LA CIUDAD PARA MIRARSE

Diego Fernando Gutiérrez

Les podría gustar jactarse en los espejos en un buen día de posibles alboradas o de bellos tormentos. Sobre todo, el de un plano general, así la cuadrilonga expectativa que responde al cuerpo embauca a la fisonomía, completamente, ilustrada en el cristal. Unos tantos hijos de Narciso, tan dignos de muertes, mística y estéticamente, absurdas. Tras ellos un alféizar o un reloj de pared, tras el reloj o el alféizar una ciudad, que dentro de ella un crepúsculo vapulea con el viento; el viento intenso es perpetuo, coaguloso en las perjudiciales esquinas, es en las esquinas donde el viento vomita, en la nuca de cualquier transeúnte, toda la basura que inhala.

Hablemos de un jueves; sí, un jueves sin hora y fecha, y de un año sin título, sin propietario. Más allá de esa puerta donde golpea una tenue luz, empieza una analogía selvática; la cosa es verse del otro lado, sentir que la materia extrae de los huecos y criptas, la ornamentación, quizá baladí, de las formas visibles, deseosas y no descubiertas del cuerpo. Y por actos de salvajismo preponderante, el jueves acierta en una calle. La calle está fabricada para los pájaros, los centauros y los sombreros, por lo tanto, una puerta se abre. Un señor longevo de Frank y Bombín no se mueve, tal vez detuvo el tiempo. Sus lentes se empañan. A una mujer trémula se le cae un billete de lotería. Un niño es arrollado por un coche y el dueño del coche huye, pero antes de eso escrutó al niño, sacó un fonendoscopio y se los dejo puestos en los oídos del niño. Posteriormente se larga, pero sin el coche.

El señor longevo retoma el camino, carraspea y luego juega con una mano fundida en el bolsillo. Hay un calor ineludible de sofoco y de daños vastos para la dermis, entonces todos se mueven involuntariamente como en el ajedrez, discuten en las filas, alegan por lo que ha sido arrebatado a sus espaldas, y el suelo es decorado por pelos y cosméticos. En una de esas distracciones del jueves, la tierra tiembla, y el señor longevo paulatina el camino. Termina un ángulo recto en las famosas cuatro esquinas, se ve del otro lado de una ventana polarizada de la panadería Sr Bread, hace una minuciosa observación de perfil y se acicala como puede. Para cruzar la calle gira su calabaza a 180°, hay unas mujeres de ponchos con cabeza de Aquila, otras de lencerías con curvas de doble calzada, él indetermina las lencerías y repudia los ponchos. Al fin la calle se encuentra despejada y se dirige a ella para contemplar su sombra. Mediante ese lapso considera que con la íngrima calle los minerales del suelo tienden a hacerla más purificada y deseosa. El señor longevo tiene que llegar a la otra orilla a tiempo adecuado. Una motocicleta irrumpe el examen y hace que el Bombín salga volando y se pose en un poste de cableado. Atisba sigilosamente su reflejo en un escaparate y llega a la conclusión de que sin su sombrero la tierra es demasiado redonda. Entra en crisis.

La mujer recoge el billete y el arco que desempeña le produce un espasmo, después sigue caminando con la cadera ladeada, una mano apoyada a la espalda y siente que frente a ella hay un inconveniente, dicho de otro modo, superficial: la ya entendida acuclillada no se quedaría ocia con el calambre inoportuno, ahora lo que le pellizca la ansiedad es la provocación de revisar un posible desbarajuste en su emperifollado envase, si el cabello prevalecía ataviado o rebeldemente guedejón. La piel arruinada, causa del sudor del leve tiempo. Todo por el número incorrecto. Bien, lo que le queda es una ventanilla en la garita del conjunto cerrado de Mistery, en un sector de la carrera principal; la ventanilla contiene un reflejo nítido para los exteriores, la mujer cumple un regocijo, y las precipitaciones van desapareciendo, posa como de un plano primero y cree parangonar una belleza en dos mundo. De un momento a otro la mujer se esfuma y su retrato queda esculpido en la ventanilla por siempre. Milagro del cielo para la soledad del pajarillo que habita en esa jaula.

El niño había muerto, hay quienes afirman que su muerte demoró tanto que aprovechó para soñar con un hombre que huía del anzuelo, empero, un espejo lo aprehendió sin piedad.

El dueño del coche pelaba sus suelas por la periferia de la vetusta sede de Bavaria, levantado ahora un centro comercial por la rue sexta con 25. En toda la esquina, tiene dos caminos sin coraza ni nadie que lo cubra del acecho, un raspado de mora con leche, o bajar hacia el parque Santander. Toma los dos caminos y constipa el alma, ahora el fin justifica los miedos, y los ya denominados centauros lo siguen por el bar El Roble. Reposa en un local de telefonía, luego percibe desde sus adentros el sonido de unas sirenas. Lo que sigue es un bulevar de esos que sirven para cumplir un jadeo o simplemente para entenderse de un punto y coma en todo el pavimento, ahora el parque está a ochenta o cien metros, y el dueño a como un brazo de la cristalera de un establecimiento. Asimismo, trata de confirmar su pasada figura, pese a que no se reconoció en ese encuentro, no fijó rostro, tampoco manos ni huesos, al parecer la libertad se le escasea.

Y el bombín, el billete, el coche y el fonendoscopio se alquilan muy baratos.

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