SACRIFICIO

Joel Peñuela

Era la primera vez en cerca de diez años que se reunían los cuatro hermanos septuagenarios.  Desde temprano las botellas de aguardiente se fueron agotando una tras otra; cada quien se había apertrechado bien para el momento; lo que había era licor para la noche.

Los recuerdos y las risas se acompasaban al ritmo de viejos vallenatos que evocaban sus propias vivencias. Los chistes y las anécdotas se fueron dando por turno, luego vino el momento de cantar: primero un solo, luego un dueto y finalmente los cuatro probaron sus pulmones acompañando al cantante de turno en la radiola; así, en medio de las botellas y los vallenatos se pusieron al día con las noticias de familia y con los cuentos de siempre que ya estaban a punto de olvidarse.

La noche los arropó por completo y el hambre se acercó sigilosa con su aguda punzada en las costillas de los festejadores.

Ya eran cerca de las tres de la mañana cuando Jorge Luis, el menor de los cuatro, comprobó que en la nevera de su hermana donde armaron la fiesta, no había más que dos jarras con agua, tres pepinos, un pedazo de repollo, tres cebollas, dos tomates, un pedazo de ñame, un plátano verde, tres filos, algo de cilantro, pimentón y dos yucas que debían pesar como dos libras.

—Compadre Efra —dijo Jorge—, en esta nevera no hay na´ para hacé comida ¡ni siquiera un huevo de codorní!

—Y a esta hora encontrar una tienda abierta es imposible —añadió Efraín.

Manuel y Juan también se dedicaron a buscar por toda la cocina, pero el resultado fue el mismo: nada había para comer.

—¡Péguese otro, compadre! —irrumpió Manuel—, cuando más nos comemos el chivo de Rosa, bien gordo que está.

—Compadre, eso no lo diga ni en broma —respondió Juan.

—¡Ombe, sí! —complementó Jorge Luis—, ese chivo es como un hijo pa´ ella, si se levanta mañana y no lo encuentra, nos echa a todos a la calle de una buena ve´.

Un nuevo tema entretuvo el hambre por el momento.

El silencio de la noche solo era interrumpido por la música de la vieja radiola ni siquiera se escuchaba a Nerón, el perro de la vieja Ocha, que, resignado después de rascar y rascar las tablas del corral sin ningún éxito se había quedado dormido, no sin antes hacer escuchar sus lamentos amorosos dirigidos a Naruta, su vecina que estaba disponible, y él insistía en amanecer con ella para lo cual había hecho un roto en la cerca del patio los dos días anteriores. La decisión había sido tomada sin misericordia, esa noche lo encerrarían en el corral junto con el chivo, y punto.

El mordisco del ron aprieta duro y el hambre aguzaba su filosa espada en el lomo de los hermanos ya tomados a merced de las botellas consumidas.

—Hay que matá ese chivo —dijo uno de ellos—, esto ya es por necesidá.

—Vamos a hacé una cosa —dijo Manuel, que fue a tomar por el hombro a su hermano que tenía más cerca y terminó metiéndole el dedo en el ojo—, disculpa manito, disculpa… fue sin intención… ¡La madre!… Vamos a hacé una cosa, pongamos todos una parte y mañana le compramo´ otro chivo a Ocha en el mercado y nos comemos ese animal, y ya.

—Va —contestó Efraín— yo me encargo de convencerla, es solo un chivo, ombe.

—Sí, ombe… un chivo por otro chivo… eso no tiene problema.

—Igual, lo mismito, da lo mismo: uno por uno… da uno.

—Bueno, pues procedamos, yo me encargo de las cebollas, la yuca y…

—¡Ey! ¡Erda! Hay que comprarle a Ocha todo eso que tiene en la nevera.

—Ah, ¿te vas a poné con eso? Mañana le damos el doble y le brindamo´ un pedazo a ella del chivo que sobre, y ya, ya.

—Bueno, yo no estoy seguro que sobre, ¡con esta hambre que tengo! Vea compadre, yo solo me como medio. ¡De una!

Calentaron el agua; pelaron el animal; José Manuel lo desmembró; Efraín le echó sal; Juan peló la yuca, el plátano, el ñame y los tres filos; Jorge Luis lo puso a cocinar.

Ocha no se dio por enterada de nada; ella tenía el sueño algo pesado desde joven.

Después del deleitoso sancocho estaban como nuevos, cuando a las seis en punto Ocha se levantó; todos estaban ya pesados por la sobredosis de alcohol.

—¿Qué fue lo que hicieron animales de mierda?

—¡Ey, ey, ey! ¡Para! ¡Para! Ya nosotros (tus hermanitos) lo tenemos todo arregla´o, te vamos a comprá´ otro chivo ahorita más tarde, despué´ que desayunemo´, no te preocupei.

—¡Ombe, sí! Vieja Ocha —dijo Efraín— no es pa´ tanto, mira que esa rabia te puede caé´ mal.

—¿Mal? ¿Me puede cae´ mal, dices? Pedazo de pendejo, a ustedes es que les va a caé´ mal, sarta de maricones, ¡que se han comido a Nerón! ¡Parti´a de desgracia´os!

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