SUEÑOS GUAJIROS

Yedenira Cid

Esa mañana una llamada me despertó, tomé el teléfono que se encontraba al lado de mi almohada y soñolienta todavía vi que era él. Emocionada contesté aún con voz aguardentosa y las neuronas sin querer reaccionar pues su descanso había sido interrumpido. Me llevó un poco de tiempo y de trabajo ordenar mis ideas con la noticia que estaba recibiendo. Colgué. Mi corazón daba saltos de alegría sentí que en algún momento saldría por mi boca.

Bajé a la cocina y me preparé el acostumbrado café de todas las mañanas, pero esta vez más cargado para terminar de creer lo que acababa de escuchar. No lo niego su propuesta me sorprendió, me sedujo poderosamente, y su voz, ¡ah, esa voz que me hacía levitar! Siempre tan determinante, precisa y voluntariosa. Ejercía tal magnetismo sobre mí como el flautista lo hacía en Hamelín con los niños; no pude resistirme, además el vuelo ya estaba pagado. El hecho de viajar a tierras lejanas era ya de por sí excitante, aunado a nuestro encuentro que resultaría espectacularmente delirante, supuse.

Disponía de seis horas y treinta minutos a partir de ese momento y hasta abordar el avión, o sea, nada. Corrí como loca por toda la casa, me bañé con una velocidad nunca vista en mí, decidí no secar mi cabello y dejarlo alborotado, me maquillé, me enfundé unos jeans, blusa de gasita, me calcé mis botas preferidas y tomé una chamarra por si las dudas. Desempolvé la única maleta decente que tenía, preparé dos cambios de ropa, allá compraría más si fuera necesario, atiborré el neceser y me dispuse a esperar al taxi que había llamado unos minutos antes de quedar lista.

Cercioré que Lili, mi gatita, tuviera suficiente comida, agua y dos areneros, además de dejar ligeramente abierta la ventana por donde acostumbra salir para no romper sus rutinas diarias de dar un paseo por la privada, corretear pájaros, mostrarse bravucona con alguno que otro gato o perro despistado y tomar el sol del mediodía recostada en el césped del jardín, prodigándose de la sombra que le cobija el árbol o los arrayanes y truenos que juntos hacen una valla.

El taxi llegó, teníamos que atravesar toda la ciudad para llegar adonde se toman los autobuses que van para el aeropuerto, del que saldría hacia ese país que solo por fotos y pláticas conocía. Faltaban aún cinco horas considerando que por ser un vuelo internacional tendría que estar tres horas antes. Me abracé a todos los santos para no encontrar congestionamiento vial o algún accidente que ralentizara nuestro trayecto pues contaba con el tiempo justo.

Aquella mañana y después del café de rigor, me había preparado un té de pasiflora con valeriana, pero como era de esperarse sus efectos no duraron tanto como creí; los nervios se habían apoderado de mí nuevamente. Pagué al conductor del taxi y bajé corriendo para comprar mi boleto del siguiente transporte. Con la prisa olvidé que llevaba una maleta, de no haber sido por el taxista que se apresuró a entregármela hubiera tenido que despedirme de ella para siempre. ¡Vaya, qué descuido!

Afortunadamente la salida del autobús hacia el aeropuerto era en cinco minutos, con una duración aproximada de una hora con diez. Ya instalada en el asiento asignado y del lado de la ventanilla, esperé a ver si alguien ocupaba el otro lugar. No tardó en aparecer una señora de edad avanzada: cabello blanco y ojos azules como el profundo mar, guapa a pesar de los años, me pareció conocida, se sentó y comenzó a leer un libro; la curiosidad me hizo interrumpir su absorta lectura para confirmar mis sospechas, era nada más y nada menos que la escritora y periodista Elena Poniatowska. La plática fue muy amena, terminé admirándola más. Me dijo que ella también volaría, pero en sentido opuesto. Por fin y sin contratiempos arribamos a la terminal aérea. Alegre me despedí de ella agradecida por haber aminorado mi estado de ansiedad aunque fuera por unos momentos.

