CRUCITA

Isabel Zorrilla

El delicioso olor a café, despertó mis sentidos. Abrí los ojos y decidí que me quedaría un rato más en la cama. Nada tan agradable como remolonear entre las sábanas un domingo por la mañana. Sentí una algarabía en el pasillo. La puerta se abrió de sopetón y entraron al cuarto regalo en mano, como un torbellino, cuatro de mis seis nietos. Caí en cuenta que era el día de las madres. Como un resorte, después de celebrar cada uno de los regalos y recibir abrazos y besos al por mayor, me levanté de la cama. Ya eran las ocho de la mañana y como en los pasados cuarenta años toda la familia llegaría a partir de las diez a compartir con la abuela Crucita.  

Mover su frágil humanidad a los noventa y cinco años era toda una hazaña para mamá. Yo, que tampoco soy una fresca brisa de primavera, organicé nuevamente este año el desacertado agasajo. Pensaba que reunir a la familia era su mayor gozo. Mis tres hermanas llegaron con sus respectivas familias: hijos, yernos y nietos. Todos comían bebían y bailaban mientras mamá los observaba amorosa. Trataba de disimular la mueca de dolor que se dibujaba en su cara. Ellos no se daban por enterados del sacrificio que hacía la pobre para estar allí. Todo el día estuve pendiente de ella porque se veía más quebrantada que nunca. En varias ocasiones la dejaron sola en una esquina. Entonces me pregunté: ¿por qué razón tengo que reunir a todos para estar con nuestra madre, si la tratan como si fuera un mueble?

Así, tan débil como estaba, se mantenía estoica, aguantando la incomodidad que suponía estar sentada por horas en el mismo lugar.

Junto a mis hermanas crecí viendo a nuestra madre sacrificar su vida para ofrecernos las oportunidades que ella nunca tuvo. Cuando papá murió quedamos desamparadas. Durante el día, ella trabajaba despalillando tabaco en la fábrica del pueblo. En casa se quedaba cosiendo vestidos por encargo, hasta la luz de alba. Aunque no vivíamos en la abundancia, el pan nunca faltó sobre nuestra mesa y lo poco que teníamos lo compartimos con otros menos afortunados. Nunca la vi reposando, ni siquiera cuando estuvo enferma. Hasta le sobraba tiempo para rezar y ayudarnos con las tareas de la escuela. Mientras recogía los juguetes de mis nietos, levanté la vista y vi la figura lastimera de Crucita; enjuta, arrugada y con el cabello blanco recogido en un moñito en la nuca. Una joroba le impedía mantener la cabeza en alto y sus dedos doblados por la artritis parecían raíces aéreas. Levantó los ojos y nuestras miradas cansadas, cruzaron un largo parlamento de complicidad. Después de varias horas más de fiesta, la familia comenzó a buscarnos para despedirse. No nos encontraban y cundió el pánico. ¿Las habrán secuestrado? ¿Se enfermaría mamá y la llevaron al hospital?

A mitad de la fiesta, agotadas e ignoradas por los nuestros, salimos sigilosas, maleta en mano hacia un tranquilo hotel en la playa. Entrada la noche, mientras todos buscaban desesperados, mamá y yo celebrábamos felices entre risas y parloteos.

Con el compás de las olas como música de fondo, brindamos con el anís que tanto le gustaba; ¡Por una noche de madre, salud!

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5 comentarios en «Crucita»

  1. ¡Qué hermosa historia, escritora!
    Es dulce y triste a la vez; tan llena de realismo; además de muy bien llevada.
    ¡GRACIAS, por obsequiarnos sutileza y belleza en sus creaciones!
    Mi admiración y respeto para usted.
    Saludos desde México.

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