AL FINAL DEL DÍA

José Omar Parodi

A Antonio Parodi Parodi, in memoriam

Así pues, el más estremecedor de los males,

la muerte, no es nada para nosotros,

ya que mientras nosotros somos,

 la muerte no está presente y

cuando la muerte está presente,

entonces nosotros no somos.

Epicuro. Carta a Meneceo

 

Al final del día, como todos los de la última semana, había pensado en salir del encierro. Ciudad de México es un lugar reverberante, y allí estaba él, parado en una esquina, como un semáforo descompuesto, esperando tal vez que ocurriera un milagro que lo alejara de tantas incertidumbres.

Una noche antes se había dado cuenta que lo seguían como lo habían hecho esas sombras por todos estos años desde que salió de la universidad. En la mañana llevó la ropa a la lavandería, y en la primera que llegó le dijeron que no se la podía lavar para el mismo día y decidió irse para otra, pero allá también le dijeron lo mismo. Finalmente, un señor de apariencia indígena y voz grave que estaba sentado en una jardinera, le dio algunas indicaciones. Tomó un taxi y quince minutos después llegó a la lavandería que le habían indicado. La empleada lo llamó por su nombre para recibirle la ropa sucia, muy a pesar de que, aún, no lo había dado para registrarse.

— ¿Qué pasa aquí? —dijo preguntándole a la señorita—. ¿Por qué sabes mi nombre? ¡Por qué sabes mi nombre, maldita sea!

Ella enmudeció y él se fue con la ropa para el lugar donde rentaba, aún más preocupado por su seguridad.

Por la tarde, a pesar de cierto temor que no rayaba en el miedo, en su alma no se resguardaba un ápice de cobardía, fue a registrar su primera novela en una oficina que estaba a pocas cuadras del Zócalo. A eso vino al Distrito Federal, a trabajar como docente en una universidad pública, pero principalmente a seguir su labor como escritor. Parecía que esta ciudad, por muy reverberante que fuese, era el lugar apropiado para la cita con las damas vecinas de Delfos.

Por las noches lo invadía la nostalgia pero además la angustia de sentirse perseguido y proscrito. Su situación emulaba a la de Clístenes, aunque su ostracismo se lo infringía no sé quién, desde no sé dónde. Él y únicamente él, sabía de dónde venía esta exclusión, este echarlo a un lado. Siempre pasa esto en los pueblos al sur del río Bravo, algunos no comprenden a veces por qué pero también el resto de la gente que sí sabe, trata de transmitir sin éxito, con su silencio, las razones de los exilios recurrentes. El tiempo que pasó no dio respuestas.

Dentro de su habitación de inquilinato, en un edificio desvencijado del centro de la ciudad, mientras consumía un cigarro sin filtro, recordó a su mujer con sus seis meses de embarazo, junto a sus hijas y pasó por su mente, la triste posibilidad de no volverlas a ver. Pensó muchas veces en regresar a Colombia a sabiendas que allí la corrupción seguía andando a paso de galgo, y en varias oportunidades despertó a la media noche con una sensación de ahogo y después aprovechaba el momento de desvelo para escribir o seguir la lectura, ya era la tercera, de El Capital.  

En una ocasión, cuando caminaba por ahí, enfrentó a uno de los que lo seguían, y después de ciertas palabras soeces y de una intentona de nocaut, su sombra, hasta ese día, le dijo que no estaba allí para hacerle daño, sino para todo lo contrario, y él le respondió:

—No necesito de tu hijoeputa compañía y mucho menos de tu protección.

Fueron momentos de angustias e indecisiones, finalmente este último hecho, marcó la diferencia para luego armar sus maletas y comprar su tiquete aéreo. Después de dos horas de taxi, llegó al aeropuerto para viajar a Colombia y seguir su vida de abogado en Barranquilla, así como olvidarse de la zozobra de perder la vida en una de las ciudades más grandes y convulsionadas del mundo y que por suerte del destino nunca más volvería a ver.

Cuando el tren de aterrizaje, ahora pudiera llamarse mejor de despegue, dejó de besar tierra mexicana, hombres armados con fusiles M16 y dotados de armaduras sofisticadas irrumpieron en la habitación que acababa de abandonar el escritor colombiano.  El sonido de las ráfagas rompió con la tranquilidad del final del día y rasgaron las sábanas buscando la humanidad del ser que ahora se encontraba a más de diez mil metros de altura, y solo de él esas sábanas resguardaban los resquicios de los sudores del desvelo. Cuando se percataron que no había nadie en la habitación maldijeron como si se le hubiese escapado el elefante a un cazador furtivo, llevando en sus fauces el valioso marfil. La muerte hubo de esperar; los días para cada ser humano o están predeterminados o el libre arbitrio se lo designa.

