EL ALMENDRO

Alejandro Rutto Martínez

Nuestro viejo almendro con sus cuatro metros de alto y sus ramas extendidas en todas las direcciones era uno de nuestros mejores amigos en aquellos años en que las sonrisas de la infancia adornaban nuestros rostros curtidos por el sol calcinante de la mañana y por la arena recogida en las excursiones permanentes hacia los rincones ruidosos de las más inimaginables travesuras.

Junto a su tallo rugoso y rudo nos contamos los secretos más importantes: el lugar donde escondíamos las almojábanas sustraídas del horno donde mamá las guardaba celosamente antes de mandárselas a la abuela Meme; el remedo al español precario de nuestros padrinos extranjeros; los defectos imperdonables y la fealdad extrema de las novias de nuestros hermanos mayores. Ahí, a su lado, cobijados por benévolas sombras, planeábamos qué pediríamos al niño Dios en diciembre, y las perversidades que le haríamos al viejo Epifanio, al señor Lito y a don Ovidio en el día de los inocentes.

No obstante, lo que más nos gustaba de ese viejo amigo clorofiláceo eran sus cuatro metros de altura que nos permitían escalar al segundo lugar más alto del mundo conocido después de la antena recién instalada del televisor en blanco y negro que los viejos sacaron a crédito donde «Chito Guerrero». Montarse a ese almendro alto, viejo y quebradizo era una aventura peligrosa y apetecida por quienes formábamos parte de la pandilla de sus amigos.

Todavía me duelen las costillas al recordar el porrazo salvaje y los gritos lastimeros causados por el aterrizaje forzoso, inesperado y abrupto el día en que caí de unas de sus elevadas ramas.

Pero, era el riesgo lo que alimentaba nuestro espíritu de aventura y una y otra vez estábamos subidos allá, en lo más alto, en las últimas ramas, las más quebradizas, por cierto. Estas sostenían un romance fugaz con las nubes en las escasas tardes de lluvia con las que Dios premiaba los muy pocos días en que éramos capaces de controlar los ímpetus de la edad primera y nos portábamos bien, según el juicio de los mayores.

Cuando estábamos subidos en sus ramas inertes, casi sin respirar para que nadie nos descubriera, fuimos testigos del milagro soberbio de ver cómo las horas pasaban tan rápido como los segundos en el reloj de nuestras alegrías. Qué corto era el tiempo en esa época en que el universo era el surco de las golondrinas en el cielo mil veces despejado de nuestras tardes veraniegas y el mundo era una hoja seca en su caída lenta hacia el piso desnudo de nuestro venerado desierto.

Sin mucho esfuerzo podíamos ver la llegada y salida de aviones y helicópteros en el aeropuerto con nombre de santo patrono; las jugadas extraordinarias de los futbolistas en el estadio; las artes adivinatorias de las tres pitonisas residenciadas en los alrededores; o la cara sin gracia de las prostitutas de Casa Blanca, el bar de los pobres, vencidas por la edad y el hambre.  Ellas, quienes hacían esfuerzos inenarrables para evitar que sus clientes enlagunados por el whisky se arrepintieran de haberlas contratado, o las puticas de «Las Musas», el bar de los ricos, de vientre plano, cara radiante y la sonrisa seductora de sus quince años, quienes, con el movimiento enloquecedor de sus caderas y piernas bien torneadas, lograban quedarse hasta con el último bolívar de sus deslumbrados amantes de una noche.

Así pasaban las horas entre el laberinto de las tareas escolares medio abandonadas y la cita cotidiana e ineludible con el almendro. Un día mirábamos hacia un lugar y otro día hacia el otro. Una mañana del Día de los Difuntos en que no hubo clases, ni fuimos al cementerio porque no teníamos a nadie viviendo del otro lado, nos trepamos desde que las primeras luces del sol comenzaron a iluminar. Enfocamos nuestros ojos hacia el aeropuerto, en donde ya esperaban la llegada del primer vuelo, los viajeros cargados con sus maletas atiborradas de mercancías extranjeras, sus bolsillos vacíos, sus rostros angustiados y su cara demacrada por los estragos de una noche negada para el sueño.

Para aquella época el aeropuerto vivía sus tiempos de esplendor al ritmo de la bonanza, las ventas multimillonarias y los negocios absurdos en que en un solo día se podía triplicar y hasta quintuplicar el capital invertido.

Los aviones zumbaban sobre nuestras cabezas y el nuevo juego consistía en probar quién era capaz de recordar la matrícula de las aeronaves o la cara de los pilotos. Casi siempre coincidíamos, nadie perdía. Teníamos los ojos saludables de nuestros primeros años y esos aviones pasaban verdaderamente cerca de nosotros, casi podíamos tocar su fuselaje.

