SE LO DEJO HASTA AHÍ

Luis CampoElíaz

Desde el semestre pasado el profesor de matemáticas, Jaime Baletta, no lograba conciliar el sueño. Noche tras noche recordaba el instante donde Adolfo Camelo, —un estudiante de notas no mayores a 3.2—; había logrado sacar un exorbitante 4,8 en el último parcial. El docente sospechaba, con sobradas razones, que Camelo había hecho trampa, pero no logró demostrar el ilícito que acusaba y tuvo que conformarse con aceptar, a regañadientes, la realidad de ese momento: Camelo había obtenido la más alta valoración en una de las asignaturas que él dirigía.

El profesor recordaba el episodio burlesco del periodo académico anterior, cuando Adolfo Camelo, el día de la entrega de los parciales y después de exigirle una explicación por tan alta e inusual calificación, respondió con un gesto sobrador y una expresión que aún retumbaba en sus sesos:

«¡Qué va profe!, el que no nos vio ni media en las curvas fue usted, mire como lo dejamos. Casi se lo lleva Pindanga».

¡Casi me lleva Pindanga! Atrevido el sinvergüenza ese. Se decía cada noche al despertar agitado, luego de beber un poco de agua que mantenía en una jarra, encima del nochero, al lado de su cama. ¡El próximo semestre me las pagas, Camelo codena’o! Susurraba con tanto rencor que al recordar el suceso le brotaba una cana más en su cabeza.

Las hojas rojas de los almendros avisaban el inicio de semestre y el hervidero de estudiantes de ingeniería se arremolinaba en la cartelera informativa para hacer el horario correspondiente de las materias de estudio a matricular en el período académico entrante.

—Camelo, ya viste quién va a dar Matemáticas II —preguntó Iguarán.

—Ni me asustas. Yo voy a inscribir la materia en la noche y el profesor Baletta no da en ese horario.

—Hay tres grupos y todos los tiene asignado el salvaje ese —advirtió Iguarán.

—¡Cómo va a ser! Nojodaaaa pero que suerte —dijo, fingiendo asombro—. Total, ya le tengo la «pita medía». No le temo a la oscuridad —sentenció, jactancioso, encogiendo sus hombros, como restándole importancia al hecho.

—Muchachos, un placer nuevamente encontrarnos —saludó Baletta el primer día de clases—. Este semestre solo nos enfocaremos en el estudio de las derivadas y sus aplicaciones. ¡Está pesa’o! Así que a estudiar con juicio —expresó el docente.

El Maestro tomó marcadores y remangándose la camisa dio inicio a la introducción de la temática. Explicó preconceptos, simbología, gráficas, propiedades, fórmulas y una docena de ejemplos básicos. Durante las cuatro semanas siguientes el profesor Baletta desarrolló, de forma concienzuda, cuanto ejercicio tenían a bien los estudiantes sugerirle resolver: derivadas exponenciales, racionales, logarítmicas, trigonométricas, polinómicas, hiperbólicas y mixtas. Todas las desarrollaba sin despeinarse por muy difíciles que aparentaran ser.

— ¡Pura papaya! —remataba, luego de aplicar «carpintería de la barata», como el docente llamaba a los procedimientos algebraicos que le permitían simplificar la respuesta a la máxima expresión.

La semana del primer cohorte de parciales llegó cansina como la brisa de las densas aguas saladas de Manaure. Aquella tarde del examen de Matemáticas II, los kilómetros que separan a la universidad de La Guajira con la ciudad se sintieron eternos dentro del taxi que hacía el servicio colectivo. Definitivamente el tiempo se había estancado en los albores de sus caprichos. Así suele suceder en el país peninsular.

—Tovar y Montero, ya saben. Vamos a aplicar hoy el 1,2,3. Nos ubicamos uno al lado del otro —sugería Camelo a los compañeros de mejor desempeño académico, instigando a un elaborado y fraudulento plan que siempre daba resultado.

— ¡No se vayan a cagar! Ustedes solo díganme qué propiedad o fórmula aplicar y yo voy desarrollando el ejercicio. No necesito más nada —advertía—. Ya después comparamos los resultados y entre los tres nos ayudamos. —Finalizaba.

