LA LLORONA SÍ EXISTE

Jorge Parodi Quiroga

Si no hubiera sido porque rayaba las diez de la mañana de aquel día soleado, la impresión que tuvo Josías al toparse de frente con aquella escena indescriptible, con seguridad su única reacción hubiese sido correr, correr y gritar.

De pie, frente a la vecina que tantas mañanas había visto pasar por su casa, pero de la que solo supo su nombre después de la noche oscura del espanto, tuvo que sacar fuerzas no se sabe de dónde ni cómo, para disimular la impresión que le causó eso que llevaba en brazos pegado a su teta, como si se la estuviera comiendo.

El color verdoso de su diminuto cuerpo contrastaba con el lienzo de ébano que recubría la silueta frágil. Unos ojos saltones, su cabeza enorme, enorme, tan enorme, produjo una impresión tan fuerte que habría de estremecer a Josías cada vez que evocara aquel momento surrealista.

Fonte Seca era por entonces un villorrio que no se sabía si estaba progresando o se estaba acabando; igual que cuarenta años después. Caluroso, polvoriento, sin agua y con una generadora de energía eléctrica que prestaba un servicio intermitente e insuficiente, que cuando funcionaba si acaso llevaba energía a la mitad del poblado.

Era la década de la conquista de la Luna, de la Guerra Fría, de los movimientos juveniles por la paz, del Rock and Roll; de la yerba de la paz, cosas todas de las que no se tenía noticia alguna en Fonte Seca, menos claro está lo de la yerba de la paz, que ya contaba con un muy significativo número de afectos.

En la noche de aquella mañana no hubo luz eléctrica en el barrio de Josías. Cuando tal cosa sucedía, todas las familias salían al frente de sus casas y acomodados en los taburetes de la época, alrededor del padre de familia se instalaban a escuchar las diatribas y acopiar bajo el manto de un cielo lleno de estrellas, el suficiente fresco para poder soportar el calor infernal dentro de la casa, hasta cuando ya vencidos del cansancio, el patriarca cesaba la perorata y en tono grave ordenaba: ¡A dormir!  

Como de costumbre esa noche las Ávila, tres hermanas que entre ellas sumaban dos siglos, solteronas por convicción y rezanderas de oficio, que nunca faltaban a la misa de seis pero de noche oficiaban de agentes del averno, con paso lento y en estricta fila india llegaban hasta la casa de Josías a hablar cosas de grandes, fumar cigarrillos Piel Roja y narrar las historias de ultratumba del mítico callejón de Constantino Román, una diminuta y ridícula callejuela donde se decía que salían muertos, demonios y fantasmas y por la que, gracias a su terrorífica fama, ni el más guapo se atrevía a cruzar por las noches.

Pepa, la menor de ellas, acomodada en la butaca de la que había desplazado al hermano menor de Josías, con los ojos cerrados, voz trémula y medida intención de asustar a Josías y sus tres hermanos, todavía exhalando el humo de su último Piel Roja que se mezclaba con el olor insoportable de su dentadura postiza, de su colección chocarrera de cuentos pueriles, pero altamente mortificantes, seleccionó como de costumbre uno con el que estaba segura habría de  afligir hasta la angustia a Josías y sus hermanos, como si los quisiera castigar por ser niños o porque no eran sus hijos.

—Comadre —empezó a decir dirigiéndose a la mamá de Josías. —Estas noches tan oscuras me recuerdan que en el callejón de Consta dicen que sale una mujer de cabello largo y negro, vestida con ropas blancas pero andrajosas gritando con agonía: ¡Ay, mi hija! y dicen que camina por todo el callejón hasta la orilla del río y regresa; por eso el sonido de su voz llamando y llorando por su hija se aleja y se acerca.

A esa altura de la historia ya Josías estaba petrificado del miedo. Su corazón latía como caballo desbocado, hacía un frío sepulcral que lo arropaba y acongojaba aún más.

¡Hora de dormir! Prorrumpió intempestivamente el papá de Josías, como interrumpiendo la macabra narrativa que amenazaba continuar toda la noche, tal vez porque presintió el miedo intenso que se había apoderado de su hijo. De cualquier manera, para Josías la orden de ir a la cama, fue un acto de misericordia divina que terminaba el suplicio al que lo sometía Pepa. Su miedo era solo superado por el desprecio que sentía por esa mujer otoñal, que vestía trajes de florecitas negras y que siempre tenía ese olor peculiar. Por eso seguramente nunca pudo conseguir marido, pensaba Josías.

