OLOR A CEBOLLA

Limedis Castillo

Mi vida es un desastre; mamá vive preocupada porque durante el día padezco de sueño y me cuesta trabajo levantarme en las mañanas para ir al colegio. Una vez me llevó al médico; me determinaron una patología que se conoce como hipersomnio. Según el médico, padezco una somnolencia diurna excesiva producida por la mala higiene del sueño; es decir, un mal hábito a la hora de dormir. De todos modos, así sigo mi vida o, al menos, intento vivirla en este mundo tan convulsionado.

Entre Greta y yo hay química sexual; ella tiene mi edad; ha terminado varias veces en la sala de emergencia de un hospital, víctima de alguna borrachera. No es un caso aislado, yo también he ingresado al hospital por intoxicación etílica. “Los muchachos”, como yo llamo a mi grupo, nos iniciamos en el consumo del alcohol de una forma descontrolada. Nuestros padres no lo saben, bueno, ojalá no se enteren.

Al principio sentía terror de quedarme a solas con ella; uno que me recorría desde los dedos hasta la más recóndita neurona. Se me dilataban las pupilas y me hacía tartamudear.

Fue necesario tener una celestina; era Liliana, la novia de mi amigo Emmanuel a quien pagaba su ayuda con chocolates. Después de un tiempo, Greta y yo comenzamos a tratarnos hasta que nos hicimos novios. Yo había leído sobre las siete armas de seducción, que necesité para conquistar a esta mujer. Entre esas armas estaban: las miradas coquetas, los buenos olores y un sugestivo baile caribe. Emmanuel, mi mentor, me decía: “La seducción con las mujeres está en lo desconocido y lo extraordinario”; nunca entendí qué era aquello.

Me di a la tarea de comprarle a Greta una ropa interior. “Debes aprender el arte de desnudarla”, me decía Emmanuel, y continuaba instruyéndome: “Con lentitud… el contacto con las manos es fundamental, además, está prohibido hablar de embarazos y enfermedades sexuales”.

Quería estar todo el tiempo con ella. De noche veía por T.V. cable muchas películas eróticas y pornográficas y me imaginaba practicando con ella todas esas barbaridades y chimbadas. A mí me gusta el olor a cebolla; me atrae como la miel a las abejas, me excita y confunde, no sé por qué. Me despertaba la libido ese olor que salía de la cocina e inundaba las habitaciones; un olor a cebolla picada en salsa de ajo con mantequilla. Todavía me excita, hasta el punto de la erección.

En el colegio no me iba muy bien; el hipersomnio me mantenía en una somnolencia matinal enorme. Me dormía en las clases, en los pasillos y hasta en el recreo. Estaba en el cuarto período y llevaba cinco asignaturas perdidas. Hace algunas semanas me sorprendieron con una revista pornográfica; si bien, no alarmaron a mi acudiente, el profesor Tamayo, coordinador disciplinario, me condujo a bienestar social, una dependencia del colegio que funcionaba en un cuarto húmedo y un tanto oscuro lejos del edificio principal. Allí, un psicólogo que parodiaba a Freud me interrogó hasta el vértigo. Ese día me acostó en un diván y me hizo un test con preguntas íntimas, por ejemplo: ¿ha tenido usted, alguna vez, relaciones sexuales con una persona desconocida? ¿Durante su vida afectiva, con cuántas personas del otro sexo ha tenido relaciones sexuales? ¿Ha pagado por tener una relación sexual? ¿Cree usted que la pornografía presta alguna ayuda psicológica o sexual? ¿Cuántas veces al día se masturba? Estas y otras preguntas de ese calibre me hacía, que bien supe sortear, a través del engaño y las mentiras que afirmaba con rostro duro y decidido. Al final, creo que se irritó, citándome para una próxima sesión.

Muchas veces discutí con mi madre por el noviazgo con Greta y por mi amistad con los muchachos. Siempre la misma cantaleta: “Sí, porque usted no sirve para nada; sí, porque es igualito a su padre, un degenerado; tanto sacrificio por darle educación para que sea alguien en la vida… Se lo digo por última vez: cuídese de embarazar a esa muchachita que anda con usted, porque entonces, sí que le toca trabajar”. Huía a esos comentarios de forma inmediata, me producían náuseas.

