CUITÍN

María de los Ángeles Montes

—¡Ya duérmanse con una chingada, yo no sé, mañana no estén chillando porque no les trajeron nada! —vociferaba la hermana.

Aquella fría noche era la más esperada por todos los niños de México. En el pasillo del viejo corral, aún quedaban pedazos de hojas arrancadas de las libretas escolares y lápices mascados con las que Cuitín y sus hermanos habían escrito sus cartas a los Reyes Magos. Su andrajoso zapato con suela de cartón yacía junto al nacimiento de la abuela Emelia, y en su interior, una carta con las máximas ilusiones acuñadas por el infante a lo largo de un año. Con letras garrapateadas y pobres de ortografía se leía:

Ceridos Santos Reyes:

Este año me e portado bien y quiero que me traigan una bisi y una pista eletrica      de carros. Ojala ora si puedan.

Los quiero mucho.

Cuitín

Con los párpados ya doloridos de tanto apretarlos, Cuitín en vano intentaba conciliar el sueño. Las risotadas y patadas constantes de sus hermanos por ganar un poco más de cobija y los gritos de su hermana mayor “la Negra”, imposibilitaban exponencialmente la tarea. Sus historias amenazantes de niños desobedientes que no se querían dormir y recibieron carbón por regalos, le espantaban de sobre manera el sueño. Además, ese año se había propuesto defender con mayor ahínco su zapato, no quería que ninguno de sus hermanos, con la intención de ganar oportunidad con los Reyes, lo robara y se lo aventara otra vez a los marranos; y es que ser uno de los más pequeños y flacuchentos de los seis hermanos no le ayudaba en mucho.

Su madre, doña Lupe, una mujer flaca de salientes pómulos y risa fácil, siempre platicaba del calvario que vivió al darlo a luz. Su tamaño tan pequeño no había ayudado en nada en la labor de parto y muy a pesar de las “manteadas” y terrones de azúcar con canela que la partera le daba a cada rato, no había podido “aliviarse” sino hasta el otro día. Cuando finalmente Cuitín abrió los ojos a este mundo, no hizo otra cosa más que llorar todo el tiempo, todos los días y por todo, obligando a su escuálida madre a siempre llevarlo consigo a todas partes, incluso a las casas en donde lavaba ajeno.

El trabajo de su madre en una tortillería y el lavado ajeno de ropa hizo que la Negra, como la llamaban de cariño, se convirtiera en la “má chiquita” de la familia. Se encargaba de cuidarlos, darles de comer, asear el cuartucho, plancharles y lavarles la ropa; aunque hubo un tiempo en que no pudo hacerlo, debido a que el uso constante de la lejía le produjo una serie de vejigas viscosas en las manos y por prescripción del pediatra, las tuvo vendadas día y noche. Oso, Mosca, Piti y San la obedecían un poco por cariño y un mucho por temor a las maneras extremas que tenía de hacerlos entrar en cintura porque, aunque solo era año y medio mayor que Cuitín, esto no lo salvó de que un día le abriera la cabeza con un vaso de veladora que le aventó por brincar en el colchón y reventarle un resorte.

Mientras la noche avanzaba el nerviosismo de Cuitín crecía. Fantaseaba con la idea de lo que haría con su nueva bicicleta: ¿A qué lugar iría primero? ¿Dónde la guardaría para que no se la robaran? Y, ¿Cuál sería el color del plástico que le pondría en la tijera para que hiciera ruido con el paso de los rayos? Soñaba despierto con aquella pista de carros Scalextric que un día había visto en la televisión de doña Chona; una señora rechoncha a la que apodaban “la Cabeza de micrófono” por su eterno peinado corto de chinos apretados y su mandil percudido que tenía casi grabado al cuerpo. La voluptuosa señora les cobraba un peso por entrar a su casa y ver un rato la tele. Colocaba minuciosamente papel periódico para que los chamacos no ensuciaran el piso lleno de pelos de sus gatos y colocaba encima varias sillas pequeñas de palma para que, a manera de auditorio, los niños que pagaran pudieran ver un capítulo del Chavo del Ocho o una hora de caricaturas con el Tío Gamboín.

