CON YE DE YUCA

Luis CampoElíaz

Mientras Yair Sierra, -sí, Yair y no Jair- dormía a pierna suelta en la pesadez de su guayabo, la Gordy, la mujer que hacía las arepas más sabrosas del mundo, amasaba un kilo de Harina PAN venezolana para hacer tres bollos, uno, el más grande, para su preferido “Pulgui”, como ella lo llamaba. La luz de la mañana insistía en atropellar la candidez del sueño donde Yair implosionaba en su lujuria recordando la noche de Halloween, desvelándose en el deseo impúdico que apretaba la almohada contra su entrepierna y pensando en que por emborracharse no pudo hacerle el amor a Benigna. Yo sí estoy fregao, se recriminaba en el sueño, cuando, en medio de la embriaguez de sus ideas, la escena donde aflojaba su correa se ennegrecía como la última filmina del carrete.  El recuerdo iba y venía continuamente mientras dormía. De la nada un paisaje de cardones y dividivis se convertía en las escaleras por donde subía de la mano con Benigna y López la noche de la fiesta de brujas.

—Ahsss, hijueputa, yo sí estoy jodido —pensaba, recobrando el estado de vigilia—. Pero puerca mierdera no pierde el vicio —se decía sentado a la orilla de la cama, apretando la mano derecha contra su pene erecto, como jurándole a su miembro que no desaprovecharía otra ocasión.

—Pulguiii, —llamaba dulcemente La Gordy a su muchacho—. Ven a comerte un bollito con chocolate para ese guayabo que te está matando.

Atendiendo al llamado, salió a medio trastabillar por la puerta del cuarto y procedió a sentarse en el comedor frente a un bollo de queso, de no menos, de una libra. Al lado, una taza de chocolate de justas proporciones al desayuno servido y una porción de salpicón de chucho, donde fácilmente podía jugar a las escondidas y nunca ser encontrado.

—Carajo Gordy, ¿Se me nota tanto la cara de hambre?

—Tú si te quejas, niñoooo —respondía La Gordy entre risitas agudas que escapaban de su boca.

Efectivamente el reclamo era hipócrita. Yair, de contextura delgada, que tenía un estómago de camionero, se comió el descomunal desayuno y fue hasta la nevera a completar con agua, —porque en su casa le enseñaron «que el pobre con agua ajusta»—.

Repleto hasta la faringe, volvió a recostarse en su recámara, tratando de pensar en qué momento perdió la secuencia de la noche anterior. ¿Quién me dió el último trago?, se preguntaba. Fue en vano, mientras intentaba hurgar el lóbulo del cerebro dónde se aloja la memoria, Morfeo lo envolvió entre sus brazos. Demoró mucho en encajar la ficha del rompecabezas que lo llevaría a recordar que mientras subía a la habitación donde amaneció con la mano metida en una fría plasta de vómito, frente a López entrepiernado a Benigna; Palma que estaba en un cuarto vecino, en la pausa del divino quehacer, se asomó a la puerta y le brindó, a su paso, un trago de chirrinchi fermentado que cargaba en su mochila como último recurso cuando se acababa el whisky de las fiestas.

—Nojoda Palma, ¿Esa mondá qué es? —le preguntó Yair, apretando a la vez la garganta y el culo.

—Pura vitamina, puro hierro, como dijo Silvestre —sentenció Palma cerrando la puerta para continuar en brazos del amor.

La tarde pasó tan rápida que cuando Yair quiso salir de la obnubilación de sus pensamientos, los cuales mantuvo durante el trayecto de su casa a la parada del bus, ya estaba montado en el carro del profesor Marmolejo. Solo lo sacó de aquel trance el sutil aroma de una loción francesa que enloquecía su glándula pituitaria.

—Hola Yair, ¿por qué no te querías subir al carro? —preguntaba Benigna con su acostumbrada voz sensual.

—Nombe mi reina, es que me daba un poco de pena y como vas con el profe, no quería incomodar —dijo excusándose, porque ciertamente no recordaba en qué momento se había subido al vehículo.

—El profe Marmolejo no dice nada, ¿cierto amor? —decía Benigna, dando un beso al docente mientras le apretaba la pierna.