Siempre me ha impresionado el magnífico aeropuerto internacional de la Ciudad de México. Dentro, todo es un tumulto, gente yendo y viniendo, esperando; comiendo en los pasillos, asientos o restaurantes; cambiando divisas, comprando regalos o artesanías, mirando la hora, charlando, en fin, de todo.

Dirigí mis pasos hacia la sala de vuelos que me correspondía y me acerqué al mostrador para registrar mi pase de abordar y pertenencias. Aún faltaban tres horas. Quise entretenerme con una revista que encontré en uno de los pocos asientos desocupados, pero no pude. Mi mente empezó a hacer un recuento de todo lo vivido en esta relación tan peculiar. Apuesto a que nadie creyó que llegaríamos hasta acá, pensé. Contra toda lógica y pese a todos los obstáculos o barreras geográficas, la relación se había ido alimentando con nuestras conversaciones diarias, llenas de risa, de intercambio de ideas, de planteamiento y replanteamiento de posturas, de cultivar nuestros conocimientos en temas de interés compartidos, de trabajar en pos de un objetivo en común, de un proyecto, pero, sobre todo, de compartir nuestras vidas y acompañar nuestras soledades. Había llegado el momento de conocernos, de tocarnos, de sentirnos. ¡Cuánto lo había anhelado!

La voz del altoparlante interrumpió mis pensamientos al llamar a todos los que subiríamos al avión. Sobresaltada tomé mi bolso de mano y el neceser, dejando nuevamente la revista en el lugar donde la había encontrado. Seguí a la gente que se enfilaba hacia otra de las salas.

Una vez en el avión deseé que mis acompañantes fueran mudos para poder descansar y seguir soñando con todo lo que aquella travesía me deparaba. La vida, como si hubiera respondido a mi petición envió a una pareja con edad similar a la mía, nos saludamos y todo volvió a quedar en silencio. Dormí a ratos. El viaje estaba estimado para siete horas; calculaba llegar por la noche debido, en parte, al cambio de los husos horarios. Esa mañana él acordó conmigo que estaría pendiente del vuelo para recogerme. Lo que me extrañaba es que durante el día no me hubiera vuelto a llamar, quise creer que tal vez estaría ocupado alistándose y preparando todo para recibirme.

El tiempo transcurrió con la lentitud de quien espera. Fue anunciado el arribo a la ciudad de destino; la emoción y la ansiedad me volvieron a embargar. Un cúmulo de preguntas se agolparon en mi mente: ¿Sería inolvidable el encuentro? ¿Nos reconoceríamos? ¿Nuestro primer beso haría “pop”, como en las películas? ¿Sería un beso largo y apasionado o solo un simple beso? ¿Estaríamos como adolescentes? En fin, imaginaba todos los escenarios posibles.

Después de haber tomado mi maleta caminé hacia la salida. Allí, en medio de toda la gente estaba él con su sonrisa resplandeciente, con tres girasoles en una mano y un libro en la otra, ¡qué lindo detalle! ¡Eran para mí! Irradiaba felicidad, luz en todo su ser y en sus ojos un brillo especial que nunca olvidaré. Nos fundimos en un abrazo, nuestros labios parecían estar imantados, hubiéramos deseado tener poderes mágicos y desaparecer.

Ya en su auto me convertí en un perico parlante, él reía de todo lo que yo decía; era evidente, estaba fascinado conmigo, y es que, cuando me siento nerviosa ocurre algo curioso: no paro de hablar.

Esa noche en su apartamento, no hubo preámbulo de nada, la pasión fue contundente, abrasadora. Los besos estaban colmados de impaciencia por estar uno dentro del otro. Extasiada y con su esencia en mí, luego que estuve recostada en su pecho, sus brazos instintivamente dieron cobijo a mi ser y dormimos un rato hasta que fuimos sorprendidos por el sol de la mañana.