Los ronquidos de su hermano Mosca sacaron a Cuitín de sus pensamientos. Tan absorto estaba en sus fantasías que no se dio cuenta cuando el pequeño se quedó dormido. De manera inmediata se levantó cuidando no despertarlo, sacó un pedazo de plástico amarillento que guardaba debajo del colchón y se lo colocó debajo de las nalgas; no quería que la Negra al otro día se enojara por haber meado el colchón otra vez.

Cuitín quería mucho a su hermano Mosca. Le gustaba llevarlo a las fiestas infantiles del barrio porque cantaba con mucha enjundia: Queyemos pasteiiii, pasteiiiii, pasteiiiii…, causando siempre mucha gracia a los anfitriones, lo que se traducía en rebanadas más grandes del delicioso postre para ambos. Disfrutaba llevarlo a “chajarear” como le llamaba al hecho de cazar pájaros en el río y a construir resorteras calentando palos viejos que recogían. En el mes de febrero construían papalotes con plásticos tirados, carrizos e hilo y los volaban en el llano cercano a la casona. Buscaban trozos de cartón o tapaderas de aluminio para mandar “mensajes” a través del hilo al colorido cometa en las alturas y, aunque nadie supo nunca quién fue el papá de Mosca, todos apostaban que había sido algún albañil o algo por el estilo debido a la extraordinaria pericia del crío en la construcción de objetos.

La falta de una figura paterna entre los seis infantes se vio todo el tiempo sustituida por su abuelo, don Cefe, “Pacha” como le llamaban ellos; un añoso hombre con bigotito estilo “hitleriano” que cuando estaba sobrio trataba de educarlos con disciplina y rigidez, pero ya con unos cuantos amargos y cervezas Victoria encima, los abrazaba diciéndoles lo mucho que los amaba.  Pacha cada vez que doña Lupe “fracasaba” la corría de la casa para meses después ir a buscarla, “darle el perdón” y traerla de vuelta con una nueva o nuevo miembro de la familia en brazos.

Debido a los múltiples “fracasos” de su mamá, Cuitín había pasado gran parte de su primera infancia en diferentes viviendas; a veces en un cuarto húmedo de vecindad, otras en un dormitorio de azotea plagado de chinches o en el peor de los casos, en una paupérrima casucha de piso de tierra construida con láminas negras de petróleo; esta última una noche ardió en un santiamén pues Oso tiró de manera accidental una veladora encendida sobre el petate donde dormían.

Cuando estaban en la casa paterna, al pequeño le regocijaba sobremanera la visita de su tía la Güera, hermana mayor de su mamá. A la Güera todas las hermanas le tenían respeto ya que era la única que se había casado “como Dios manda” y siempre que iba a visitarlas, les daba consejos para la vida. Cuitín encontraba placentero que siempre le acariciara la cabeza al llegar mientras con voz melosa le decía: Mi lindo; también cuando por las tardes calurosas de primavera llevaba su tocadiscos portátil para que escucharan discos de Leo Dan, Los Ángeles Negros y Rigo Tovar. Se sentaba en una vieja poltrona y subía sus regordetas piernas en un tabique para descansarlas de las gruesas várices que amenazaban reventarle la piel mientras repartía galletas de animalitos a sus múltiples sobrinos que, como marabunta, las devoraban.

Un día, entrada la mañana, llegó la tía Güera. Vio a Cuitín jugando en el corral por lo que extrañada interrogó a su hermana:

—¿Qué haces aquí mi lindo, por qué no estás en la escuela? ¡Lupe! ¡Lupe! ¿Qué hace mi lindo aquí a estas horas?, ¿eh? ¿Por qué no fue a la escuela?

Doña Lupe, que se encontraba en el fondo del amplio corral tendiendo la ropa de encargo, lacónicamente contestó:

Pos no va.

—Pero, ¿Cómo que no va?, ¡válgame Dios!, pobre creatura del Señor, de seguro no lo apuntaste, ¿verdad? —cuestionó lanzándole una mirada acusadora mientras se echaba aire con la mano.

—No tengo dinero —contestó penosamente la mujer—, don Goyo no me ha aumentado en la tortillería y la lavada está bien floja, con eso de las lavadoras de luz pos ya cada vez más clientas me dicen que ya no.

