DE CIMA A SIMA

Reseña de De profundis (O. Wilde)

Aaron Parodi Quiroga

El amor fue el propulsor de su gran ascenso. La pasión por la literatura y el placer de sentirse reconocido en una sociedad ávida de arte, pero frustrantemente moralista, lo hicieron inmortal de las letras. Esa misma sociedad: fetichista, fatua y clasista, lo condenaría injustamente por su amor hacia lo prohibido. La reciedumbre de su espíritu y su exquisito vocabulario, hacen de De Profundis una epístola llena de reproches y descripciones descarnadas en su paso por la cárcel. Sí, fue el amor génesis de todas las desgracias que viviera y lograra, al final, librarlo de su pesada culpa.      

Profunda tristeza le causó aquel lugar que él mismo llamara: …la mansión del dolor donde la vida era intensa. Al respecto escribe en La balada de la cárcel de Reading:

La estrecha celda en que yacemos

es una sórdida letrina

donde se cierran las ventanas

con un hedor de muerte viva,

y en donde, excepto la lujuria,

todo conviértese en ceniza.

El olor a muerte y olvido eran su cotidianidad; las lágrimas eran la evidencia misma de no haber perdido el sentido y, la ausencia de ellas, lograba el triunfo del sufrimiento; guarda la esperanza que Bosie logre derramar algunas con su escrito, esas mismas que no se ahorran en tan lúgubre lugar. El tiempo allí parece no avanzar, solo gira en círculos interminables cuyo eje es el dolor. El juzgamiento injusto de las leyes del hombre, juntose con el olvido de quien amó profundamente, por quien desatendió en reiteradas ocasiones su más preciado tesoro: El arte de escribir.

El mensajero de la muerte se sacia en su podredumbre al notificarle el fallecimiento de su madre, contribuyendo de manera despiadada a romper la poca voluntad que le quedaba. Solo le asistía el recuerdo de cuando niño era vestido como mujer por su progenitora, bajo el fallido deseo de concebir una mujercita o, evitar ser víctima de las brujas, como se creía en la Irlanda del siglo XIX.

No fue suficiente el escarnio público, hacía falta imprimirle más desazón a su corazón; Constance, su esposa, cambió el apellido a sus hijos, alejándolos definitivamente de él. ¡Qué humillación más grande tuvo que pasar!

Se flagela inmisericordemente con sus pensamientos; relata uno a uno los ataques de “rabia epiléptica” de su Bosie, al cual considera en gran parte, culpable de su desgracia: Tú has seguido caminando libre y entre flores; a mí me han arrebatado el hermoso mundo del color y del movimiento.

Jamás perdió la conciencia sobre la consecuencia de su doble vida, de su amor inusitado por la estética. Aunque su histérico amante le robaba el tiempo para escribir, Wilde aprovechaba sus continuas ausencias causadas por las rabietas para retomar la inspiración interrumpida sobre sus obras más importantes.

El mundo de las letras agradece con firmeza la impertinencia del amante cuando se ausentó una semana de aquel hotel donde se encontraba con Wilde, porque pudo acabar la obra Un marido ideal. Él mismo reconoció que, cada vez que reaparecía Bosie su creatividad se veía nuevamente menguada.

En la misiva, Wilde, apesadumbrado, deja claro el abandono al que siempre fue sometido por Bosie. Recuerda que, cuando el joven enferma de influenza, él le dedica tiempo y todos los cuidados posibles: seleccionando sus frutas, consiguiéndole libros. Sin embargo, cuando el escritor cae víctima del contagio, lo abandona a su suerte, dejándolo con fiebre alta y sin preocuparse siquiera por quién le suministrara los medicamentos. Era la vivencia misma de la historia de Esquilo sobre el noble que criaba un leoncito en su casa y, al crecer el animal descubrió su verdadera naturaleza, destrozó a su amo, su casa y todo lo que poseía.

Espurios resultarán los reconocimientos a un hombre en su época de gloria, si no se le perdonan sus errores. Y eso hizo Oscar Wilde, perdonó al hombre y su justicia, a la crítica, el olvido y el abandono, perdonó todo.

El escritor creyó que fue amado, solo que la juventud de su compañero le hizo olvidar la prioridad del amor sobre el odio, destacando que, según el propio Wilde: “…estas dos pasiones no cabían a la vez en una misma alma”.

Es el amor que lo libera de todo, hasta de la prisión, ese sentimiento lo llevaría de la Cima a la Sima: “No existe en el mundo cárcel cuya entrada no pueda forzar el amor”. Y termina su carta sentenciando: “Quisiste que yo te enseñara el placer de vivir y el placer del arte; tal vez esté yo llamado a enseñarte una cosa más hermosa: el valor y la belleza del dolor”.

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4 comentarios en «De cima a sima»

  1. Gracias Sr director Aaron Parodi, por mostrarnos a un Oscar Wilde más humano, más cercano al dolor de la cotidianidad en una sociedad moralista. Excelente reseña.

  2. ¿Por qué será una tendencia humana aprender en el dolor y sufrimiento? ¿Cuando validaremos nuestro crecimiento en el amor?
    Gracias por compartir amigo don Aaron.
    Reciba un abrazo 🤗

  3. Y cito: ‘El mundo de las letras agradece con firmeza la impertinencia del amante cuando se ausentó…’
    En muchas ocasiones, el amor nos hace caer en situaciones que resultan, al final y después de una dolorosa y exhaustiva retrospectiva, en poco agradables; aunque, si bien es cierto, esta ‘ceguera’ que impedía ver la luz, es precisamente la misma que nos hace evolucionar a (quizás) un mejor ‘yo’, si es que nos damos cuenta.

    “Quisiste que yo te enseñara el placer de vivir y el placer del arte; tal vez esté yo llamado a enseñarte una cosa más hermosa: el valor y la belleza del dolor”.

    Excelente análisis de una de las obras hechas por el reconocido escritor irlandés, Oscar Wilde.

    Le felicito, señor director.

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