Los aviones azules de Avianca eran los más grandes y relucientes; los aparatos grises de Satena eran los más raros; y las máquinas envejecidas de Aerocóndor, estas nos hacían pensar que la ley de gravedad vista en la clase de Ciencias Naturales en el colegio, hacía sus excepciones de piedad y misericordia con los pobres pasajeros que se atrevían, en un acto heroico y corajudo, a montarse en semejantes chatarras.

Cuando íbamos a la sala conocíamos el significado verdadero del verbo temblar que la profesora de lenguaje trataba de explicarnos sin éxito. Temblaban los vasos en las mesas, las lámparas de petróleo que colgaban del techo, el anafe lleno de brasas en donde comenzaba a prepararse el guiso de chivo, el piso, temblábamos los niños de miedo y los mayores de rabia.

El avión que pasaba tan cerca de nuestro techo rozando casi la antena de nuestro televisor era un armatoste tan raro como el nombre de la aerolínea para la que volaba: Urraca. Su número estaba borroso pero nos parecía que terminaba en 123 y sus colores eran el blanco y el rojo.

Nos prohibieron rotundamente volver a nuestro árbol porque mamá tenía el temor de que esa sería tarde o temprano la sepultura de un artefacto tan ruidoso como los pajarracos de los cuales tomaba el nombre. Las doce del día era la hora exacta en que hacía su aparición y esa era también la hora en que mi hermana, una adolescente que seducía al mundo con la belleza alucinante de sus dieciséis años, tomaba su baño previo a la partida hacia el colegio.

Una vez sorprendí al piloto a unos metros de nuestro techo, mirando con ojos entusiasmados. El baño de nuestra casa no tenía techo y los ojos de mi hermana no tenían cataratas, los del piloto tampoco. El avión quedaba suspendido por unos segundos en el aire mientras él y ella se miraban, y se decían cosas que yo no entendía en la candidez de mis nueve años. Mi hermana prolongaba su sonrisa y el hombre de la nave renunciaba a su parpadeo. Sospecho que su corazón dejaba de latir mientras contemplaba el rostro sencillamente bello de aquella mujer en tierra. ¿Y mi hermana? Ella se marchaba al colegio llena de felicidad y regresaba en la tarde aún llena de gozo, volviéndose a meter al baño, seguramente para ensayar de nuevo, la escena del próximo día.

Mientras tanto mis padres estaban cada vez más preocupados por el avión. En una especie de consejo de familia decidimos subir otros tres metros la antena del televisor, de esta manera tendríamos un espantapájaros particular, que para el caso sería “espanta aviones”. Todos aprobamos la idea menos alguien, que permaneció en silencio y se fue a la cama con los ojos inundados en lágrimas y el corazón invadido por la tristeza. El asunto funcionó y por unos días, gozamos con más tranquilidad la reunión obligatoria del almuerzo; mi hermana, en cambio, vivía como un péndulo que nunca terminaba su viaje perenne y monótono, de la soledad hacia la tristeza.

Unos días después de haber elevado la antena llegaron unos policías a la casa y hablaron amablemente con mi papá, entregándole una carta en donde la aerolínea, en términos cordiales, le pedía su colaboración para bajarla: «Esperamos su patriótica colaboración», concluía así la misiva. Cuando tuve la carta en mis manos, me llamó la atención el membrete de la empresa: al lado izquierdo de la hoja estaba la imagen de un piloto, me pareció muy conocida. Los policías se fueron por donde vinieron y mi papá puso la antena en su altura original. Volvimos a sentir el rugido del avión sobre nuestras cabezas, nuevamente vi al avión suspendido por unos segundos y la sonrisa enamorada compareciendo en los labios del piloto y la mirada absorta y perdida de mi hermana.

Aquel encuentro duraba unos segundos, pero era como si el reloj se detuviera en la entelequia inexplicable de los amores imposibles. En un instante la lógica volvía a sobreponerse y el artefacto volador continuaba su rumbo. El piloto iba a su destino en tierra y mi hermana hacia su colegio a su cita diaria con las buenas notas. Mientras caminaba, sus pies iban flotando como si no pisara el suelo sino la ilusión del amor que todos los días le venía del cielo.

