LA ELEGANTE

Francisco Lozano

I

Caminaba a su lado tan elegante como era su costumbre. La brisa agitaba su bufanda con gracioso refinamiento y la miró. Se acordó de haberla visto todos los días.

—Ella me sigue a todas partes… Ahí está —pronunció atenta a él, mostraba agitación y a pesar de todo, se animaba para sus adentros.

—¡No tengo miedo, no tengo miedo!

Él la observó con curiosidad y notó un nerviosismo oculto:

—A mí me parece que ella es la que está asustada. ¿No crees que estás llevando las cosas al extremo?

—¿De qué lado estás?

—¿Acaso hay lados?

Ella se enojó, frunció el ceño y se cruzó de brazos como cada vez que algo la molestaba; respiró profundamente y lo miró inquisitiva.

La mujer de la venta de la esquina la observaba con extrañeza, manotear al principio, cruzarse de brazos después, hablar.

—¡Ajá¡ —exclamó y se encogió de hombros.             

II

Había dormido mal y cualquier cosa rebosaría su copa.

—¿Por qué me sigues? —inquirió.

La muchacha pareció asustarse, pero también tenía un mal día y se envalentonó:

—¿Qué le pasa? —la mujer que elegante a diario vestía, se crispó.

—¿Cómo? ¡Todos estos días me has seguido! ¿Qué quieres? —y se paró retadora.

—¿Yo? —exclamó sobresaltada la otra.

Al verla cerca se dio cuenta de su porte y se atemorizó.

—Pero si trabajo aquí, vendo dulces en este puesto —Atinó a decir.

—¡Mentirosa! —y el grito dio más vigor al reto.

—No me voy a dejar maltratar —pensó.

Provocada se lanzó sobre la mujer elegante que tanto reclamaba, la haló de la bufanda y la tumbó contra la pared. En esas llegó él:

—¡Hey! ¿Qué pasa? —exclamó.

La elegante suplicó:

—¡Sálvame!

La otra se apartó asustada.

—Está loca —atinó a balbucear.

—Esta bruja me está siguiendo —se quejó con su guardián.

—Está loca… piensa que alguien la va a salvar.

III

El día volvía a empezar.

—¿Otra vez aquí?

—Mire doña, no me joda más.

La vida se repetía. Cada acto atrae a sus protagonistas y los sumerge en un movimiento sin fin, las dos mujeres lo representaban a la perfección y el desenlace solo podía ser trágico. Finalmente la vida está llena de actos repetitivos y desenlaces lastimeros. Otra vez se agarraron y esta vez la elegante corría delante de la muchacha; volteaba a mirar constantemente nerviosa y al fin lo encontró, cruzaba la esquina. Se podía decir que divertían a los transeúntes, aunque a nadie le sorprendía, a lo mejor ni lo notaban inmersos en su propia carrera.

—Esa señora si la tiene contra esa muchacha, será porque vende en la calle.

—Tal vez. Seguramente…

La elegante vio que él las seguía y con confianza se adelantó.

IV

Llegó hasta el umbral de una puerta fea, desagradable y se internó sin pensar. Atrás llegó la otra:

—¡Carajo, allá no entro¡

Pero el orgullo hizo de banderilla y la impulsó. Durante los segundos de duda hubo tiempo para que la señora lo viera llegar casi ahogado.

—Detén… gase —oyó que tartamudeó sin poder respirar.

—¡Mierda! —dijo.

No solía usar esos términos, cosas de mezclarse con la ralea, y fue un aliento salvador. La muchacha cruzó un largo y oscuro pasillo, al fin la vio dentro de una pieza con la puerta desvencijada, la tenía acorralada. La elegante lo vio:

—¡Sálvame! —insistió.

Él no lo dudó ni un instante y se lanzó a separarlas, entonces tronó un alarido horrible, dos bultos oscuros aparecieron ante la luz.

V

Abrió los ojos en medio de un espasmo de terror; se ahogaba.

—Él la mató —decía—, él la mató.

Su mente repasaba la imagen del hombre que todos los días se le aparecía abalanzándose sobre ellas y un filoso brillo penetrar su cuerpo. Se tomó el vientre, comprobó que no fue a ella, pensó en la otra.

—¡La mató! —gritó.

Soñolienta y llorosa se sumergió en un marasmo sin tiempo. Un rato después, nunca supo cuánto, la angustia de la incertidumbre la levantó; entonces se dio cuenta que estaba vestida y cuando se iba a quitar el pantalón descubrió una mancha de sangre en la manga. Palpó de forma inconsciente su cuerpo, buscaba de dónde emanaba la sangre pero nada encontró, se apuró a quitárselo y lo escondió entre la ropa sucia, tiritando como si sintiera alguna especie de culpa. Bajó.

—¿Qué te pasa? —preguntó su compañera de apartamento—. Te escuché gritar hace un rato.

—Nada, un mal sueño.

El silencio es buen cómplice de una mentira, en especial cuando ni siquiera califica para mentira. Se le notaba impaciente, buscaba las noticias locales.

—La gente es brutal —oyó de pronto.

—¿Por qué? —inquirió, e inexplicablemente la sangre se le helaba.

—¿Viste la noticia que publicaron en Facebook? —abrió el suyo con afán y ahí estaba.

—Por no vender un dulce le sacaron las tripas.

Su cara se tiñó de indignación, pero al seguir leyendo se fue tornando blanca y se desmayó.

VI

Volvió a su cuarto como pudo a repasar lo que había pasado. «Por no vender un dulce le sacaron las tripas». Explotaba en su cabeza. En su recuerdo corría delante de una muchacha y tras las dos venía él.

 

«Esta mañana se encontró el cuerpo sin vida de una vendedora de dulces a la que le rasgaron el vientre».

—Apúrate que nos va a alcanzar —le gritaba—. Te va a matar, mira lo que trae en las manos.

 

“Un cuchillo fue el arma utilizada y ya está en manos de las autoridades que investigan el caso”.

—¡Ya voy, ya voy! —solo podía exhalar.

—Detén… gase… —tartamudeaba él.

—¡Aléjate!, volvió a gritar.

Las dos entraron en la oscuridad, como bultos adornaban recostadas las paredes de una pieza de puerta desvencijada. La chica se abalanzó sobre la elegante, él se apuró a detenerla y un grito sordo inundó el lugar. La muchacha doblada sobre su vientre veía desesperada que su estómago cortado expulsaba sus entrañas; entonces la elegante lo vio retroceder aterrado y dos sombras delatoras brillaron, una tumbada contra la pared con un cuchillo en sus manos y la otra resbalando sobre su regazo untando de sangre la manga del pantalón…

VII

“Hemos podido establecer que junto a la muchacha destripada había una bufanda perfumada por lo que se supone que la posible asesina es una mujer. La policía dijo que se estaban haciendo las investigaciones del caso y que en próximas horas…”.

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1 comentario en «La elegante»

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