CUENTOS DE MI BARRIO

Juana Padilla

¡Si, mi barrio! Ahí nací hace ya casi medio siglo, recuerdo que había solo veinte casas de madera con techos de Eternit, las calles eran polvorientas y empinadas, cuando llovía se tornaba arcillosa e intransitable,  el calor era abrazador y al igual que en “San Tropel”, todas las familias se conocían y aparentaban ser amigas, aunque en el fondo no dejaba de existir uno que otro comentario de cocina relacionado con las correspondientes vidas privadas de cada una de ellas, que en ocasiones encerraba algún hijo legítimo que en realidad era “natural”. En el marco principal de mi barrio, no solo vivían las familias de más renombre, sino las más numerosas; algunos de los jefes de estas familias hacían alarde de sus glorias pasadas, sumergiéndose en relatos que mezclaban la realidad y la ficción, aunque ultimadamente quedaban ahogados en un vaso con cerveza o una copa de ron en la cantina de don Gollo. En este amplio ramillete de historias de taburete, estaba la de Antonio López Martínez y su amada Julia; ¡así a secas! Tan solo Julia, sin apellido, sin dirección, incluso, sin rasgos claros, exceptuando el vestido de popelina azul, el cabello largo y el lunar en la mejilla derecha el cual Antonio describía cada vez que se emborrachaba en compañía de sus amigos, convirtiéndola en la musa de la inspiración de un tormentoso e insuperable amor que lo acompañaría hasta el día de su muerte, Antonio era el menor de tres hermanos, hijo de una madre soltera que se dedicaba al trabajo doméstico en las casas de los ricos del pueblo para poder traer a su hogar el sustento necesario para sostener a su familia; mientras esto ocurría, él y sus tres hermanos quedaban al cuidado de su tía Josefina, quien se caracterizaba, como decían los hombres de la época, “ por ser una mujer demasiado alta, fuerte y mal humorada para ser mujer”, reputación que directa o indirectamente la llevó a la soltería, estado civil que apaciguaba con el cuidado voluntario de sus sobrinos a quienes amaba hasta la muerte estaba dispuesta a ganarse todas las peleas existentes si tan solo presentía una amenaza.

Los recursos económicos existentes no permitían acceder a la educación primaria, en casa de doña Josefina, si comías no podías pensar en estudiar, razón por la cual “Toño” como cariñosamente le llamaba su tía, se vio obligado a ir por los pueblos del Cesar y Magdalena ofreciéndose como jornalero en los sembrados de algodón y arroz, pero como curiosamente una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando, Toño no solo cultivó el amor por el trabajo del campo, sino también cultivó el amor por la parranda y el ron, situación que se hizo más intensa cuando por azares de la vida Julia rompió su compromiso con él, para casarse con Pedro Palomino, un joven antioqueño, que había llegado al municipio de Agustín Codazzi, producto del desplazamiento forzado que generó el fenómeno de la violencia, trayendo consigo el poco dinero de unas tierras mal vendidas y la esperanza de montar una tienda y un billar que con el paso del tiempo se convertiría en la más próspera de la región. Estos sucesos fueron la estocada final para el corazón de Toño, quien de ahí en adelante se entregaría al licor en alma, vida y sentir, mencionando a Julia en una oración sin fin cada vez que el licor lo invadía. Sus amigos y allegados auguraban un mal fin, hicieron intentos desmedidos para salvarlo, desde consultar un médico, que en aquel tiempo era casi un artículo de lujo con la esperanza de que hallara la cura para su cuerpo, pero también para su alma, hasta visitar un brujo quien afirmó con una seguridad casi salomónica que la cura para que Toño dejara de beber estaba en poner en el trago de Toño la rayadura de la pepa de un aguacate, medida que como era de esperarse resultó ineficaz. Para los males del corazón, recomendó buscarse otra mujer por aquel viejo y popular adagio de que “un clavo saca otro clavo”. Agotados los recursos, la vida siguió su curso, las prioridades fueron otras y los amigos del desdichado hombre, al igual que los miembros de su familia uno a uno por causas naturales en su mayoría, emprendieron su viaje a la eternidad. Toño quedó solo en la vida, sus manos se tornaban temblorosas e inestables producto de los excesos de la juventud, aunque conservaba la lucidez de antaño y los recuerdos vivos de una época que desde su perspectiva fue mejor. Una mañana se despertó y sintió deseos de vomitar, notó que el vómito estaba invadido de abundante sangre y entendió que por fin la vida le había pasado cuenta de cobro, solo balbuceo con las pocas fuerzas que aún le quedaban ¡Resiste cuerpo viejo!, se dijo. Pasaron los días y se fue consumiendo poco a poco producto de un interminable cáncer en estado terminal; para esos días se rumoró en el barrio la noticia de que Toño no estaba solo como todos creían, sino que tenía en Cartagena una hija, producto de sus amores con Jesusa Cataño, una mulata que había sido su novia de juventud. La mentada hija estaba casada con un militar de alto rango y había empezado a hacer las vueltas respectivas para conocer a su padre. Por fin el día llegó.

Delfina, así se llamaba la muchacha, viajó a encontrarse con su padre de quien sabía muy poco, con la esperanza de traerlo a vivir consigo y recuperar de alguna manera el tiempo perdido. El encuentro se dio, los abrazos y las lágrimas se confundían y finalmente se pensó que las penas del viejo Toño habían finalizado, al llegar a casa Toño fue hospitalizado de urgencias y los médicos le dictaminaron un mes de vida contando con la misericordia de Dios, de nada valía ya el llanto y el rezo, el reloj de sesenta minutos equivalente a su vida estaba a punto de detenerse para siempre. El tiempo se cumplió y el ángel de la muerte hizo su trabajo, aun en medio de la agonía del dolor, pidió a su hija acercar el oído para expresar una última frase descifrada como: “Yo amo a Julia… ¡Julia, eres mi amor! Sus ojos quedaron abiertos ante su último suspiro, posteriormente fueron cerrados por la mano piadosa de su hija quien exclamó: ¡Papá, fuiste la prueba viviente de que el primer amor de cualquier ser humano debe ser uno mismo, porque de lo contrario el amor por otro puede matarte!… Descansa en paz mi viejo. Ante este suceso, las personas del barrio pagaron una misa a la memoria de Toño. Ha pasado mucho tiempo y los recuerdos han sido disipados, exceptuando a algunas memorias que como la mía aún permanecen en el pasado.

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1 comentario en «Cuentos de mi barrio»

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