LA CASA DE LOS LIRIOS MORADOS

Anushka Tereshkova

Alina Parker pasó por enésima vez por la calle donde estaba esa misteriosa casa de blancas paredes y lirios morados. Le llamaba poderosamente la atención que conservara encendida la luz de una de las ventanas y que, siempre que pasaba, una anciana estuviera cortando lirios y le saludara con uno de ellos en la mano.

Esa noche llovía torrencialmente y su automóvil se detuvo justo en frente de la casa de los lirios morados. El nivel del agua comenzó a subir en la calle y la radio de su taxi dejó de funcionar. El cordón de la vereda era casi invisible y sintió miedo que las calles quedaran completamente anegadas y le impidieran avanzar. Detuvo su automóvil y se dirigió a la puerta de la casa, golpeó fuertemente y esperó. Miró hacia la ventana de siempre y, como de costumbre, estaba la luz encendida, eso le dio esperanzas de ser atendida. La anciana de siempre abrió la puerta y le invitó a pasar.

—Usted disculpe, se puso muy difícil la calle y la radio no funciona ¿Podría prestarme el teléfono?, así llamo a mi agencia o a mi familia para decirles que regresaré cuando amaine la tormenta —preguntó a la mujer, en tono casi suplicante y cruzando sus brazos en señal de entumecimiento.

— Pase, querida; le serviré un café caliente, pero lo del teléfono es imposible, hace tres meses que no funciona; tome asiento junto a la hoguera y espéreme que ya regreso.

— ¿Vive sola aquí? Siempre la veo cortando lirios.

— No, vivo con mi hijo, Bah; es un joven al que cuido desde pequeño, es escritor.

— Ah, eso explica la luz encendida de su cuarto; siempre he reparado en ello.

La anciana se dispuso a preparar el café y la puerta de la calle se abrió raudamente. Entró un joven alto y apuesto, de extrema delgadez y completamente empapado que apenas reparó en

Alina. El joven corrió por las escaleras diciendo:

— ¡Qué noche! ¡Menuda tormenta! Disculpe señorita, pero he de cambiarme para no resfriarme.

Desapareció escaleras arriba sin darle tiempo a responder. La anciana puso delante de ella una taza humeante de café y se sentó a su lado arropándola con una manta. Pasó el tiempo y el joven no bajó. La anciana comenzó a dormitar mientras tejía en silencio. Alina había tenido un largo día y sus párpados comenzaron a pesarle. La lluvia se hacía sentir cada vez más.

Habrían pasado varias horas cuando la luz de un sol radiante le acariciaba el rostro. Alina se encontró en una gran habitación llena de muebles polvorientos, tapados con sábanas blancas y un penetrante olor a encierro, como si esa casa estuviera desocupada hacía mucho tiempo. No había nadie más que ella, así que salió al exterior rápidamente.

Cuando se disponía a subir a su taxi, vio a una joven pararse junto al portón de la casa y abrir.

Se le acercó y le hizo unas cuantas preguntas para salir de dudas sobre lo que le había acontecido.

— ¿Usted es la dueña de la casa?

— Ahora sí, perteneció a mi hermano, vivía con su ama de llaves; pretendo acondicionarla para arrendar, ¿está usted interesada?

— ¿Su hermano, con una anciana? La he visto cortando flores.

— Sí, su ama de llaves. Ella lo cuidó hasta su muerte, hace tres meses, regresó a su pueblo a unos kilómetros de aquí.

— ¿Su hermano ha mu…erto?

— Desgraciadamente, lo alcanzó un rayo una noche que salió a una fiesta, ¿usted lo conoció?

— No, es decir, sí; me gustaría visitar su tumba; era un escritor, ¿verdad?

— Sí, firmaba sus obras con el seudónimo Carl Reynolds, su tumba está en el cementerio de aquí a seis cuadras.

