ORA PRO NOBIS PECCATORIBUS

Limedis Castillo

¿Por qué queréis que obre bien, si incitáis al mal?

Sor J. I. de la Cruz

Me habían encomendado departir con él.  Dos horas, me dijeron. La paga era de unos pocos pesos. Pero llevaba siete meses apenas en este trabajo, que para mí es y sigue siendo un ingreso extra al de mi oficio de barman.

—¿Quieres algo de música? —le dije, como tratando de entrar en confianza—.        Recuerde que son dos horas del servicio y se paga por adelantado. Traje juguetes y aceites, solo basta que usted pida.

—Toma. Es lo acordado con tu jefe. Mira que son billetes nuevos —me dijo.

El padre Vichenzo Rubiano tenía los ojos excesivamente opacos. Me observaba con detenimiento y hacía gestos con las manos, como si fuera un director de orquesta. Se quitó el cleriman del cuello y lo guardó en el bolsillo del pantalón. Creo que ya estaba ebrio. Yo pensé en ese instante en Jimena y nuestro noviazgo. La habitación 309 estaba fría. Estábamos en el hostal Casa Lallemand, muy cerca del mar y del centro histórico de Dunaria.

—¿Qué edad tienes tú, mi muchachón? —me preguntó con algo de melosería. Le sonreí. En respuesta, me quité el suéter y me desabroché cinturón.

 —Veinticinco —le dije.

—¡Aaah, que ricooo! “Oh juventud, divino tesoro”, como decía Rubén Darío.

El fraile me reparó por segunda vez. Sus manos carnudas y su anillo de oro con un cristo crucificado me traían recuerdos cercanos del convento de Nuestra Señera de los Ángeles de Dunaria. 

—¿No es usted el Provincial de los San Franciscanos?

—Sí, hijo.

—Yo quise ser sacerdote también —le susurré—. Usted, seguramente, estudio teología dogmática en Roma, ¿verdad?

Me quité los zapatos con la paciencia que él me infundía, y las medias con un poco de vergüenza. Me dijo que sí.

—Hice un doctorado en Bioética en la Universidad Pontificia Gregoriana en Roma —complementó la respuesta.

Luego se detuvo a repararme por tercera vez. Me auscultaba, y mi timidez crecía. Atiné a decirle:

—Fui novicio en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Dunaria.

—Pero, eran tantos los novicios en el convento que, de verdad, no recuerdo nada de ti —me aclaró, casi sin convicción. 

El padre Vichenzo se aferró a mi pantalón, desaforadamente, y de varios tirones me lo quitó, dejándome en calzoncillo.

—¡Qué cosa tan grande tienes! —exclamó.

Tocaron a la puerta. Un mucamo traía una botella de whisky, una picada de naranjas y varios platitos de maní con pasas y aceitunas. El padre no le permitió ingresar. Recibió todo desde la puerta, le dio la propina y lo despachó.

—Padre, yo soy Julio César. Fui novicio. De eso hace como siete años. ¡Cómo pasa el tiempo!, ¿no, padre? —él me escuchaba atento.

Abrió la botella de whisky y derramó un trago al suelo. “Para las ánimas benditas del purgatorio”, apuntó.

—Póngase cómodo en la cama y relájese, que la vamos a pasar bueno —me decía, dirigiéndome un guiño de complicidad.

El padre sirvió de la botella un trago doble y se lo tomó de una tirada.

—¡Qué vida esta, ehhh Ave María! —exclamó.

Y debía estar muy bueno el licor, pues de inmediato me convidó un trago. Lo rechacé. El servicio que había contratado no incluía tomar con el cliente; no se lo dije. A él poco le interesó. Se sentó en una silla y empezó hablar en latín; según él, la lengua de Dios: “Ave María, gratia plena, dominus tecum, benedicta tu in muliéribus, et benedictus fructus ventris tui Iesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus…”

Esa lengua romana, el latín, me trasportó siete años atrás. Le comenté los avatares, las razones y los motivos por los que dejé la formación sacerdotal, con cierto sentimiento de culpa ante él. Pero, los costeños no servimos para la vida religiosa, fue lo que me hizo entender, casi a gritos. “Le toca lavar los baños de todo el seminario para que aprenda el valor de la humildad”, recitó. Después de esto, sonriente agregó:

—¿Y entonces qué, papito, nos bañamos junto o qué?

—Yo vengo bañado —le espeté.