¡Qué cínica esta malparida¡, pensaba Yair.

El silencio atemporal dentro del Corsa blanco, solo era interrumpido por la melodía de una salsa de Richie Ray & Bobby Cruz que sintonizaba la radio en el único dial de música variada en Riohacha.

—Ese sí es un tema —decía Marmolejo—, no la yuca corroncha esa del vallenato que se la pasan poniendo las otras emisoras —sentenciaba, a la vez que subía el volumen del estéreo.

El locutor, luego que la canción culminó, pregonaba un estribillo de otro ritmo salsero que dice:

…Y que me pongan salsa, pa’ mojá, pa’ mojá, que me pongan salsa.

Y rematando con voz impostada: ¿Querías salsa? Tooomaaaaa; Hacía sonar inmediatamente una del inolvidable Héctor La Voe.

—¡Eso sí es música! —expresaba Marmolejo, recordando sus años mozos en la universidad del Atlántico.

Bueno, ahora tres seguidas con El Pulmón de Oro, avisaba el locutor de la emisora, dando paso a un vallenato evocador de recuerdos.

—Nojoda, ya la cagaron; quieren dañar la emisora —dijo Marmolejo estirando su mano para apagar el reproductor.

—Amor, pero déjala oír —reclamaba Benigna, deteniendo la intención del docente.

—Sí profe —apoyó Yair—, deje que suene la «yuca» que está harinosa y combina bien con la salsita que ya oímos.

—Exacto papi —dijo Benigna—, Yair poné la yuca y tú la salsita, pa’ mojá, pa’ mojá. —Finalizaba,

batiendo los hombros pícaramente.

A la universidad de La Guajira llegaron entonando en coro, Yair y Benigna, la última de las tres canciones programadas de Los Hermanos Zuleta en la emisora, Mañanitas de Invierno, esa que tiene una estrofa que el Nobel García Márquez describiría como la forma más poética de pedirle un polvo a una mujer. Después de despedirse del profesor los, hasta ahora amigos, se fueron directo a clases. Ella, irradiando su felicidad, contoneando su cintura, robándole un suspiro a las palmeras que se agitaban a su paso. Él, sonrojado en la pena, solo elevaba su mirada perdida a un objeto fijo en el horizonte, como las líneas oblicuas de un plano que se trazan a un punto de fuga.

—Ajá mijo, cómo te terminó de ir ayer, ¿mucho guayabo? —preguntaba Benigna, para romper el hielo.

—Pero del moral, no sé qué me pasó —respondía gallardamente Yair.

—Tranquilo, ese trago que te brindó Palma te dejó loco. Tuvimos que dejarte en una esquina de la habitación —le dijo Benigna, palmeando su hombro, en tono consolador.

Allí recordó todo, retrotrajo todas las escenas, las encajó en sus recuerdos y al fin supo qué había pasado.

—El malparido de Palma y su hijueputa chirrinchi, esa me las paga —exclamó furibundo.

—Pero tranquilo, el sábado por la tarde estoy sola en la casa de Marmolejo, te espero para que repasemos el parcial de Estadistica I —decía Benigna con voz sonsacadora, incitando las bajas pasiones de su compañero.

—Yo sabía, burro alambrero no usa portillo —decía Yair, cambiando el semblante.

El miércoles Yair empezaba a rayar la pared con trinche en la cuenta regresiva de los días. Esa mañana, al levantarse de la mesa, después de comer veinticinco chicharrones en el desayuno un fuerte dolor aguijoneó su espalda. El dictamen médico, después de la revisión de unas placas radiológicas, fue contundente: Escoliosis Idiopática.

—Señor Sierra —decía el doctor—, para esto no hay cura, solo medicación paliativa y el uso continuo de un corsé ortopédico fijo para detener el avance degenerativo de su columna; lo espero en tres meses para el control, mientras tanto, por nada del mundo, se puede quitar el dispositivo que le voy a instalar, ni para bañarse —advertía el especialista.

