VIOLONCHELO

Rosendo Romero Ospino

Me dijeron que esa obra

De pronto la tenía don Chelo

Siga por aquí, en la esquina dobla

Ahí alcanza a ver el letrero

En letras rojas dice:

EL VIOLONCHELO

¡Ajá! músico con músico se entienden, pensé.

Ya estaba debajo del letrero

Aquello era un “chuzo”

Había libros amontonados por todas partes: amarillos y sucios

Un viejo de cabello lacio me capturó con sus gafas oscuras

Cual fiera encuevada que vigila su madriguera

Ratón de biblioteca, dije bajito

—¡Buenas tardes!

—Pasa, ¿qué quieres?

—Un libro de mi raza

—¿Dígame el título?

—Chambacú Corral de Negros,

De Manuel Zapata Olivella.

—No lo tengo —respondió energúmeno.

Quedamos en silencio

—Recomiéndeme uno.

—Todos son buenos.

Otra vez silencio

¿Por qué tanto reguero?

—Venga usted a ordenarlos todos los días.

—Muéstreme ese.

—Tómelo usted.

Lo tomo y lo ojeo.

—No me interesa.

—¿Dónde consigo el que busco?

—Yo qué voy a saber.

—¿Por qué vendes libros?

—Porque se me da la regalada gana.

—Apuesto que no lees ninguno.

—Todos los he leído uno a uno

—Entonces… ¿Por qué eres tan rudo?

—De qué sirve ser amable, nadie oye consejo.

—Cualquiera es poeta, literato o erudito de romanceros, músico o anacoreta, pocos tocan violonchelo.

—Todo el que viene pide rebaja o me cree viejo pendejo.

Preguntan bobadas por mi letrero.

—¡Ajá!, y ¿dónde está el violonchelo?

Quedamos en silencio.

De pronto salió una voz de muy adentro.

No del oscuro aposento

Era una voz polvo hollín de viejo sentimiento.

—No lo tengo… Nunca aprendí a tocarlo.

Empecé con ella en la academia jóvenes y sanos.

Cómo iba a saber que íbamos a volcarnos

Quedó aprisionada en las latas del carro.

Del fondo del abismo la saqué

Sin vida a la carretera.

Salí en silencio

No soporto ver a un hombre llorar

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