BENDITA CARIDAD

Isabel Zorrilla

Como todas las mañanas, lo divisó sentado en un banco de la Plaza de Armas. Llevaba el desayuno que le compró en el Mesón. A esa hora, ya los voluntarios de Iniciativa comunitaria habían curado las llagas de sus piernas y brazos. A medida que se acercaba, sentía el hedor a la carne putrefacta que cubría sus extremidades. Bandido, el pequeño perro sato con una mancha marrón como antifaz en su ojo derecho, lo acompañaba siempre. Daba saltos de alegría meneando su cola al olfatear el manjar destinado a su amo. Con un gesto amoroso dejó el alimento a su lado y continuó a la farmacia donde trabajaba como cajera.

Un hombre y una mujer de una institución gubernamental entraron al establecimiento en agitado coloquio.

—Esto es inhumano, hay que sacarlo de la calle —dijo la señora con nariz aguileña y barbilla puntiaguda. —Lo llevaremos a curar y le trataremos con el cariño que se merece.

Ambos asintieron y el hombre salió raudo a buscar el automóvil.

—Al fin Miguel tendrá el tratamiento necesario para mejorar su salud y salir del vicio que lo tiene atrapado —se dijo Elisa con gran alegría, recordando que dos años atrás el joven trabajaba en uno de los comercios del área.

Una camioneta negra se detuvo frente a Miguel y Bandido.

—¡Pobre, cómo debes haber sufrido¡ —dijo la mujer. —Ven, de ahora en adelante cuidaremos de ti.

A medida que avanzaban calle abajo, Bandido aullaba de pena y corría como un loco dentro del vehículo, al observar por el cristal trasero a su amigo Miguel sentado en el banco de la Plaza de Armas.

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