Mi hermano mayor se había marchado. En la casa su actitud era irreverente; con los vecinos, igual. Usaba el cabello de diferentes colores: algunas veces era rojo, amarillo y, en muchas ocasiones, tenía el tricolor nacional. Usaba piercing en la lengua, el ombligo, inclusive, afirmaba él, hasta en los genitales. Andaba con sus amigotes, todos raros por supuesto, igual a él. Los traía a la casa, los metía en su habitación bajo la desaprobación de mi madre. Nunca presentó novia. Había llegado a la mayoría de edad, lo cual lo dejaba libre, según él, para tomar sus propias decisiones. Un día, le caí en su habitación, lo saludé efusivamente, él se conmovió de mi aprecio y estima. Nos llevamos bien, para qué, yo no me metía en su vida privada y él hacía lo propio. Ese día, me dijo: “Me voy de la casa, no soporto esta familia de mierda; mi vida está llena de soledad y tengo la oportunidad de compartir momentos de felicidad con alguien”. Me miró a los ojos, los suyos estaban hechos agua; sollozaba mientras me recalcaba: “Descuida, me voy a alejar del rechazo de mamá o de la crítica de la familia, me voy, sobre todo, por ti”.

En el barrio, me decían: “¡Hey, men!, tu hermano es pirobo; ¡hey, men!, tu hermano es gay; hey, tu hermano se mudó con un muchacho bien”. Nunca reñí con nadie por la condición sexual de mi hermano. No sé por qué no me reveló su preferencia sexual. Mamá lo sospechaba, pero para no tomárselo en serio, guardaba silencio. Mi padre siempre fue indiferente; trabajaba y trabajaba. Abogado de profesión, metido en el mundo de la política había sido elegido por períodos consecutivos como Diputado de la Asamblea Departamental; al fin y al cabo, también él tenía su mundo.

Mi hermano se marchó un día que mamá estaba de viaje. Se llevó todo lo suyo y me dejó su videocámara de recuerdo. Al principio, fue una cantaleta tras otra de mamá, refunfuñando decía: “Sí, porque una es la que friega el cuero para que luego le salgan con esa; sí, porque la vida que me ha tocado es tan dura y Dios no me mandó una hija. Qué esperanza tengo yo con estos buenos para nada. Ninguno de los dos me va a servir. Tanto se jode una para criar cuervos…”. Luego de un tiempo, se adaptó a la ausencia de mi hermano Leonardo.

Como les dije, a mí me gusta el olor a cebolla, me cautiva, estimula y también me complica la vida. Nada como eso para incitarme al abismo. La muchacha del servicio doméstico tal vez descubrió mi debilidad; creo que sabe de mis erecciones cuando está cocinando.

Yo solía ir todas las tardes a buscar a Greta a su colegio; cursaba once igual que yo. Hablábamos como unos loros. Nuestro noviazgo era normal, incluía llantos, pataletas y separaciones con sus debidas reconciliaciones. Unos meses atrás nos fuimos a un motel e hicimos el amor; llevamos aguardiente y pasabocas. Yo tenía dinero. Ella estaba asustada, yo no. Nos desnudamos y por primera vez pude ver su cuerpo, estaba intacta. Su olor de adolescente, a talco perfumado de flores, fluía hasta el éxtasis. Aquella fragancia emanaba de sus cabellos, de su nuca, de sus pechos, de sus axilas. La piel era blanca y suave; los labios rojos y dulces; luego, esos senos grandes, duros como piedras y las caderas ágiles, ya casi redondeando su sexo. ¡Dios mío! su sexo… No tengo palabras…

Fue difícil. “Me duele”, afirmaba entre besos. Redescubría su olor a ras de piel. En esa frondosidad de su sexo, yo era nadie. Bullía nuestra sangre y le dimos rienda suelta al desenfreno. La borrachera nos ayudó mucho para lo que pretendíamos hacer; al final, quedamos agotados. Pagué la cuenta del motel y cuando estaba anocheciendo llegamos a nuestras casas como si nada.

Nosotros no nos cuidamos durante la relación sexual. Estuvo una semana preguntándome: ¿Y si quedo embarazada? Ya imaginaba a mi madre armando la grande en la casa y profiriendo amenazas y maldiciones. Duramos varios días sin vernos, tal vez por pena o por miedo. La expectativa era desesperante. A los quince días de nuestra primera relación Greta me llamó al celular y me dijo: “No te preocupes, cariño, ya me llegó la menstruación. ¿Cuándo nos vemos?”; su voz sonaba tierna y lujuriosa. Descansé al recibir la noticia, por fin pude comer tranquilamente, pero el hipersomnio me apaleaba. Con esta enfermedad solo podría ejercer el oficio de escritor, y yo que quería ser controlador aéreo.

Ya superada aquella primera circunstancia volvimos a disfrutar del sexo casi todos los días. Muchas veces no veíamos espacio, ni lugar ni tiempo para tenerlo, lo hicimos en la cocina de mi casa, en el parque de Los Mártires, en el baño auxiliar, en el garaje de su casa, en el baño de la biblioteca pública y en cualquier sitio donde las miradas y las sombras nos lo permitieran. Ella, gracias a Dios, se estaba cuidando.

