MEMORIAS DE MI PADRE

María de los Ángeles Montes

Cuando era niña, allá por los años setenta, vivía en una fría y pintoresca comunidad cercana al volcán Xinantécatl llamada Coatepec Harinas.  Era una pequeña población en donde todas las personas se conocían, se saludaban con respeto y los ahijados le besaban la mano a sus padrinos cuando los encontraban por la calle. Vivíamos en ese lugar porque a mi papá lo habían nombrado director del centro de salud y muy a pesar de que nunca le agradó el clima frío, accedió. La comunidad solo contaba con una iglesia, un mercado pequeño, tres escuelas, la presidencia municipal, un jardín en el centro con un quiosco de madera y, por supuesto, el centro de salud. Sobre la calle principal de empedrado grisáceo mate, había dos tiendas de abarrotes; la de los Arizmendi y la de Chon “El Loco”, con su eterno olor acre, característico de los orines de gato. El tipo era un soltero cincuentón, cachigordo quien en cuanto caía la tarde, gustaba de pintarse las cejas y usar colorete encarnado en labios y mejillas, además de no desaprovechar la oportunidad de rosarles la mano a los varones jóvenes al darles el cambio.

Mi padre compró una enorme casa antigua sobre la calle principal. Era una casa de las de antes, de adobe con techo de tejas rojas a dos aguas y un corredor con varios cuartos de tejamanil a los lados. Un gran patio destacaba al centro lleno de grandes hojas verdes de las llamadas “orejas de elefante”, azucenas rojas y hierbas aromáticas que mi mamá había plantado y un árbol de flores amarillas al que cariñosamente llamaba “de pajaritos”. En la parte trasera, la vieja casona aún conservaba vestigios de lo que habían sido unas caballerizas y unas escaleras que conducían a un terrado, el cual estaba lleno de libros viejos y revistas antiguas. Yo disfrutaba sobremanera subir al terrado y a matacaballo leer los libros, ya que tenía prohibido ir allí porque mi madre decía que había alacranes y cacas de rata.

Junto a las ruinas de las caballerizas había unos lavaderos amplios con una pileta de piedra y más al fondo, un cuartucho con hoyos en el techo, otrora lugar donde se cocinaba. Aún se podían apreciar pedazos de lo que fueron unas hornillas de leña y el tlecuil, en donde se echaban las tortillas. Era un lugar tenebroso para mí, ya que a mi corta edad me impactaba el hecho de que aseguraban que ahí se aparecía el diablo.

Todas las mañanas mi papá en su Volkswagen solía llevarme a la escuela y contarme diferentes historias durante el trayecto. Me extasiaba escuchando sus relatos, ya que me parecían fascinantes y fuera de lo común. Como aquel en el que aseguraba que el apóstol San Pedro había sido dueño de una marisquería en el centro de Jerusalén llamada «El Camarón Maricón»; o la otra historia sobre sus tías, Esperancita y Natividad Gómez, primas de su mamá, quienes en los tiempos de la revolución veían con preocupación y tristeza que los años pasaban y ellas «nomás no salían» como le decía mi papá al hecho de que nadie las desposaba. Su madre, la tía Gaudencia no las dejaba tener novio y les tenía estrictamente prohibido asistir a fiestas. Tenía un temor enfermizo a que se contorsionaran como lombrices bailando esa música de satanás llamada polka y un peón o cualquier «lépero» se fijara en ellas y dieran un mal paso. Ella pretendía conservarlas «señoritas» hasta que encontraran un buen partido. Pero en esos tiempos tan turbulentos no había muchos pretendientes a la mano, excepto los revolucionarios que «andaban en la bola»; hombres corpulentos, bigotones y bragados que andaban a caballo saqueando a cuanto rancho o hacienda se les pusiera enfrente llevándose consigo a las muchachas de la casa también. Tan solo de pensar que sus hijas pudieran terminar en brazos de esos «indios patas rajadas» a la tía Gaudencia le daba el vahído. Cada vez que esos rapaces osaban irrumpir en su rancho, inmediatamente escondía a las muchachas en el granero. Pero poco le duraría el gusto a la tía, ya que un día en uno de esos atracos, Esperancita «accidentalmente» tosió.

Durante nuestra estancia en Coatepec, mi papá recurrentemente nos llevaba a la playa, a Acapulco para ser precisos, ya que fue toda su vida un enamorado del mar. Le encantaba disfrutar las puestas de sol en la playa Pie de la Cuesta sentado en una silla de madera con los pies hundidos en la arena ceniza. En aquel entonces no había autopistas y el viaje a la playa era un auténtico viacrucis de seis o siete horas en coche. Pero a él poco le importaba con tal de disfrutar de una tarde junto al mar.

Aún recuerdo cuando me contó acerca de la primera vez que conoció el puerto siendo un joven de dieciséis años. Viajó en un camión a los cuales en ese tiempo se les conocía como “las pericas” por el color verdoso de su casco. Decía que el viaje lo había hecho en compañía de algunos amigos de la prepa y como no les había alcanzado para pagar el pasaje completo tuvieron que irse montados sobre el techo del armatoste, junto a bultos de frijol, maíz y jaulas de gallinas ponedoras.  El chofer de la perica era un señor chaparro, escurrido que se llamaba Lino, mejor conocido como el “copete de hueso” por su exagerada alopecia frontal. Mi padre se refería a él como todo un “pendejazo” para manejar ya que afirmaba era muy atrabancado, berrinchudo y desesperado al volante. En uno de sus arranques y atrabancadas maniobras, don Lino había dañado el embrague del camión y con tremendas patadas en las llantas y lanzando vilipendios trataba de componerlo. Pero fue una cosa que nunca sucedió y todos los pasajeros tuvieron que esperar varados por la refacción todo un día. Mientras esperaban por la pieza faltante, mi padre y sus cuates encontraron un pollo atropellado a la vera del camino y con una navaja le cortaron una pata. Cuidadosamente le despellejaron la parte inferior para descubrirle los tendones, con la intención de poder maniobrar el movimiento de los dedos del pollo solo jalando los ligamentos. Y así, cada vez que el chofer hacía berrinche, desternillados de risa, le enseñaban por el parabrisas la pata del pollo moviéndole los dedos a manera de mentarle la madre. Desconozco de dónde venía esa fascinación de mi padre por el mar, aunque esto siempre lo relacioné con su familia.

