EL CONVERTIDO

Aaron Parodi Quiroga

Pacho anda por el mundo criticando a todos, detestando todo, cuestionando lo que a su buen juicio está fuera del orden natural. Increpa a sus vecinos borrachos, compañeros de otrora, cómplices de bacanales interminables en largos fines de semana. Predica a pulmón vivo su nueva vida y la luz de la salvación; viste camisa manga larga tan desgastada que evidencia su miserable humanidad y un pantalón de color no identificable pretendiendo dar la impresión ceremonial y de distinción inexistente.       

Pero su realidad es otra: es pobre y servil. Logró conseguir un trabajo como operario en una fábrica de ropa, cuyos dueños utilizaban su posición para obligar a sus subalternos pertenecer a la congregación religiosa que, antes de salvarlos de la podredumbre mundana, era la herramienta expedita para constreñir los derechos laborales y alcanzar su sumisión absoluta, so pena de perder sus paupérrimos empleos y el cielo, por supuesto. Aspira tener el dinero de su ostentoso jefe.

El abnegado Pacho profesa, equivocadamente, que su actual existencia le traerá prosperidad. Lo obligan cada domingo salir a predicar por las calles, repartir volantes ignorados en recipientes de la basura y a veces, lo encargan de algunas tareas caseras en la hermosa mansión de sus idolatrados dirigentes. Tal es su obnubilación, que estas acciones son necesarias para lograr la fortuna de él y su familia, importándole nada la magnitud de su degradación.

Asiste a la misma iglesia de sus empleadores, pero no es bien visto; aun así, lo hace puntualmente en la banca de atrás para no ser objeto de miradas inquisidoras. Eso sí, no cambia ese momento sublime cuando pasa al frente a entregar el diez porciento de su remuneración salarial. Se siente grande y entiende haber dominado a aquellos que lo critican solapadamente y ahora lo aplauden por su generosidad y compromiso. Terminado el oficio religioso, se va a pie hasta su casa en el extremo sur de la ciudad, en el suburbio a dos horas y media de camino; mientras, sus hermanos de fe abordan sendas camionetas blindadas y sus escoltas corren a atenderlos para evitar esfuerzo alguno al subir.

Pacho hoy es mala gente. Se cree importante en medio de miserables y sumiso entre sus superiores. Es obligado a votar por candidatos de derecha, defiende sus risibles propuestas sin asco, critica a los contrarios descarnadamente, y a los representantes de la religión oficial acusa de pederastas. Se ha vuelto aburrido y solitario. Aunque ya no toma, muy en sus adentros extraña a sus amigos de parranda y no le gustan las apariencias, pero considera que su sacrificio es necesario para obtener el paraíso.

Recuerda esas largas sesiones de risa y la espontaneidad de sus compinches, las conversaciones insulsas alrededor de un trago añejo, la puntualidad para reunirse en la esquina, la sinceridad y el dulce sabor de la irresponsabilidad.

Esta mañana, el Jefe de Personal le entregó un comunicado manifestándole la no necesaria presencia suya en el templo, su diez porciento será descontado de su nómina. Por primera vez en muchos años, gritó:

¡Maldita sea! ¡Mejor me los bebo!

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3 comentarios en «El convertido»

    1. Bravo Aaron! 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻 La triste realidad del negocio de la espiritualidad. Desafortunadamente, por eso nuestras sociedades están tan carentes de un sustento moral.

  1. Buen tema, por lo contemporáneo; desgarradora narración que pone de relieve el macabro negocio de la fe, no obstante, detrás del telón se escurre gota a gota la inexorable verdad de que todos daremos cuentas a Dios, al final de todo: Ellos, por lo de ellos; nosotros, por lo nuestro.

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