Otro día, nos fuimos de paseo, Emmanuel llevó cuatro botellas de Habana Club que eran de su padre y un pucho de cannabis sativa regalado por un primo artista suyo, adicto a la hierba de los libres pensantes. Nos bañamos en el río y comimos como fieras una suculenta sopa de rabo que vendían a orillas del río. Bebimos y nos fumamos el puchito hasta que alzamos vuelo y perdimos la noción del tiempo. Emmanuel y Liliana se perdieron en un camino, al parecer el bosque se los tragó. Yo hice lo mismo con Greta. Al poco rato regresamos satisfechos pero mugrosos como nunca, de tanto polvo, suelo y monte.

A las cinco y treinta, Emmanuel y Liliana se marcharon, yo me quedé con Greta tirándole piedrecillas al río, un río débil que corría agobiado. Las sombras de los árboles de ceibas y robles custodiaban sus orillas sin más pretensión que su propio beneficio. A eso de las seis de la tarde, yo saqué valor y me levanté, logré llevar a Greta a su casa pues estaba ebria. Sus padres no se darían cuenta, era sábado y, sin duda, estarían en el club social “El Virrey “, seguramente llegarían a altas horas de la noche. Ya la oscuridad caía sobre la ciudad y la vida nocturna comenzaba a resurgir.

Al llegar, me dijo: “Quédate”, me negué; alegué que mi madre estaría furiosa. Insistió. Estaba trabada. “No puedo, debo irme “, le dije. Así lo hice; me fui como levitando por las calles, tomé una buseta y llegué a casa. Mamá me esperaba.

Por cierto, olvidé decir que, dos meses atrás papá se había ido a vivir con su asistente, estaba embarazada.

—Hola, madre —le dije, viéndola frente al tocador.

Ella miró la facha que traía. Me reclamó con su cantaleta: Y usted dónde andaba, parece un pordiosero.

–Haciendo un trabajo de Química —afirmé entre labios.

No sé por qué no le dije la verdad, no quería que sufriera. Ya bastaba con la situación de mi hermano Leonardo y la canallada            de mi padre.

Ella continuó hablando, tenía una camorra montada: “Sí, porque usted es un abusivo igualito que su padre, un pervertido, usted es mi niño y mírelo mugriento y borracho, ¿qué esperanza tengo con usted? Es un degenerado igualito a su padre”.

De la traba de marihuana que tenía, yo sólo escuchaba, o creía escuchar, a lo lejos, esa suerte de palabrería obscena.

—¿Está entendiendo cómo son las cosas en esta casa?

—Sí, señora –le respondí tratando de evadirla—. Mañana hablamos.

Mi habitación estaba organizada: la cama tendida; cada cosa en su sitio, mi guitarra, mi colección de cachuchas, mis libros de poesía y cuentos, mis cuadernos, los zapatos acomodados, todo en perfecto orden. En la cocina había movimientos; estaban preparando la cena. Me quité la ropa y me dispuse a dormir: Mi madre se estaba alistando, tenía un viaje. Ella era visitadora médica. La muchacha del servicio doméstico cantaba desde la cocina, oía su voz desplomarse, imitando a Juanes, se le notaba contenta. Al cerrar la puerta y dejar a mamá en el taxi que la llevaría a la terminal de trasporte, dejó escapar un gritico de deseo. Subió a mi habitación, sentí sus pasos, abrió la puerta, traía una botella de algo, luego, sin más preámbulo, me brindó un trago y se despojó de la blusa y el jean. ¡Carajo! qué linda estaba. Fijé, entonces, mis ojos en su desnudez. “Te tengo una sorpresa”, dijo. Yo tenía los ojos incendiados. Ella brincaba como una gacela. Una tanga amarilla custodiaba su sexo. “Debes aprender el arte de desnudarla”, recordé las palabras de Emmanuel, en toda su poderosa dimensión. Se me acercó y nos besamos, sus labios carnudos mostraban las ansias incumplidas y los sueños incluidos. Una peregrinación de deseos venía y se iba como olas. Desnudos, éramos uno, entre el ruido de mi camarote. Entre tragos y besos el olor a cebolla era inconfundible; ese olor que manaba de sus axilas era un olor a cebolla picada en salsa de ajo con mantequilla y me excitaba, me confundía, me llevaba al clímax. Pensé en mi madre y su cantaleta. Pensé en mi padre, en su ausencia y en su nueva familia. Pensé en mi hermano, en su cabello rojo, en sus piercings, en los genitales y en su amante. Pensé en Greta, en nuestro noviazgo; creo que no me lo perdonaría, pero ¡qué demonios!, ésta es mi vida y, al menos, trato de vivirla. A todos los borré de mi mente con un brochazo de olor a cebolla y, ya casi ebrios, nos dispusimos a hacer el amor. Aunque mamá, bajo cualquier pretexto, se hubiera regresado y se hubiese asomado a mi habitación, me sería indiferente.

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