DETRÁS DE LA CAFETERÍA

Joel Peñuela Quintero

Jairo iba a salir, pero vio la cachucha de su hermano Noel en la mesa, le pareció que hacía juego con su pantalón y se la enchutó.  Al mirarse en el espejo confirmó su presentimiento: su camisa amarilla, su yin y zapatos marrones, junto con sus lentes para el sol y por supuesto la cachucha, eran la indumentaria perfecta para la ocasión. Puso el seguro a la reja de su casa y echó a caminar las diez cuadras hasta el estadio: ese domingo su equipo de la infancia jugaría su partido definitivo por la clasificación. Como de costumbre caminaba como si fuera a cobrar herencia e iba escuchando los reguetones del momento.  Ese día había más gente que de costumbre en las calurosas calles de Barranquilla, su ciudad.

—¡Ay! ¡Oiga! ¿Se va a pasar? —dijo la señora que le tomó del brazo haciendo un esfuerzo para frenar el impulso que Jairo imprimía a su caminar.

Explayó sus ojos, pero no se notó detrás de sus lentes.  Reparó a Marinela.  Nunca la había visto en toda su vida, sin duda.  En un acto reflejo se tocó el bolsillo trasero de su pantalón para constatar que su cartera estaba en su lugar, luego giró su mirada alrededor para asegurarse que no era una encerrona que pudiera terminar en un atraco, o algo parecido.

—Parece que tiene usté mucho afán.

Jairo José tuvo tiempo de explorarla: «¿Cuarenta? No, treinta y cinco, quizá menos.  Esas carnes no se ven muy trajinadas» —pensó— «Sí, ¡seguro!, treinta y dos».

—¡Oiga pues, se le va a salir la baba! ­—Volvió a hablar la señora.

Marinela dibujó una sonrisa amplia que mostró su bien cuidada dentadura. «Tiene los labios limpiecitos… y los labios gorditos», pensó de nuevo. 

—No, ¿cómo así? —interrumpió Jairo José sus propios pensamientos.

Los ojos avellana de Marinela estaban bien resguardados por una línea natural de cejas recién depiladas.

—Síiii, es que lo veo como si no me estuviera esperando —dijo ella.

—¿Esperando?

En ese momento, Jairo José se percató que venía hacia ellos un hombre como de su misma edad y su misma estatura, pero lo que más le llamó la atención es que parecía que estuviera viéndose a sí mismo: traía también una camisa amarilla, yines y zapatos marrones, lentes oscuros y una cachucha caqui, idéntica a la suya.  El hombre miraba su celular y los reparaba. Volvía a mirar el celular y de nuevo a ellos.  Jairo José pensó que este era el momento del artificio que sucedía con las víctimas de atracos en ese sector de la ciudad por lo que en un acto de supervivencia empujó a Marinela contra la pared, frente a lo cual ella tuvo que echar su mentón hacia un lado para esquivar la puerta contra la que Jairo la empujó. 

—¡Oiga! ¿Qué pasa? —dijo la mujer.

—¡Eso me lo debe decir usté! —inquirió Jairo José enfático.

—¿Qué decir de qué? ¿Está loco o qué?

El hombre siguió acercándose por lo que Jairo José echó su mano a la cintura amagando con sacar un arma de su cinto, miró al hombre a las cejas y le levantó el mentón y las cejas en forma amenazante.  La réplica al ver el movimiento de Jairo optó por la retirada a toda prisa, pero sin que Marinela se diera cuenta de nada.

—¡Oiga, suélteme! —exigió la mujer.

En ese momento se percató que tenía la mano de la mujer doblada en su espalda: sin darse cuenta le había aplicado una llave propia de la lucha o alguna de esas disciplinas de defensa personal.  Soltó su arma imaginaria y le aflojó la llave en la espalda de la mujer.

—¡Perdón! —dijo—, es que pensé que nos iban a atracar.

—¿Y decidió partirme el brazo? —preguntó ella.

—¡Sí! Pero ya la solté, ¿no?

Marinela se sobaba el brazo, más exactamente en el codo.  Miró a Jairo José con el entrecejo arrugado y bosquejó un puchero infantil; se acomodó la blusa pegadita que exponía las líneas de su cuerpo y su minifalda ceñida; puso las palmas de sus manos abiertas debajo de sus senos y los sacudió para acomodárselos y se ajustó el sostén.  Jairo hizo un ademán para continuar y volteó para comprobar que no había nada raro en el entorno.  Al volver sus ojos, la mujer iba adelante por lo que tuvo una panorámica de su espalda: «Esta vieja está bien buena!», pensó.

—Oiga como le dije por el celular, quería agradecerle personalmente su gesto.

Jairo arrugó la cara: ¿Qué cuento se traía esa cachaca? Su silencio motivó a Marinela a seguir.

—La verdad estoy muy agradecida, ese dinero que me consignó me sacó de un aprieto grande.

