa ya no se escuche el cacareo de las gallinas, que en otros tiempos daban conciertos gratis todos los días. Al tocar el tema de la ausencia de dichas aves de corral, responde en tono burlesco: “No hija, los amigos de lo ajeno no me permiten tener la cría, antes comían ellos y me permitían comer a mí también, ahora se han vuelto tan descarados que solo quieren comer ellos, así que decidí cerrarles el restaurante para que sean serios y se organicen”. Alega en un tono algo sarcástico, pero a la vez  diplomático, mientras se deleita saboreando una deliciosa taza de café que ella misma prepara con jengibre y canela, luego enciende un repúgnate cigarrillo, vicio desagradable que lentamente acorta su vida, pero a ella parece no preocuparle esa tóxica relación, da la impresión de haberle jurado amor y fidelidad hasta la muerte, a tal punto que quien trate de interponerse entre ella y su despreciable cigarrillo corre el riesgo de ser declarado persona no grata.

Le desagradan las visitas a médicos, prefiere la medicina natural a base de plantas que aquellas formuladas por los amigos galenos. 

Se motiva y emociona con la lectura, aun cuando no logró terminar sus estudios primarios por carecer de oportunidades que la llevasen a desarrollar algún arte o profesión. No tuvo impedimento para cultivar habilidades que le permitieron conocer un poco de botánica, de costuras y tejidos. Ha curado y remendado heridas, recibido y cortado cordones umbilicales a recién nacidos, canalizado e inyectado a enfermos; tareas que ha practicado de forma humanitaria y desinteresada; oficios que hoy hacen que en cualquier lugar donde ha vivido sea recordada con amor y aprecio.

Amiga sin condiciones ni barreras, es costumbre escuchar por las tardes infinidades de saludos de niños, jóvenes y adultos dirigidos exclusivamente a ella mientras está sentada en su taburete de bajo del palo de maitostao.

La dama de avanzada edad, de piel canela, de humor verde como el color del plumaje de su loro, a la que Dios le concedió el gran título de mujer gladiadora con énfasis en humildad, es mi madre.

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6 comentarios en «Doris, hija de la diosa de los mares»

  1. NILSA PEÑALOZA GONZÁLEZ. Gracias por
    escribir de esa forma tan descriptiva que me transportó a ese paraje natural de ensueño que es la Guajira tu lugar de origen, antojandome de ese café con gengibre y canela. Además fue un placer poder conocer al ser de luz que te dió la vida a través del homenaje que le hiciste en ésta narrativa. Felicitaciones y un fuerte abrazo.

  2. Amiga Nilsa, mejor homenaje no pudiste hacer a ese ser tan amado. Escribiste con el corazón y grabaste la historia de Doris en el corazón de tus lectores. Buen escrito. Felicitaciones!

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