El calor infernal de aquella habitación diminuta que Josías compartía con sus hermanos hacía difícil la respiración; la sepulcral penumbra que lo envolvía era angustiante y él todo lo que deseaba era caer profundamente dormido, para ver si con el sueño podía evadir el retumbante eco de la ominosa historia que no se iba de su cabeza. Agotado más del alma que del cuerpo, sus ojos comenzaban a cerrarse en rítmico parpadeo que interrumpía de tanto en tanto el estridente chillido de los resortes del catre en el que dormían sus hermanos.

Con todo, en el umbral del sueño agradecía la seguridad que le prodigaba las paredes corroídas de su habitación; ahí estaba protegido de fantasmas, espantos y sobre todo de esas tres brujas que cada noche sin luz, llegaban hasta la puerta de su casa para enseñarle a tener miedo. En el silencio de esa noche podía escuchar el silbido de la brisa tenue que corría en el callejón de Constantino Román y que traía el sonido lejano de un acordeón que sonaba entre cardón y tuna; era como un arrullo, como una canción de cuna de esas que nunca nadie le cantó en su infancia más tierna. Los miedos desaparecían y Josías se entregaba vencido al sueño, esperando la otra ráfaga de brisa para que le trajera otro trozo de melodía de ese acordeón que sonaba en la distancia.

La sensación de paz y confort que lo había inundado con efecto sedante fue abruptamente interrumpida por el escandaloso ritual de mil gatos en el techo. Maullaban como poseídos por el demonio, pensaba Josías, se acordó que alguna vez alguien había comentado que ese maullido lastimero presagiaba desgracias. Era el mismo ruido macabro que por días escucharon dos años atrás y que cesó el día que a Juana, la empleada que atendía las cosas personales de Constantino Román, se enteró que su único hijo, el que había logrado hacer profesional lavando ropa ajena en la orilla del río, había muerto en trágico accidente.

¡No puede ser! Masculló y el sueño se evaporó por completo. En un segundo la pesadez de los parpados desapareció, el pensamiento se agudizó y los temores regresaron, solo que más fuertes, aterradores e infames que antes.

En su mente comenzaron a desfilar mil imágenes todas feas. En la oscuridad, el macabro maullido de los gatos se hacía cada vez más insoportable, maullaban y corrían, por momentos parecía que iban a tumbar el techo. La brisa silbaba pero ya no traía el sonido acompasado del acordeón, aparecía con furia y casi inmediatamente se desvanecía; como un rayo de pronto se cruzó la imagen de eso que vio en brazos de la vecina en la mañana, pero ahora no era impresionante, era aterradora; podía escuchar los latidos de su corazón como si lo tuviera en su cabeza y no en el pecho; tenía la sensación que en cualquier momento los gatos iban a saltar sobre su catre viejo y se enfundó debajo de la cobija vieja y descolorida buscando la sensación de seguridad que había perdido.

En su refugio, asustado e inmóvil, mientras el resto de la familia dormía desentendidos de la oscuridad, del calor, de los gatos infernales, Josías pensaba que no podía haber nada peor que lo que estaba viviendo en aquel momento eterno, infeliz y oscuro. El aire de la habitación se había hecho aún más denso y escaso, le pareció extraño que a pesar del calor su sensación era de frio infinito; tal vez si la brisa trajera el sonido del acordeón podría distraerse intentando identificar la canción y tratando de cantarla, necesitaba ocupar su mente en algo diferente, algo que pusiera en segundo lugar los aullidos incesantes y casi agónicos de esos gatos feos, algo que le pudiera borrar la imagen nefanda de esa cabeza enorme con cuerpo chiquito mordiendo la teta de su pobre vecina sin nombre.

Una ráfaga de brisa estremeció las hojas de madera de las ventanas, tuvo la sensación que alguien las empujaba.

Josías era solo un niño de ocho años. No sabía que los niños tenían derechos, todavía no distinguía la realidad de la fantasía. Era el mayor de cuatro hermanos y por lo tanto la atención de sus padres rápidamente había sido desviada hacia sus hermanos menores. Habría de cargar la responsabilidad de ser el grande y eso entre muchas cosas significaba aprender a valerse por sí mismo.