Jamás pasaría por la mente atareada por la jurisprudencia que había sido víctima ausente de un intento de homicidio. Después de haber llegado a la ciudad varada a orillas del río Magdalena, sentado frente al televisor viendo las noticias, se enteró con la tristeza que suele invadir a quienes pierden a un ser querido, que había ocurrido un terremoto en el Distrito Federal. Este dejó miles de muertos y más de treinta mil damnificados. Al parecer, Ciudad de México, está posada sobre un inmenso acuífero y la inestabilidad del terreno exacerbó los efectos del sismo. Sus lágrimas recorrían su rostro, al ver en la tele el edificio donde se había hospedado, hecho pedazos, reviviendo la impotencia de no haber podido hacer vida allí como docente de Derecho Romano ni como novelista. Sin embargo, también había sido la segunda oportunidad que le había brindado la naturaleza, de hacerse con un poco más de tiempo.

Decidió irse de Barranquilla y establecerse en un pueblo del sur de La Guajira, donde por las circunstancias de la vida y de sus ancestros tenía unas tierras heredadas y debía velar por ellas. El pasado pesa al hombre libre como el futuro al hombre que paga una condena, pero su labor en la jurisprudencia seguiría.

Fue nombrado Juez en un municipio cerca de Fonseca, allí tuvo que enfrentar al cuatrero más temido en la zona. Con él, el abigeato había llegado a proporciones incontrolables y lo capturó para llevarlo finalmente a la cárcel.  Meses después, estando en una cantina departiendo unas cervezas con algunos dirigentes de la municipalidad, el amigo de las vacas ajenas irrumpió en el recinto. Todos sabían del incidente, todos temían, menos él. Se le acercó y le dijo:

—Tómese una cerveza a mi nombre.

—No gracias, no bebo con delincuentes —el cuatrero no tuvo más alternativa que decirle que era un hombre de admirar por la firmeza de sus decisiones.

Cuando fungía de Juez, él se hospedaba en la casa del Alcalde Municipal. A este le llevaban un proceso ordinario en el juzgado y le había comentado en una noche que si no arreglaba eso terminaría preso. El alcalde con mucha frescura le dijo:

—Oiga compadre deje eso quieto, archívelo y ya —la conversación terminó y el juez decidió irse a dormir, a las dos semanas fueron por el alcalde para llevarlo a la cárcel.

Cuando volvió a casa del alcalde la esposa lo echó, él solamente le dijo que lo único que le gustaba del hecho de botarlo, era que no había sido por corrupto.

Estando en Fonseca, una mañana se levantó temprano como siempre desde que el insomnio lo había hecho presa de su tranquilidad nocturna y salió a darse cuenta de las tierras que tenía en alquiler, que en esos días serían pagadas por el arrendatario. Habían pasado muchos años desde su visita a México y solo de ese viaje conservaba el terrible recuerdo de la lavandería y la compañía penitente de sus sombras. Aún guardaba entre pecho y espalda un recorrido literario que envidiar, dadas las circunstancias del ostracismo que, aun cuando los hechos de la Ciudad de México eran un recuerdo, la proscripción se vestía de actualidad con sus noches de no dormir. Escribió varias novelas y una buena cantidad de cuentos, precisamente en los momentos en que se alejaba de la cama, muchas veces hizo pensar a sus hijos en los espantos, tratando de sortear las engañifas de la mente que siempre le revivían sus avatares de aquella estancia en tierra Náhuatl.

Cuando volvió de sus tierras, su mujer asaba al carbón unas arepas de maíz tierno, y el olor ahumado le estimuló la fumada de un cigarro. Él jamás se preocupó por una tos que ayudaba en el desvelo de los últimos meses. Sus pulmones advertían a un hombre en plena conciencia pero en franca ataraxia, que en poco tiempo no le servirían para respirar. Lo atacó un ahogo, pudo haberse dicho mejor asfixia, con una tos persistente, como resultado de una invasión de líquidos en los recintos pulmonares. Lo llevaron al hospital y allí minutos después lo remitieron de manera urgente a la ciudad más cercana con mejores servicios médicos. Nada ha de servirle a un hombre para salvar su vida, si ese no es su firme propósito, mucho menos cuando ya existe claridad en su mente que todo para él ha terminado. Cuando su mujer abandonó la habitación del hospital donde se hallaba recluido y habiendo él, segundos después, recuperado la conciencia, se desconectó del respirador y arrancó las mangueras por donde introducían en sus venas el líquido vital. Cuando la muerte no ha cumplido su cometido, el hombre facilita su acercamiento como excusa para evitar la penitencia de estar vivo sin ninguna razón de ser. Su cuerpo comenzó a desfallecer luego de dos o tres minutos, infartó. Después su esposa entró en la habitación, no había transcurrido mucho tiempo desde que había salido, y encontró al marido sin signos vitales. En la mente de la mujer, además de la tristeza, quedaría también la firme convicción, que, junto con su amado se irían al carajo también sus sombras.

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