GAITÁN, UN PUEBLO

Aaron Parodi Quiroga

Apartado de toda pretensión jactanciosa que insinúe conocer en algo la vida y obra de quien, como lo diría él mismo, representa un pueblo, hoy  muy osadamente y sin contravenir la realidad histórica, me he lanzado a la batalla de las letras que permitan reivindicar la acción de uno de los hijos probo de toda nuestra savia política y social: Jorge Eliécer Gaitán.

Al igual que la flama se integra con la madera seca para aniquilar las tinieblas del oprobio, calentando las noches perversas que la rancia oligarquía criolla ha creado para sus lujuriosos y mezquinos intereses, iluminando a los desamparados, rescatando la moralidad y democracia de un pueblo sumido en la desesperanza y olvido, quemando de raíz la maraña montada para los espectáculos bochornosos de los cuales la historia tiene innumerables razones y argumentos, así mismo, aparece el fragor de una voz palpitante en el escenario macabro de nuestros vergonzosos días. Aquel hombre de tez morena y de firmeza en sus argumentaciones, sembraría de ilusión los corazones de aquel pueblo vilipendiado por años, víctimas del más descarnado sistema excluyente.

Impregnado con una gran sensibilidad social y humanista, evidenció denodadamente los vejámenes a los que era sometido el pueblo colombiano para la satisfacción de las necesidades de una clase dirigente corrupta y arrodillada a las pretensiones del capital transnacional. Su presencia en la zona bananera para denunciar ante el Senado de la República la matanza de humildes campesinos que reclamaban mejores condiciones laborables y de las arbitrariedades cometidas por la United Fruit Company, dejaba ver su incorruptible espíritu patriota.

Dotado de una excepcional oratoria, transmitía toda la pasión al vituperado pueblo colombiano. Luchador incansable por el rescate de la igualdad y la libertad, emplazó en reiteradas ocasiones sus denuncias, las cuales encontraron asidero en la muchedumbre que anhelaba con fervor cambios significativos de la maltrecha democracia nativa. Atacaba vehementemente todo aquello que representaba la exclusión de los pobres por parte del gobierno de Ospina Pérez y aquella clase corrupta que, infamemente anteponía sus bajas pasiones a la creación de verdaderos espacios democráticos y participativos.

Ese hombre de estirpe bravía, concebía una patria cuyo direccionamiento fuese socialista, como se pudo evidenciar en su tesis para recibirse como abogado, titulada: “Las ideas socialistas en Colombia”, marcando así la vida pública de quien, para muchos, personificaba la moralidad de la patria.

La claridad de sus enfoques generó, por parte de la calaña dirigente, todo tipo de comentarios virulentos destinados a menguar los alcances que Gaitán había logrado, sobre todo, aquel dirigido al despertar de un pueblo que por años se había visto entumecido por los hijos pérfidos de la patria. Los intentos por desvirtuar los contundentes fundamentos en favor de la clase más desprotegida, fracasaron.

Acusado incluso de comunista y, ante los inevitables cambios sociales que se visualizaban, se comenzó a diseñar el mecanismo de una exterminación expedita que cortase la cepa de aquel incómodo asedio de los gamines de Bogotá al Palacio de Nariño. Pero los delincuentes de fino andar y delicado glamour subestimaron la fidelidad del pueblo a su más digno dirigente. Gaitán poseía en cada alocución un imán que atraía a los despreciados y más olvidados por los sectores políticos tradicionales. Gran evidencia de ello quedó el día de su muerte.

Por primera vez se escuchaba en los cafés de la capital, la importancia de un gobierno para el pueblo, con autonomía, con dignidad y moralidad. La administración de Ospina Pérez es considerada por los historiadores como represivo, capaz de cambiar la constitución y de entablar un régimen militar, con el fin de conseguir una reelección. Por esta razón, posturas como las de Jorge Eliécer Gaitán, eran contrarias a los intereses de Ospina.

Gaitán y el pueblo sabían que, rescatar al país de las garras del intervencionismo norteamericano y del arrodillamiento de sus dirigentes, sería una lucha desigual, que seguramente culminaría con la muerte del gestor de la aparición de los habitantes de los barrios periféricos de Bogotá en la escena pública. Tal osadía le costaría la vida al hijo de un bibliotecario y una insigne maestra de la capital. Ya lo había manifestado en su carta al presidente Ospina en el marco de la marcha del silencio convocada por el propio Gaitán: 

“…somos capaces de sacrificar nuestras vidas para salvar la paz y la libertad de Colombia…”.[1]

El 9 de abril de 1948 a la 1:05 de la tarde, es asesinado Jorge Eliécer Gaitán por Juan Roa Sierra. Cuatro impactos de bala cegaron la esperanza de un pueblo que veía en él la restauración de los derechos individuales y colectivos. La democracia había sucumbido al absurdo régimen del poderoso por encima del desvalido. Se llenaron las calles bogotanas con la sangre inocente. Se acabó la paciencia del pobre, llegó el caos, muchedumbres enardecidas reclamaban al gobierno de Ospina por la muerte de su predilecto hijo. Hasta su muerte, los pobres de la patria le guardaron lealtad.

Política de Estado o no, los gobiernos de turno de Colombia en su reiterada actitud de entrega de la soberanía a los Estados Unidos, consideran de suma peligrosidad a aquellos compatriotas que, como Gaitán, buscan una patria donde todos ingresemos, sin distingos de raza, religión o ideología política. Son presas fáciles del capital transnacional aquellos coterráneos que luchan por arrebatarles a los oligarcas nuestras tierras.

Las balas asesinas de la impunidad no pudieron matar las ideas de la construcción de una Patria más equitativa. Su voz traspasará la barrera del tiempo, y a nosotros hoy nos queda rescatarlas y no permitir que se tire al olvido el asesinato de un hombre que tuvo la entereza y el coraje de soñar con un país moral y democrático.

A las nuevas generaciones de compatriotas les queda toda la enseñanza de un hombre que, pese a los contratiempos, levantó la bandera de la decencia nacional. Esta es, sin temor a equívocos, nuestra mayor motivación para escribir sobre el “Indio”, como se hacía llamar. Gaitán, un pueblo.   


[1] Tirado Mejía A. Nueva historia de Colombia, II Historia Política 1946 – 1986. In.: Editorial Planeta p. 39.

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12 comentarios en «Gaitán, un pueblo»

  1. Gracias apreciado compañero Aaron parodi por este muy ilustrado relato histórico de gran importancia para la democracia de nuestro país… Gaitán por siempre!

    1. Juan Manuel Gómez Cotes

      Gran artículo para conmemorar este 9 de abril. En este país se asesinan a muchos «gaitanes» en las diferentes regiones, hombres y mujeres, cuya labor es defender los intereses de las comunidades sin importar que les cueste la vida a manos de sectores oscuros, los mismos que son apoyados por los grupos políticos que asesinaron al caudillo en 1948 y siguen gobernando y quieren seguir en el poder, a menos que las ideas de Gaitán reflejadas en los movimientos sociales se los impidan.

  2. Felicitaciones, señor Director, por tan ilustrativo escrito donde hace referencia a uno de los sucesos que ha sido parteaguas en la historia de su país.

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