Después de una buena ducha, preparamos el almuerzo, bromeamos y reímos de todo. Al terminar y como si algo extraño hubiera en el ambiente cambió su actitud: era otro. Con toda la seriedad me pidió no abrumarlo con preguntas pues me llevaría a un lugar al que debía ir. Condujo en silencio, pensativo, yo inútilmente buscaba su mirada, pero era evidente que él la rehuía, parecía estar concentrado en alguna situación que desconocía. Dentro del auto se respiraba tensión. Aquel sol tan resplandeciente del amanecer ahora era cubierto por nubes grises dando paso a una lúgubre atmósfera inexplicable.

Durante el recorrido hizo pausa en una florería para comprar de nuevo girasoles, tres. A partir de este hecho comencé a tejer historias en mi mente. Continuamos la marcha hasta llegar a una casa que se hallaba cerca de un parque. Al bajar del auto se me erizó la piel, pues hacía un viento helado que calaba hasta los huesos, él tiernamente me cubrió con su abrigo. Sin cruzar palabras entramos. Fue recibido con gran entusiasmo por una señora, calculé tendría mi edad, supuse que era la dueña de la casa. Entonces le entregó las flores que acababa de comprar y ella lo abrazó fuertemente y durante un tiempo que me pareció demasiado prolongado, lo besó y le tocó la cara como queriendo confirmar que seguía siendo el mismo. Sorprendida me mantuve mirando la escena que me provocó celos y confusión. Al escuchar el alboroto salió entonces de una de las habitaciones, una niña de unos diez años y feliz corrió a echársele a los brazos, él la cargó y estrechó con el mismo afecto.  Aquella mujer en tono de reclamo le preguntaba por qué se había ido, todo ese tiempo había estado muy preocupada por él y lo había extrañado. Ella se deshizo en atenciones, pero, para sorpresa mía, estas solo iban dirigidas a él.

La anfitriona empezó a hacer llamadas solicitando la presencia de personas para celebrar el retorno del hombre que hasta unas horas antes creí que su devoción y fidelidad eran hacia mí. Todo ese tiempo me sentí ignorada, pues continuaba sin hablarme. No tuvo un gesto de atención ni siquiera la intención de hacerme sentir parte del cuadro; permanecí en un rincón de la sala como si fuera invisible, tratando de analizar aquella situación que no me estaba haciendo nada bien. Contuve mis lágrimas con un nudo en la garganta mientras el dolor se apoderaba de mí.

Al poco rato la gente comenzó a llegar. Era poca. Supuse que eran los más allegados; se notaba alegría en sus rostros. Me invitaron a incorporarme a la mesa para cenar, esperé como una tonta a que él tomara asiento junto a mí, pero no fue así. Después de unas horas y al concluir la reunión me dijo que saliéramos a fumar, pensé que tal vez era el momento para responder a todas las preguntas que estaban atormentándome. Prefirió seguir en silencio con la mirada sumida nuevamente en sus pensamientos. Dimos la última bocanada de humo, y regresó al interior de la casa dejándome sola afuera; estupefacta y con un palmo de narices.

En ese momento un sinfín de reclamos comenzaron a hacer gala de su presencia en mi cabeza: ¿A qué carambas vine desde tan lejos? ¿Por qué no intuí que no todo sería color de rosa? Había escuchado que las relaciones por internet, algunas veces eran casos de éxito, pero otras muchas no. ¿Por qué no hice caso a mis amigas que tanto me advirtieron tener cuidado de no perder la cordura en manos de alguien que podría resultar un vividor? Si todo estaba clarito, no hay peor ciego que el que no quiere ver. ¡Claro, y yo aquí como idiota perdiendo mi tiempo! En el mundo lo que sobran son hombres. ¡Vaya, ahora sí supieron hacérmela y yo caí redondita como adolescente! ¡Tremendo mujerón que soy como para sufrir por alguien que le juega al vivo! Me encontraba verdaderamente enojada, pues el muy desvergonzado quería tener novia y esposa a la vez… ¡Y lo mejor, sin perder nada! ¡Este sí me salió más chulo que bonito!