Atontada e inquieta por todo lo que le había acontecido, Alina Parker estuvo días sin hablar con nadie, sin pasar por la casa, ni sus inmediaciones. Trató de olvidar todo lo que esa noche vivió. Trató en vano de encontrarle una explicación lógica y terrenal, pero algo dentro de ella le decía que debía seguir el hilo de los acontecimientos y descubrir por qué había entrado en la casa de un muerto, bebido un café, dormido frente a un fuego inexistente y hablado con una anciana que hacía tres meses que se había marchado del lugar.

Visitó el cementerio, que efectivamente estaba a seis cuadras y que tenía la tumba de Carl. Su fotografía era la del joven que llegó empapado y que subió las escaleras. Se paró delante de ella y dijo:

— ¿Qué quieres que sepa? ¿Por qué me pasó esto? ¿Cuál es el misterio?

Sus ojos se posaron en un pequeño florero que contenía lirios morados, de los que había en la casa. Alina tomó uno y vio que estaban frescos. Levantó la mirada y a lo lejos divisó a una anciana que, a paso rápido y desparejo, se alejaba del lugar, casi corriendo entre las tumbas. Con mayor desconcierto que antes, se levantó y se dirigió a la casa para despejar sus dudas; algo le decía que allí estaba la respuesta.

Entre los lirios jugaban unos niños y una joven, aparentemente la nueva dueña de la casa. Los observaba mientras tomaba el sol y leía un libro en los escalones. Se aproximó y le hizo unas cuantas preguntas a ella para despejar sus dudas, que eran cada vez más profundas e incomprensibles.

— ¿Es usted la nueva dueña de la casa?

— Sí, lamento si usted tenía intenciones de alquilarla, yo ya…

— No, mi curiosidad es… ¿Tiene la dirección de la dueña?

— Sí, en un momento se la alcanzo; aguarde.

Con la dirección en sus manos, se dirigió al lugar que indicaba el papel que le entregó la muchacha.

— Oh, es usted, señorita; no recuerdo su nombre, ¿puedo servirle en algo?

— Soy Alina, he visitado la tumba de Carl; tenía unos lirios hermosos, seguramente de la casa, usted debió habérselos dejado, o quizá la señora que lo cuidaba.

— La verdad, no; no soy de visitar cementerios, guardo a mi hermano en mi corazón y con los mejores recuerdos; en cuanto a la señora Adams, tampoco pudo haber sido; me entristece decir que, justo esa noche que usted me encontró en el portón de la casa, sus familiares la encontraron muerta a causa de una dolencia cardíaca; ellos me pidieron enterrarla junto a Carl porque habían vivido muchos años juntos; me parece una cosa innecesaria; de todas formas, ya están muertos, no le parece que es algo…

— Me parece que es algo que, si lo hace, no le afecta en nada; y si no lo hace, por lo que veo, tampoco; hágalo, quizá fue el deseo de la anciana que le dedicó la vida al muchacho.

— ¿Y usted para qué… qué tiene que ver en todo esto?

— Yo simplemente he pasado las últimas noches frente a esa casa con mi taxi y sentí curiosidad por la ventana iluminada de su hermano; lo vi entrar a la casa y subir corriendo las escaleras. Después bebí el café de su ama de llaves y me quedé dormida en su sala; luego desperté en una casa deshabitada, salí afuera para marcharme y la vi a usted, lo demás ya lo sabe; ¿no le parece que hay un mensaje en todo lo que me ha pasado?

La joven quedó estupefacta al oír todo lo que Alina le narraba y cuando pudo articular palabra solo dijo:

— Lo haré; haré que la señora Adams descanse junto a mi hermano, se lo prometo.

Alina dejó pasar un tiempo antes de visitar las tumbas de Carl Reynolds y la señora Adams. Ya descansaban uno al lado del otro. Pasó por la casa a pedirle a la nueva dueña que le regalara un enorme ramillete de lirios morados para obsequiarle a ellos, sus verdaderos dueños.

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