En las tétricas noches sin luz, en que las tres brujas disfrazadas de tiernas viejitas aparecían desordenando la reunión de su familia, su butaca y la de sus hermanos se le brindaba a la visita. No se requería una orden; ya todos sabían y automáticamente uno a uno se levantaba para ofrecer su silla a las recién llegadas. Para los hermanos de Josías el destino inmediato era las piernas de papá y mamá, para él era el suelo, así que las historias del más allá las escuchaba tirado boca arriba en el piso contemplando el cielo despejado lleno de estrellas y sufriendo cada renglón de horror que era recitado sin afán por Pepa Ávila.

Una segunda ráfaga de viento volvió a estremecer las ventanas de toda la casa, pero esta vez percibió el sonido de una voz de mujer. Un frío estremecedor recorrió su espalda. Pensó o quiso pensar que los nervios lo estaban haciendo escuchar cosas extrañas. Recordó a su papá cuando le decía que todas esas historias que Pepa contaba eran solo mentiras, nada de eso era real; pero verdad o no, el miedo se había apoderado completamente de Josías y una nueva ventolera llevaría sus miedos al punto más alto cuando al tiempo que estremecía las ventanas y silbaba en su paso frenético por el callejón de Constantino Román.

¡Ay, mi hija! ¡Ay, mi hija! ¡Se me murió mi hija! ¡Ay, Ay…!

El quebranto viajaba al vaivén de la brisa, unas veces más audible que otras pero siempre espantosamente perceptible. Ahora, sentado y aferrado al trapo que inmerecidamente le llamaba sábana, agudizó sus oídos con la esperanza que solo se trataba de un asunto de nervios. Pero no fue así; el suplicio subía de tono, tuvo la sensación que estaba en la puerta misma de su casa pero al segundo se escuchaba distante. El estropicio diabólico de los gatos enmudeció, la brisa se desvaneció y el llanto lastimero se hizo más evidente, más fuerte, más real… No había duda, esa noche la Llorona estaba en la calle.

Aterrorizado sin saber qué hacer, permaneció por eternos segundos, esperando que todo acabara y a la Llorona se le diera por cambiar de barrio o tal vez, los vecinos de la cuadra despertaran y entre todos ahuyentaran al espanto que esa noche se hizo real. Nada de eso sucedió; el tiempo pasaba y el lamento de la Llorona era más fuerte y lúgubre, más siniestro y la agonía de Josías insoportable.

Sin atreverse a bajar de su cama por miedo a que la llorona lo tomara por los pies, llamaba a sus hermanos los cuales no se daban por enterados de las novedades de ultratumba que lo estaban acongojando. ¿Será que están muertos? ¿Será que ya se los llevó la Llorona? No era posible dormir con semejante escándalo, por ello en un instante de agonía extrema, con un grito que ahogó el plañidero gemido que se paseaba por las calles oscuras de su vecindario, alertó a su familia: ¡La Llorona! ¡La Llorona!

¡No sea pendejo! Le grito el papá desde su habitación que sobresaltado por el grito de Josías había regresado al mundo de los vivos. La Llorona no existe, vaya a dormir que ya es tarde. Josías insistía que la Llorona le había salido y que estaba en la calle caminando de un lado al otro; la mamá y los hermanos se despertaron sin saber muy bien qué estaba pasando y de pronto todos enmudecieron de pavor cuando escucharon el vagido de la mujer que cortaba el silencio de aquella fea noche sin luz.

Sin ninguna duda ante la realidad espeluznante que estaban viviendo, la mamá llena de miedo, reunió a los cuatro hijos en su habitación como la gallina que junta a sus polluelos, tratando de protegerlos sin saber muy bien de qué y apremió al papá que averiguara acerca de lo que estaba sucediendo.

Con una lámpara de gas en una mano y un cuchillo de mesa en la otra, también sorprendido y asustado casi sin dar crédito a lo que sus oídos escuchaban, abrió como pudo la puerta y dispuesto a afrontar lo que fuera salió a la calle; en su afán no se percató que por única prenda sobre su cuerpo, escasamente llevaba un calzoncillo blanco alguna vez, ahora amarillento y lullido; igual no importaba, la llorona no estaba buscando hombres, buscaba a su hija.

