ESTE O CUALQUIER OTRO LUNES

(Fragmento)

Jesús David Buelvas

Samuel abrió el periódico en la página de sucesos para releer la noticia acerca de la muerte del Gabrie. A pesar de su posición crítica frente al morbo que este tipo de hechos generaba en la gente, él mismo no podía sustraerse al efecto que le había causado ese evento que de alguna manera le parecía tan cercano. En sus andanzas por el barrio había compartido una que otra conversación con el hombre que aparecía retratado en el centro de la página; había escuchado acerca de sus fechorías y líos con algunas personas de El Milagro y con los pandilleros de la Reina; él mismo había presenciado una pelea a cuchillo entre el Gabrie y un pandillero de la María, un mediodía de domingo en que después de buscarse durante casi dos semanas coincidieron en un cervecero organizado por la acción comunal frente al colegio San Lucas. Todo el mundo estaba embebido en los efectos del picó, en el rito sensual orquestado por las parejas de baile, en el ir y venir de las chicas que con sus blusas ombligueras y sus mochos de overol, ajustados a media nalga, se paseaban de un lado para otro repartiendo las comidas y las cervezas; todos tocados por una euforia colectiva que sofocaba los efectos del calor y avivaba, en extremo, la camaradería con que se trataban los invitados; vecinos y conocidos de El Milagro y otros barrios acostumbrados a esas fiestas de fines de semana con las que se evadían los agobios de la rutina y la dureza de una vida al filo de la zozobra. Era domingo de picó, cerveza y baile; y como en todo domingo de picó, cerveza y baile no podía faltar el grupo de pendencieros que llegaran a buscar camorra por cualquier motivo. Gabrie se estaba amacizando con una morena corpulenta que sudaba en medio de las contorciones de la champeta cuando le dieron la noticia de que el Cholo había llegado con su pandilla. Hizo a un lado a su pareja y silbó a su grupo de compañeros para que le sirvieran de escoltas. La pelea estaba casada, aunque no se sabía con exactitud cuál era el motivo. Se oía hablar de dinero, de una mujer y de una cuestión de invasión de territorios. Lo único seguro era que ambos estaban ahí y la obligación era enfrentarse. La gente, que ya se había percatado de la seriedad del asunto, se dispersó, despejando el centro de la calle. Se ubicaban en las aceras y en los corredores de las casas para no perderse ningún detalle de la pelea. Los dos contrincantes quedaron frente a frente, mirándose de manera desafiante, cada uno con su puñal en la mano.

—Píntame la raya que yo te la coloreo —le dijo el Gabrie a su enemigo mientras se pasaba el cuchillo de una mano a la otra en una especie de jugueteo malabarístico que, según algunos entendidos en el tema, busca desconcentrar al oponente.

—Listo bocón, pa’ las que sea —le contestó el Cholo, pateando una de las mesas en dirección a su adversario.

No hubo más palabras. Los dos hombres se trenzaron en un intercambio de lances y cortes dirigidos, en primera instancia, a los brazos y las piernas, pero después de reconocerse se hicieron más agresivos, buscando con las puntas y los filos las partes vitales de sus cuerpos. El ambiente de la fiesta se había transmutado en espacio para la muerte. Uno de los dos caería en cualquier momento bajo el inexorable destino que le guardaba el cuchillo del otro. Cuando eso sucediera no habría espacio sino para la retirada, evitando cualquier comentario impertinente frente a las indagatorias de la policía. Todo quedaría bien oculto bajo la ley que impera en esos barrios donde el mejor aliado de todos suele ser el silencio.

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2 comentarios en «Este o cualquier otro lunes»

  1. Guillermo Rangel Prasca

    Con sobriedad pero con destreza, el autor logra desde un principio introducirnos en el relato.El asume conscientemente este riesgo, como lo hacen los protagonistas en este lance a cuchillos.

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