—Tú te lo pierdes —me dijo y me hizo otro guiño.

Entonces, se metió el dedo anular en la boca y se lo chupaba con algo de apetito y de patetismo. Me hizo recordar el clásico de Garganta Profunda.

—Julio César, usted no se ha aprendido la regla de San Francisco, ¿cierto? No sabe las constituciones de nuestra orden, no sabe qué es la obediencia, qué es la pobreza y la castidad, ¿cierto?… ¿Por qué se levantó tarde? Dígame, ¿por qué? ¡Costeño flojo!

—¡Póngase de rodillas para flagelarlo! —me ordenó, histriónicamente. Eso ya le daba color al ejercicio de la noche. Pero luego se fue al baño.

Tres minutos después, salió envuelto en una toalla.

—Sabes, dijo, a mí me encantan los costeños que la tengan grande y gruesa.

Se sentó en los pieceros de la cama y sin decirme nada cogió el dedo gordo de mi pie derecho y se lo echó a la boca, trataba como de ahogarse. No sé si mis pies estaban tan limpios como para eso.

—Julio César, usted no limpió el sagrario. Usted es un costeño cochino. Negro malparido. Ahora, se va para el oratorio, realiza un aseo general y luego me reza el rosario doloroso de rodillas, pero con estas dos tapas de gaseosa en las rodillas para martirizar en el cuerpo. ¡uuummm, y qué cuerpo bien formado tienes! Tú vas al gimnasio ¿cierto? —me preguntó, con cierta sensualidad de travesti.

—Tres veces a la semana. Y estoy estudiando ingeniería ambiental.  Voy por el séptimo semestre, y me gustaría ser profesor —rematé.

—Yo, en cambio, lo que quiero ahora es emborracharme contigo —dijo, y se servició un trago lleno, hasta el borde, y se lo tomó de una tirada

—Ponga las manos para que reciba sus golpes; usted lo que necesita es regla y de la buena, Julio César. Ponga las manos para que sea un discípulo verdadero, un hombre casto y obediente, como San Antonio de Padua o San Lorenzo de Brindis.

Los reglazos retumban en el presente y en el pasado. Hacían doler los nudillos de los dedos. Hacían doler el alma. Un bolero agobiaba la habitación 309. Todo estaba contemplado en el contrato. La dinámica iba bien, no lo puedo negar. Cambiábamos de roles, de tanto en tanto, para no dejarlo caer en la monotonía. En una de estas, él me pidió que le mostrara los juguetes que yo poseía. Abrió mi valija de instrumentos y los fue sacando, él mismo, uno por uno, y a cada uno le hacía su respectiva caracterización.

—Ahh, bolas chinas, ¡cómo me encantan! ¡Qué bien, un estimulador prostático- perineal! Y son de los caros. Esto es un Shots Rabbit, Anillo Vibrador. Y, ¿qué tenemos acá?, una cinta de dominación sin pegamento, ¡por Dios! Y aquello es un Kit Sado Light. Bueno, los aceites y lubricantes son de buena marca. Y este último, será para ti, mi moreno hermoso, un gel retardante. Definitivamente, la cosmética erótica cada día crece y se desarrolla mejor —sentenció.

Se sirvió tres tragos seguidos. Ahora empezó hablar de cómo ingresó a la Orden de los San Franciscanos. Estaba ebrio. Desde la silla me miraba con lujuria. No sé en qué momento se quedó dormido. Fue por un instante. Yo recogí y metí sin ningún reparo y de manera desordenada los accesorios sexuales que el padre Vichenzo había dispuesto en la mesa, de manera organizada, como si fuera un altar.

—Ya se han cumplido las dos horas exactas —le dije al despertarlo.

Abrió un ojo y, con una seña de mano, me indicó que me fuera.

—Tranquilo, costeño, váyase. No hay problema —me dijo, medio dormido—. Julio César, usted hoy se va del convento, sale de la vida religiosa, ¿oyó? ¡Costeño mama la burra! Hoy se va. Usted no sirve para la vida consagrada a Cristo ni a la Iglesia de Dios.

Hubo algo de silencio detrás de mí; no mucho. Las palabras de sonámbulo del padre Vichenzo me confundían. Parecían más las reclamaciones de mi consciencia a lo largo del pasillo de aquel hostal, por el que me iba, valija en mano, como un médico de la colonia.

—Sería un mal sacerdote.

— ¡Cállese! Así que, fuera… ¡fuera de aquí, malparido costeño!

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