Habían sido doce hermanos y por desgracia le había tocado ser el último hijo o la “gorda del perro” como vulgarmente se le dice.  La falta de atención y amor por parte de su madre marcaron de manera decisiva su infancia, deseando desde siempre salir de ahí. Su padre, mi abuelo don Lázaro, era cantor de una iglesia en Cacalomacán y solo venía cada ocho días a ver a la familia, así que el cuidado y educación de los hijos había corrido a cargo de su madre, la abuela Luz.  Mi abuela fue una mujer exageradamente religiosa y estricta, que rezaba el rosario todas las tardes con sus hijas, mientras cosían; además de asistir a misa de seis de la mañana de manera puntual. Pero fue una excelente cocinera también. Mi padre me platicaba de los maratones culinarios que se aventaba cada Semana Santa, preparando tremendas cazuelas de comida de vigilia. Bacalao a la vizcaína, torrejas de piloncillo con queso y revoltijo con tortitas de camarón, eran algunos de los guisos que preparaba para que la familia tuviera qué comer toda esa semana, ya que, entre rezos, Viacrucis, ceremonia de las Tres Caídas, del Santo Entierro, velación del Nazareno y otras celebraciones de la Semana Mayor, ella se lo pasaba en la iglesia enclaustrada.

A mi padre siempre le chocó tanto rezo y tanto sahumerio se le hacía algo de lo más aburrido y monótono, pero tenía que hacerlo si no quería llevarse tremendos mamporros en la mollera por parte de la abuela. El único momento en familia que disfrutaba era cuando les echaba “aguas” a sus hermanas para que pudieran salir unos momentos y ver a sus enamorados. Al igual que la tía Gaudencia, la abuela Luz no permitía que sus hijas tuvieran pretendientes, pero las muchachas buscaban la oportunidad de salir cuando esta iba al excusado. La letrina de la casa quedaba a la otra orilla del patio, y como la abuela ya era corta de vista, se tardaba más de veinte minutos en la maniobra, tiempo suficiente que aprovechaban las hermanas para salir rápidamente y “echar novio”.

Para mi padre siempre fue más importante el “hacer” que el “decir” y eso lo demostró hasta cuando pasaba visita a sus enfermos. Después de saludarlos, solía preguntarles: ¿Quieren chiste o consulta? y todos contestaban: “Un chiste doctor, por favor”. Al hacerlos reír, aliviaba un poco más su dolor físico, alegrándoles el alma.

A pesar de que mi papá, como buen médico, estaba todo el día ocupado en el centro de salud atendiendo a sus pacientes, se daba el tiempo para ir a casa y comer con nosotros. Era de muy buen diente y jamás le hizo el feo a ningún platillo por más picoso que estuviera. Le gustaba de manera especial el mole rojo, ese que se elabora en cazuela de barro y con leña, ya que decía que ahí estaba el secreto del buen sabor. Un día me contó que cuando era niño tenía una vecina, doña Chuchita Rocoso, quien guisaba uno que era la envidia de todas las vecinas, incluida la abuela Luz. Todo el tiempo las santas señoras le rogaban por su secreto, pero doña Chuchita nunca quiso soltar prenda. Hasta un día en que alguien aseguró que vio a don Apuleyo Pérez, su marido, bañarse en la cazuela, quedando así revelado el ingrediente secreto tan celosamente guardado.

Hasta el día de hoy, no sé si estos y muchos relatos más de mi padre fueron ciertos y tampoco me importa descubrir la verdad. Lo que sí sé ahora, es la razón de porqué lo hacía. Hoy que mi padre ya no está, lo extraño exponencialmente. Extraño escuchar su voz, los ademanes y cambios de voz con que daba vida a tantas anécdotas y me transportaba enseguida a ese momento en el que vivía la historia junto a él. Extraño reír juntos con sus ocurrencias y sagacidad para hilar e improvisar ante cualquier situación. Ahora que se ha ido, solo me queda recordar los momentos vividos juntos, los cuales son el gran tesoro que guarda mi corazón hasta mi día final y, cada vez que evoco alguna de esas historias, confirmo una vez más aquel dicho: “Dios siempre se sirve de lo mejor”.

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15 comentarios en «Memorias de mi padre»

      1. Gracias amiga por traer hasta nuestros recuerdos esos lugares esas imágenes de hace mucho tiempo, pero sobretodo esa es escencia que jamás se olvida coma la de tu papá, gracias porque a través de tus palabras, lo viví de nueva cuenta en sus risas, su alegría, sus gestos y en sus anécdotas g,racias por permitirte no dejar ir las verdaderas historias que deben quedarse para siempre, en horabuena amiga! 🥰🥰🌷

        1. Muchas gracias amiga por traer hasta nuestros recuerdos imágenes de hace mucho tiempo, olores, pero sobre todo por recordar esa esencia tan especial que tenía tu papá, gracias, porque te permites hacer que lo vivamos otra vez, en sus sonrisas, sus alegrías y en cada uno de sus gestos que describes, gracias por hacer posible que historias como estas perduren para siempre 🥰🌷🙅🏻‍♀️ ¡¡enhorabuena mi querida amiga!!

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