UNA LECCIÓN DE POCAS PULGAS

Marianné Rivera

Es miércoles por la mañana, el sol intenta mostrar sus ardientes e intensos rayos para calentar con frenética intensidad a los habitantes de la ciudad, pero las envidiosas nubes permanecen abrazadas, tan juntas que bloquean cualquier intento del astro por asomarse. Así transcurre la mañana, fría y con un tono grisáceo que entristece mi ánimo. Apática y sin deseo de hacer las tareas pendientes, miro alrededor, y observo como un tenue rayo de luz traspasa el ventanal creando una bella cortina de esperanza, calma y tranquilidad. Respiro profundamente, me tomo algunos segundos y decido caminar hacia la cocina, en mi mente la melancólica frase ─hoy será uno de esos días, tan apático y frío como mi voluntad─ retumba una y otra vez. Al llegar a mi destino, la cafetera ya me espera con un delicioso café americano recién preparado, automáticamente agarro la jarra y sirvo un poco en mi taza preferida con tremendo desinterés, mi mente solo puede pensar en la catastrófica situación que enfrenta el mundo. Me acerco al cristal para contemplar el jardín, intento buscar un poco de aire que me ayude a despejar los miserables pensamientos que tienen como único propósito envenenar mi ánimo. De pronto, dos pares de hermosos ojos verdes y patas peludas, aparecen repentinamente. Son mis pequeños y pulgosos amigos, Holanda y Macao, dos perritos maltes, que se aproximan sonriendo con gran emoción. Abro la ventana y los acaricio, ellos muy emocionados sueltan lengüetazos, recargan tiernamente sus cabezas en mi regazo, por algunos segundos me miran como si comprendieran mi desánimo, y el amor que siento de ellos es increíble. Después de un rato, cuando perciben la armonía en mi tono de voz, corren extasiados de un lado para otro entre el pasto y las flores. Yo, simplemente los observo fascinada…

Miro su cálida inocencia, lealtad, cariño incondicional y la facilidad con la que viven y sonríen de felicidad ─suspiro por un instante─. Ojalá tuviéramos la capacidad para comprender y aprender abrazar el momento, vivir el instante y guardar en la memoria del alma la sensación del ayer para que quede tatuada en la piel y nos recuerde que la vida es efímera y suele disfrazarse y desaparecer casi al instante. Esta es la mejor enseñanza de pocas pulgas que he recibido de mis pequeños y perrunos maestros Holanda y Macao.

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6 comentarios en «Una lección de pocas pulgas»

  1. A veces, nuestras queridas mascotas son inspiradoras y nos llenan de energía en los días donde el desinterés quiere adueñarse de nosotros.
    Un abrazo, querida Marianné.

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