Confundida, enojada, triste y decepcionada me devolví para la casa; al entrar, vi a los tres cómodamente acostados sobre un sofá grande, felices. En ese instante pude notar que la niña era igualita a ese hombre que había logrado despertar en mí emociones y causar sueños que se convertían ahora en guajiros, como decimos en México: utópicos. La pequeña se levantó, fue hacia mí y con la inocencia de su edad me pidió pasar esa noche y la siguiente con ellos, pues sería Nochebuena. Atónita ante su petición no supe qué decir y como autómata caminé hacia la habitación que creí había sido designada para nosotros, busqué mi maleta, el neceser y mi bolso de mano; verifiqué el documento que acreditaba el regreso a mi país, con fecha y hora abiertas. Furiosa tomé todo, fui adonde la escena de la familia feliz y agradecí por tan singular acogida en esa tierra lejana. Abandoné apresurada el lugar dando tremendo portazo.

Afuera, la noche y el frío me envolvieron, llegué hasta el parque a llorar desconsolada mi pena y el agravio. ¡Pero qué estúpida! ¡Cómo llegué a creer en un hombre que presumía de una ética y moral intachables! Me dije.

Después de unos minutos, tal vez una hora, me localizó; se miraba exhausto. Me tomó por los brazos acercándome a él, besó mi boca con la misma pasión de la primera vez, con la firmeza y la ternura que prodiga un hombre a su mujer deseando transmitir todo su amor, confianza y tranquilidad. Hasta ese momento rompió el silencio que nos había mantenido distanciados, ofreciendo disculpas por haber callado y no haber planteado con antelación la situación, pero no sabía cómo reaccionaría. ¡Qué tontería más grande, si soy más buena que el pan! Siguió con su justificación explicando que aquella señora, motivo de la discordia, había sido esposa de su mejor amigo, quien hace muchos años fuera asesinado durante una lucha por la igualdad social en esa nación, haciéndole prometer antes de morir, velar por el bienestar de la ahora viuda y de su única hija. No sé por qué razón no creí en sus argumentos, había algo que no terminaba de cuadrarme: ¡Allí había gato encerrado!

La alarma sonó justo en ese momento y me desperté aún sollozando, con un dejo de tristeza, enojo y decepción por todo lo que mis ojos habían visto durante aquella irrealidad. Lo que me consoló es que había sido solo un sueño, un sueño guajiro lleno de intensas emociones. ¡Caramba, qué locura!

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14 comentarios en «Sueños guajiros»

    1. Caramba Yede imagino el cansancio de la protagonista al despertar… Menos mal fue solo un sueño Guajiro.

      Me gusta mucho el ritmo narrativo que manejas, agarras al lector y no lo sueltas… Mientras leía tuve mi propio sueño Guajiro

  1. UF que bueno que solo fue un sueño…..
    Felicitaciones Yedenira es un buen mensaje para estos tiempos ben que todo lo tomamos a la ligera sin detenernos al análisis…

  2. Qué buen cuento, especialmente de una mexicana a la que la Guajira la hace soñar. Gracias por permitirnos ver tu estilo descomplicado y preciso que no permite que el lector se desprenda de la trama.

    1. ¡Magnífico! Me atrapó por completo, identificada con la energía efusiva, el enojo, la decepción y el corazón roto, mil gracias por seguir escribiendo, nunca deje de hacerlo, la abrazo fuerte, saludos. 🌸💖
      ~Dennis Álvarez.

  3. Víctor Daniel Gómez Cruz

    Una historia magnífica, y de transmitir sentimientos, nos hace ponernos en la situación, pues es una historia, donde los contrastes colapsan, donde se pasa de lo hermoso a lo grotesco en una sola escena, donde la imaginación, y la realidad convergen en la mentalidad.
    Felicidades y enhorabuena.!

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