¿Y ahora? se decía Yair mentalmente, Nojoda, que leche la mía, se me quiere escapar Benigna. Iba pensando cuando salía del consultorio, apretado en la coraza médica que rozaba fastidiosamente su piel. ¡Qué va! ¡De que cae, cae! Remató, motivando su virilidad.

Para cuando el sábado llegó ya estaba completamente acicalado: Manicura perfecta, sin cerumen en sus oídos, minucioso lavado de dientes, entalcado en todas las hendiduras de su piel, motilado a ras, rociado en agua de colonia María Farina y depilado hasta en los vellos donde el sol nunca le había pegado. La calle desbordaba en alegría a su paso, su mirada reverdecía un deshojado corazón fino veraniego y un turpial exacerbaba el trino como trompetas ante su majestad. Iba muy teso y muy majo como el hijo de rana, Rin Rin Renacuajo, el día que se puso en boca de un pato tragón. Tal cual lo describe Rafael Pombo en su fábula.

Tocó el timbre del apartamento, un poco tembloroso, pero decidido. Su cuerpo tiritaba delatando su ánimo delante de la morena de prominente cadera y ajustado escote que tomándolo por su mano

helada lo invitaba a pasar.

—¿Estás nervioso? —preguntaba Benigna, conociendo su estado que excitaba aún más el sádico deseo que le tenía.

—Nombe mija, es este corsé que debo tener puesto por orden del ortopedista; me tiene incómodo

—respondía Yair, achacando su temor anímico al aparato.

—Sí nene, muéstrame —dijo Benigna, palpando el elemento de forma lasciva y aprovechando la situación para propiciar un momento pasionario.

No más Yair se quitó el suéter para mostrar completamente el dispositivo médico se entrelazaron en besos y sus cuerpos se enredaron en uno solo, como bejuco de maracuyá en angeo. Sus ropas describían el camino donde en posición de misionero Yair aruñaba el confín del universo y ella jadeaba de placer emitiendo los seis sonidos vocálicos del wayuunaiki. No pararon hasta no ver sudar el vidrio de la ventana por efecto de la condensación provocada por la diferencia de temperatura entre sus cuerpos y la humedad del ambiente. Cuando el uno yacía sobre el otro, completamente exhaustos, repentinamente la obscuridad cómplice fue develada, la luz de la habitación fue encendida descubriendo la desnudez de ambos.

—¡Benigna, carajo! ¿Qué significa esta mierda? —Preguntaba irascible, Marmolejo.

El grito despertó del tenue embeleso sexual a los amantes.

—No es lo que estás pensando, él solo es un amigo, —exclamó Benigna, cubriendo su torso con la cobija.

— ¡Aaah! Resulta que ahora tienes de amigo a una tortuga ninja; ¿Quién es ese malparido? ¿Ah? ¿Leonardo, Rafael, Miguel Ángel o Donatello? —Decía enumerando a los protagonistas de la serie televisiva infantil ochentera, sin reconocer a Yair, que apenado daba la espalda con su corsé descubierto.

—Amor, cálmate que te puede dar algo, estás muy agitado; mira, él es el amigo que llevaste el otro día en tu carro —decía Benigna, con el pecho al aire, tocando con sus manos la cara de Marmolejo, buscando algo de calma en él— Papi, es Yair, míralo.

—¿Jair? —preguntó Marmolejo, escudriñando con la mirada al amante de su mujer y pronunciando el nombre en perfecto inglés.

—No amor, Jair no. Es Yair, con ye de yuca —dijo Benigna, con la dulce voz de canario que utilizaba cuando quería dominar al carácter del profesor.

—¿Yair? ¿Con ye de yuca? —Volvió a preguntar Marmolejo, repitiendo la aclaración y, ahora, completamente relajado.

—Sí, él es el de la yuca y tú eres mi salsa, pa’ mojá, pa’ mojá; ven —Benigna no confundió la pregunta, respondió así para buscarle el quiebre definitivo a Marmolejo y tomándolo por la mano lo aprensó contra sus tetas, mientras halaba por el corsé a Yair, que intentaba abandonar el recinto, para fundirse los tres en una sola carne; ellos, alternándose el rol del dios Baco; ella, representando las ménades. Todos en la escena de una bacanal propia de los regentes del Olimpo.

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