TESTAMENTO

Elbert Romero Barrios

Cuando llegue el día de mi viaje a ese lugar donde no compré tiquete de partida y de imposible retorno, por favor, a uno de los costados de mi fotografía, en sus solidarias publicaciones, no colocar el popular y sombrío lazo en manifiesto mensaje de pesar, como tampoco la ostensible lúgubre rosa, aunque roja, vetusta y marchita, con pretensiones de atrapar la vista de furtivos lectores, cuyas miradas a diario se pasean por las redes del desvelo. Imagen muchas veces acompañada de una familiar frase lapidaria de cajón copiada y replicada de unos a otros: “VUELA ALTO”. Yo la traduciría, quizá de manera irrespetuosa en: ¡EXCAVA PROFUNDO!

Esa manifestación no corresponde con mi persona, bien puedan poner al lado y lado de esa efigie, arrugadas hojas de papel de las tantas por mí lanzadas sin tino a la caneca, con errados rayones e ilegibles invocaciones y, esparcidas en el suelo como bolas disformes.  Sitúen trozos o trazos de coloridos lápices donde exalto a la vida en variopinto enredo de letras, miles de veces por mí indescifrables.

Me representan, esas tarimas de imponente altura, desde, donde acompañado con fantasiosos y cómplices amigos, armados de voces e instrumentos en manos, al viento y a un vasto conglomerado ansioso, fundamentado y crítico, lanzamos profundos versos aun presentes en etéreos espacios.

Me representa, ese viejo acordeón ejecutado con pulso firme, en forma magistral por “Tulita”, mi vieja querida, donde aún flamean de sus fuelles ese inmarcesible merengue, marcando entre sonrisas cada nota del pentagrama; un trémulo paseo con octavas, fusas y semifusas; una picaresca e irreverencial puya o el quejumbroso lamento del son.

Me representa, aquella sonora guitarra, la que un día el viejo “Chofre” a Maty le regaló y que, en mis manos quedara como el síndrome del libro prestado, pues jamás a ella volvió. Convertida por siempre en mi eterna confidente, respondiendo a profundas tristezas, exaltando mis alegrías al rasgar en forma torpe cada cuerda, mientras con voz desafinada y sin métrica en serenateras noches, perturbaba a vecinos de agraciadas damas y para colmo, ni en las ventanas sus rostros aprecié, pero sí el escuchar voces de señoras con terminologías iracundas y grotescas que gritaban desde adentro: “Vayan a joder a otra parte, pilas”.

Me representa, el frondoso palo e´ tamarindo, aún con el revolotear y chillidos agudos de intrépidos murciélagos en el patio de mis otros viejos: Nildo y Benilda, auspiciantes de mis parrandas con amigos hasta despuntar el sol, quienes en señal de victoria y en medio de la juma, saludaban con detonaciones al aire el despuntar de un nuevo día, amigos hoy corregidos, cuyos lazos cada día cobran más vigencia.

Me representa, mi abnegada familia, fiel testigo de mis insolencias, de mis terquedades y constancia perenne por ver realizados a cada uno de sus integrantes. Esta, mi mayor felicidad. 

Me representan, aquellos textos escritos a cuatro manos, donde expuestos al paredón fusilados fuimos miles de veces por colegas diestros con el manejo de la creativa pluma, cuyas voces solo lograron avivar la llama de insolentes letras.

Cuando llegue el día de mi viaje a ese lugar donde no compré tiquete de partida y de imposible retorno, queridos familiares, inolvidables amigos, por lo menos, desde ya, bien saben lo que me representa, bien saben qué hacer.

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