Es cierto, en matemáticas cuando uno tiene mediana idea de algún tema, solo basta con una leve orientación y desarrolla, sin mayor problema, un ejercicio cualquiera.

Baletta, luego de dictar los acostumbrados veinte ejercicios del examen, alzó la voz y señaló tajantemente:

—El chiste de la derivación no está en aplicar las fórmulas. ¡No! La gracia está en utilizar las propiedades y recursos algebraicos para reducir términos semejantes y entregar la respuesta lo más resumida posible. ¡Es lo que voy a calificarles en esta oportunidad!

—Mierdaaaaa Camelo, hasta acá te trajo el río. Ve apartando el cupo para el vacacional de enero, porque esta materia no la ganas —le susurró al odio, Iguarán, entre risas.

—Pura bulla. Te vuelvo a repetir que le tengo la «pita medía» a Baletta —expresó, confiando en la estrategia que ya tenía preparada.

El cielo se le vino a pedazos a Camelo cuando el docente dio la orden de salir a la plazoleta de la facultad donde, además de poner una distancia de dos metros entre cada estudiante, los colocó de forma aleatoria, con tan mala suerte que Camelo quedó en el lado opuesto a Tovar y Montero.

“Ñerdaaaa y ahora. Se me puso el café caro”. Se dijo Camelo, aludiendo a que sin la ayuda de sus confabuladores amigos estaba perdido. La ansiedad en la que estaba sumido lo llevó a comerse todas las uñas de sus manos, sus dedos ensangrentados daban fe de eso.

“No creo que yo no dé para hacer esos ejercicios”; pensaba, dándose ánimos y tomando control de la situación. Fue en vano. Revisó los veinte problemas y a duras penas encontró cuatro que podía hacer fácilmente, en los otros necesitaba del uso y desarrollo de la «carpintería barata» para poder hacer la simplificación de términos semejantes y entregar la respuesta simplificada.

“¡Calma!” —reflexionaba—, “cada ejercicio vale 0,25. Estos cuatro, que sé que están buenos, suman 1,0. Ahora, como yo desarrollo un poco más de la mitad del resto de los ejercicios, sacaría, por lo bajo, 0,125 en cada uno; lo que totalizaría… 2,0 más 1,0 que tengo seguro; ¡3,0! ¡Raspando!, pero lo gano”. Terminaba sacando cuentas alegres en su calculadora.

Y así, con ese ímpetu valeroso, dando lo mejor de él, enfrentó los problemas de derivadas hasta donde el recuerdo del estudio previo al examen y sus capacidades le alcanzaron.

—Señores firmen las hojas, voy recogiendo —avisó Baletta, pasadas tres horas de martirio en el duro pupitre.

Camelo terminó afanosamente el último inciso de derivadas, colocando, como en los anteriores quince, una nota al pie de cada uno que rezaba: «Profe, como no recuerdo qué propiedad algebraica se usa en este ejercicio para reducirlo, SE LO DEJO HASTA AHÍ».

—¡Te tengo! —se dijo Baletta, sobando sus manos, cuando estaba en el kiosco de su casa revisando los exámenes parciales.

La sorpresa de Camelo fue mayúscula cuando al recibir el parcial calificado notó que al lado de un gigantesco 0,5 en tinta roja, estaban enlistados 20 números, correspondientes a la valoración decimal de cada inciso sin totalizar y una leyenda que decía:

«0,5 por firmar la hoja. Aunque debió sacar un tres, pero como se me olvidó sumar decimales cuando calificaba su examen, SE LO DEJO HASTA AHÍ».

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3 comentarios en «Se lo dejo hasta ahí»

  1. Me tuvo entretenidísima, muy buena. En el mundo estudiantil hay muchos Camelos que a veces nos toman la medida, pero, para un listo, listo y medio (en mi tierra se dice con otras palabras, jaja). Chulada de respuesta la del profesor. Lo que más alegra es que no se salió con la suya el sinvergüenza.
    ¡Felicitaciones, escritor!

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