Ella le tocó el brazo y lo miró a los ojos:

—¡Gracias! ¡Muchas gracias de verdá!

—¡Eso no me costó nada! —contestó él y mirando hacia atrás de nuevo, todavía desconfiando de la escena.

—Ese día, yo estaba tan preocupada y se me ocurrió marcarle; me dije: “Bueno, pues yo no es que lo conozca personalmente, pero bueno, pues a ver: si él me dijo que si necesitaba algo le avisara, pues yo le aviso y ya; Tocar la puerta no es entrar, ¿sí o no?”…la verdad es que esto no me ha pasado nunca, pues, ¿qué le digo?, en los cinco meses que tengo, pues, de estar aquí, no me había tocado buscar ayuda de los costeños, bueno usté perdone, pero es que, de verdá, ustedes… no es que tengan tan buena fama, bueno, pues por lo menos entre mis amigas de Medellín: ¡A todas como que les ha pasado algo malo con los costeños!

Jairo José se echó a reír, volvió a mirar y suspiró: tanto su encuentro con esta paisita, así como lo del tipo raro parecía ser producto de la casualidad.

—¡No fue nada! —dijo Jairo José como si su repertorio se hubiera agotado.

—¡Ay, si supiera!, fue mi amiga Gishela la que me insistió en que viniera: “¡Qué va pues mamita! ¿Y usté le va a tener miedo a ese señor? ¿Quién dijo? ¿Si querés voy con vos?”, “no tampoco” fue lo que le dije, ¿qué tal yo con miedos a estas horas de la vida? No mijo: ¡Primero muerta que chorreada en sangre!

Jairo José rebobinó la película que le contaba y volvió a mirar a sus espaldas: todo era como tan raro, ¿no?, así que decidió seguir la corriente.

—Entonces, ¿le sirvió la platica? —dijo Jairo, reparando de nuevo a su acompañante.

—¡Claro mijo! Imagínese pues que hasta me sobró.

—¡No! ¿Verdá? Pero, ¡qué bueno, ombe!

Pasaron por una cafetería a mitad del camino del estadio.

—¿Entramos? —dijo la mujer.

Jairo miró el celular y se dio cuenta que podía tomarse el café sin poner en riesgo su plan de ir al estadio.  Él pidió una cerveza y ella se tomó su café.

—Vea pues, como es la vida —dijo Jairo José—, entonces terminó este costeño por salvarle el honor a la paisita bonita esta, ¡eh, ave maría!

—¡Ve, qué grosero sos! ¡Intentando hablar paisa!, ¡no mijo, eso es duro pa´ los costeños!

Jairo soltó una carcajada que se escuchó por encima de los vallenatos ensordecedores que sonaban. La risa de ambos se fue diluyendo hasta quedar convertida en un largo silencio entre los dos.  Ella le tocó la mano y él le correspondió volteando la suya palma con palma y la apretó solo un poquito.

—¡De verdá me alegra mucho conocerlo! —dijo ella, indefensa.

—¿Mucho?

El silencio hizo que sus pupilas chocaran entre sí, el aire se volvió pesado y salía despacio por las fosas nasales llevándose el miedo y dejando así sin seguro la puerta a la que solo hubo que empujar para estar dentro.

En la cafetería estaban los que no tenían boleta para el partido, pero hacían tanta bulla como si estuvieran dentro del estadio.  En el fondo, un televisor a todo volumen replicaba la voz del locutor Edgar Perea que elevaba el nivel de excitación hasta su punto de efervescencia.  Casi se podía oler la pólvora y los juegos pirotécnicos con los que se celebraba por anticipado la tan anhelada clasificación. Jairo todavía rosaba la mano de Marinela con sus dedos, cuando alcanzó ver en la pantalla del televisor que faltaban diez minutos para el pitazo inicial.  Al mirar de nuevo a Marinela ella seguía en silencio. Levantó la mano y metió su mano al bolsillo para pagar la cuenta, pero Marinela lo detuvo.

—Esta vez yo invito —dijo.

Jairo José supo que el Junior había perdido la clasificación por el noticiero en el televisor del hotel que estaba ubicado detrás de la cafetería.  Cuando llegó a su casa eran las seis y cuarto del lunes.  Había vuelto por un camino distinto al que se había ido. ¡Siempre era bueno tomar precauciones! Introdujo su cepilló de dientes hasta su garganta: sintió nauseas.  Luego de un cuidadoso baño, se miró de nuevo en el espejo y decidió pasarse la rasuradora por su incipiente barba. “A caballo regalao no se le mira el diente”, dijo, apuntando con dos de sus dedos hacia sí mismo en el espejo: ¡Pum! y comenzó a cantar la conocida canción de Ricardo Arjona: Mujeres.

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6 comentarios en «Detrás de la cafetería»

  1. Jocoso relato, aunque me he quedado con ganas de saber qué fue lo que pasó; por qué la presencia de otro hombre igual a el protagonista.
    Jaja, felicitaciones, escritor.

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