—Pues yo lo voy a apuntar —refutó la tía Güera, frunciendo de una manera la nariz que la hacía ver más chata de lo que era.

Tomando al infante de la mano, lo arrimó al lavadero en donde le acicaló el cabello, le sacudió la tierra del pantalón, con saliva le quitó las chinguiñas de los ojos y de manera apresurada tomando su bolsón, se encaminó con él a la escuela. En la entrada del colegio le compró una libreta, un lápiz y le dio 3 pesos para que en el recreo se comprara un agua de limón y una torta de huevo y persignándolo lo encomendó a San Judas Tadeo y al Niño Fidencio.

Por más discurso y una que otra lágrima que le echó la tía al director, no hubo más remedio que inscribir al niño en el turno vespertino, “el de los burros”, así era conocido, y como ya había comenzado el ciclo escolar, solo tuvo oportunidad de ser admitido en el grupo de Primero E, que era el grupo de “los niños grandes”, los que reprobaban año y los que eran lentos de entendedera.

Pero a Cuitín no le gustaba la escuela. No encontraba nada atractivo ser el más chaparro del salón y tener que aguantar las palizas que los “niños grandes” le propinaban casi a diario por nunca poder darles dinero; pero eso muy pronto lo atenuaría dejando de ir a clases los viernes y a veces también los lunes. Prefería andar en la calle buscando algo en qué ayudar y ganar unos cuantos pesos para comprar su ansiada bicicleta. Iba a la plaza de toros los fines de semana para ofrecerse como vendedor de cerveza y papas fritas; algo bueno para él ya que podía comer todas las papas que quisiera y a veces los espectadores ya beodos, le daban propinas. Pero para él nada tenía paralelo como la llegada del circo. En cuanto los chiquillos del barrio gritaban eufóricos por la calle: ¡El circo! ¡El circo! ¡Llegó el circo! decenas de chamacos salían corriendo hacia el pequeño solar con la intención de ir a ver los animales u ofrecerse como voluntarios para levantar la carpa y de manera gratuita acceder al espectáculo. Para nuestro niño, aspirar a una entrada al circo era algo inasequible, así que se alistaba y con Mosquita en la espalda “a machis” como él decía, corría también buscando una oportunidad. Afortunadamente su aspecto pequeño, desarrapado y con marcados jiotes en sus cuarteadas mejillas, despertaba entre los encargados un sentimiento de ternura y ante el griterío infantil de: ¿Le ayudo señor, le ayudo señor? los trabajadores usualmente terminaban diciendo: A ver: tú, tú, tú y tú el chiquito del hermanito cargando, vengan para acá. ¡Orondos regresaban a casa!, presumiendo a sus hermanos el brazo en donde uno de los trabajadores había escrito su nombre a manera de “pase de entrada” para la primera función del circo; la única condición era que los niños presentaran intacto el apelativo. Por supuesto Cuitín no permitía que nadie se le acercara ni tocara la firma y mucho menos se bañaba, no importaba que tuviera que esperar otros ocho días más para poder hacerlo; esas letras representaban una de las máximas alegrías que el niño pudiera experimentar en su misérrima vida.

Después de casi cuatro horas uno a uno los hermanitos fueron cayendo vencidos por el sueño, ahora el colchón solo se movía de vez en vez, cuando alguno de ellos se rascaba frenéticamente la cabeza alimentando los piojos. Afuera en el pasillo del corral, doña Lupe sigilosamente recogía sin leer, las cartas que habían escrito sus hijos. Con el rostro desencajado depositaba uno a uno los humildes juguetes que había podido comprarles. En el zapato de Cuitín, una pistola de dardos de plástico y una pelota ahuevada de vinil eran sus Reyes ese año.

Tal vez en el fondo de su corazón nuestro niño sabía lo que sucedería, que, al despertar, su ilusión se transformaría de nuevo en algo parecido a lo que experimentó cuando envuelto en un sarape, veía a lo lejos cómo su humilde vivienda de láminas era consumida por las llamas; o tal vez sería de calma, la misma que sentía cuando por el postigo del cuarto de azotea, veía el cielo encapotado en las tardes de tormenta. No lo sabía, pero lo que sí y a pesar de todo, tendría una nueva oportunidad de esperar a que los Reyes Magos del próximo año pudieran hacer el milagro.

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