Mis padres convocaron a un nuevo consejo de familia para estudiar de nuevo la situación del peligro inminente. Algunos plantearon escribirle al presidente, otros pensaban que era suficiente hablar con el alcalde y mi papá en conversar con los directivos de la compañía. Todos hablaron queriendo erradicar el molesto avión, menos una persona. Mi hermano Víctor, mi hermano, ofreció usar la honda con que cazaba pájaros para darle su merecido a aquel pájaro metálico, pero su propuesta no tuvo eco. Al final, mi mamá resolvió el asunto con el sentido práctico que solo las mujeres humildes tienen. Sencillo y sabio fue lo que dijo: «Lo único que hay que hacer es ponerle techo al baño». Nos quedamos callados, nadie dijo nada. Alguien quiso hablar, pero calló, se fue a la cama temprano donde se encontró de frente con sus lágrimas abundantes y sus duermevelas sucesivas.

Al día siguiente, mi viejo con sus manos fuertes como el acero colocó cuatro láminas de zinc sobre el baño. Puntual el avión volvió a pasar bien bajo, como siempre, pero se marchó antes de lo acostumbrado. Pero, ¡qué sorpresa!, dio la vuelta y regresó, quedando suspendido nuevamente por unos segundos. El vientre del avión brillaba por la intensidad del sol, aumentada varias veces por el brillo de las láminas de zinc recién instaladas.

Cuando mi mamá dispuso la mesa para el almuerzo notó que faltaba alguien y enseguida preguntó:

—Bueno, ¿y mi hija dónde está?

—Fue a bañarse donde la vecina, la comadre Nelvis, porque aquí se nos acabó el agua —contestó Gilma, una de nuestras tías políticas que se hallaba de visita en nuestra casa.

—¡Anda, nofriegue! ¡Si donde Nelvis tienen el techo sin baño! Con razón ese avión no se iba.

Todas las veces el avión daba varias vueltas antes de hacer su viaje hacia ciudades lejanas; un día, no volvió a verse más. En el titular de un periódico leí: «Urraca suspende sus vuelos». De un momento a otro se acabaron los temblores de las doce, la caída de los vasos, el vaivén de las lámparas y las miradas tiernas junto a las sonrisas enamoradas.

Pudimos volver a subirnos al almendro a la hora que nos diera la gana; volvimos a contemplar a Elvira, la pitonisa de las cartas, cuando revelaba sin rodeos los secretos encriptados de las mujeres adúlteras y los hombres fornicarios a todo aquel que tuviera tres pesos para pagarle la consulta; vimos jugadas grandiosas en el estadio, como el gol de “El Panadero” cuando eludió a tres rivales y le hizo un paraguas al portero para hacer uno digno de los mundiales de fútbol; escuchamos a Jairo Romero cuando relataba el sutil encanto de la pelota presumida y rápida que describía una curva caprichosa antes de estrellarse con violencia en el piso de piedra y polvo de la cancha, lejos del marco en donde debía cumplir una cita con el éxtasis del gol.

Un día cualquiera, cuando la infancia me abandonó en la soledad de mis diecisiete años, fui al aeropuerto, contemplé una pista negra y resquebrajada por cuyas grietas se escurrían los vestigios de mi pasado; me vi enfrentado al horizonte incierto de la tristeza y a las huellas borrosas de la nostalgia.

En un rincón lejano advertí el espectáculo deprimente del cementerio de aviones y entre ellos, un trimotor corroído por el óxido y por el tiempo. Me aproximé con paso lento como quien camina por un sendero alfombrado de amargura y vi de cerca a los viejos aviones, veteranos de mil vuelos.

Uno de ellos era rojo y blanco; asaltado por un presentimiento busqué su número: se veía borroso, pero sobrevivía un dos y un tres. ¿Y el uno? Me pregunté. No estaba, en su lugar solo había una mancha de óxido.

Miré la ventanilla a través de lo que ahora era un orificio irregular y por la cual había contemplado muchas veces el rostro de un hombre que desafiaba el viento, la tempestad y el peligro pero que no fue capaz de bajarse de su nave para recoger el fruto de la semilla que un día sembró con sus sonrisas y miradas.

Mi hermana aún joven y ya con hijos, navega por los aires frescos de su nueva vida y de un pasado de “baños al mediodía” al parecer olvidado, tanto, que no le importó cuando le dijeron que el techo del viejo baño había desaparecido con los vientos fuertes del coletazo de un huracán que pasó por el Caribe.

Cuando puedo regreso al lugar ocupado por el viejo almendro que hace unos años se vino abajo arrastrado por su vejez. Recuerdo los días de nuestras travesuras mientras observo la antena del televisor todavía erguida e imagino a un pequeño posado en ella y a un piloto que desciende y me invita a subir, mientras volamos por la ciudad miro hacia abajo, pero ya las muchachas no están en los viejos baños sin techo de los patios.

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