Ya en la calle se encontró con dos de sus vecinos, que alertados por la misma causa salieron en busca también de respuestas. Con el acuerdo tácito que les impuso la sobrenatural situación y sin intercambiar palabras, aunque cada uno mascullando alguna plegaria, tal vez esperando protección milagrosa ante el espanto que escuchaban sin ver, recorrieron la calle tratando de seguir la dirección del llanto que oían. La trayectoria cambiante del viento y las pausas del lamento de la Llorona los desorientaba. En pocos minutos ya no había nadie dormido en el barrio, el miedo corría como torrente igual que el río que se formaba en esa calle con cada aguacero; algunos más valientes se unieron al equipo que buscaba por las calles un encuentro personal con la Llorona, otros asomados en las puertas esperaban, solo esperaban. Los niños lloraban de miedo, las mamás con palabras intentaban disimular el terror que se reflejaba en sus rostros; las hermanas Ávila, las vecinas macabras, como eran mujeres solas salieron a buscar refugio a la casa de Josías. Cuando Josías las vio llegar todos sus miedos crecieron y las culpó, pues le habían dado vida a todos los espantos y esa noche en particular, uno de ellos llegó para probar que esas viejas no mentían, aunque ellas mismas estaban descompuestas por el miedo; verlas tan asustadas fue como una especie de consuelo.

A pesar que el número de hombres por la calle aumentaba con los minutos, a la Llorona parecía no importarle. Su lamento no cesaba y por el contrario aumentaba en intensidad y frecuencia, pero nadie veía nada. En las calles todos caminaban con la esperanza secreta que tal vez su presencia la disuadiría de irse de su vecindario y no vivir el infeliz momento de toparse de frente con la ella. En las casas todos esperaban que pasara esa pesadilla. Las rezanderas rezaban, la bruja del barrio encendió un tabaco quizá para calmar sus demonios y los niños como un coro improvisado, se aliaron a las jeremiadas del personaje del cuento que esa noche estaba demostrando que no era tan cuento.

Poco a poco, los hombres fueron regresando a sus casas con ánimo resignado ante la infructuosa cacería. No quedaba más que resguardarse y esperar que aquella noche de terror terminara sin consecuencia alguna; el gran temor por la aparición de la Llorona era que, según la historia, cada vez que aparecía, uno o más niños morían de manera inexplicable.

El primer grupo de búsqueda que integraba entre otros el papá en calzoncillos de Josías aún continuaba buscando; extendieron su averiguación a calles contiguas a la suya y justo en una de las casas ubicada a mitad de cuadra, pudieron comprobar que el llanto causante de tanto alboroto y nervios, provenía de su interior. Asustados y perplejos a alguno se le ocurrió pensar que la Llorona había irrumpido en aquella casa a cobrar la vida de los niños que allí vivían. Sin pensarlo ni hablarlo se lanzaron decididos al rescate de las almas inocentes que aquel espanto quería arrebatar. Empujando fuertemente la puerta principal que no estaba trancada, en cuestión de segundos se encontraron los tres héroes, dos sin camisa y uno en calzoncillos, justo en la mitad de la sala de aquella casa.

Tuvieron la impresión que habían llegado muy tarde. La casa era la de Dolores, la vecina que Josías en la mañana de aquella noche había visto cargando algo con una cabeza descomunal causándole una impresión imborrable.

Alrededor de una cunita vieja, de pie Dolores y su hermana, contemplaban y lloraban ante el cuerpo inerte y frío de su hija; una niña de solo meses de nacida a la que se le había desarrollado un cuadro de hidrocefalia, una enfermedad que para la época no tenía tratamiento, no al menos en aquel pueblo polvoriento y olvidado y que esa noche acabó la vida de Clarita.

De regreso, los tres hombres fueron explicando a sus vecinos lo sucedido y en la medida que el miedo disminuía asomaba el dolor compasivo por Dolores y su hija muerta y aumentaba la consciencia de la casi total desnudez del papá de Josías. Para algunos, que no ocultaban el pesar sincero por la muerte de la hija de la vecina, esto ciertamente resultó un poco frustrante, tal vez porque en el morbo humano siempre hay lugar para la esperanza que los demonios sean reales y más malos que las personas.

Mientras se enfundaba en un pantalón de drill también desgastado, el papá de Josías contaba a su esposa, a sus hijos y a las tres vecinas que invadieron su casa, la realidad de lo sucedido.

Esa noche el niño comprobó que la Llorona sí existía, y no era la figura de ultratumba de los cuentos de las Ávila, era una mamá de este mundo llorando la muerte de su hija enferma con dolor y la agonía que siente una madre que se supone debe morir antes que su progenie, una madre que le tocó en fatídica suerte cerrar los ojos por última vez de la hija que fue su ilusión y que ya no vería correr y crecer; una madre que ya no jugaría nunca a las muñecas con su muñeca y que no le daría la alegría un día de hacerla abuela. La Llorona, sí existe.

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