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El caos era generalizado. Todas las mujeres salieron a la plaza principal con palos y antorchas, evidentemente enfurecidas y con sus rostros mohínos, desgañitando arrítmicamente cánticos incitadores a la lucha, por la salida de “esa mujer” del pueblo so pena de arrasar con todo. Quemaron llantas, rompieron los vidrios de la alcaldía, golpearon a los transeúntes que se les atravesara; algunos aprovecharon el desorden para saquear el paupérrimo comercio local. En cuestión de minutos, lo que había iniciado como una caminata de unas cuantas amas de casa alteradas por la enfermedad de sus esposos, terminó en una verdadera asonada. Los pocos agentes de policía desistieron de cumplir la orden del alcalde de dispersar la muchedumbre, porque aún sus esposas participaban en la marcha ayudando a soliviantar activamente a otros para participar en la revuelta popular.

Con el control total del pueblo, la turba decidió ir hasta la casa de Sofía para, según ellas, arrancar de raíz el mal caído sobre sus hogares. En segundos todo quedó convertido en cenizas, el fuego había alcanzado algunas residencias aledañas y pronto la cuadra se convirtió en un verdadero infierno. Las manifestantes veían con inusitada satisfacción cómo se destruían los viejos techos de tejas, las portentosas paredes de barro y las gigantescas puertas de madera del siglo XVIII. Pero Sofía ya no estaba ahí, alcanzó a salir cuando escuchó las primeras arengas; presentía que su metro ochenta de estatura, su exquisito derriere, su carita angelical, su hermosa piel canela, labios carmesí y la facilidad para socializar con los del género opuesto, eran causa del desbarajuste social en las calles; además, por ser la única mujer en tener permanentemente rinorrea producida por la alergia al polvo y el olor a madera húmeda.           

La rechoncha enfermera alertó a las autoridades, y por supuesto, a las chismosas del pueblo sobre los múltiples casos de hombres con esos síntomas, esperando, ahora sí le asignaran el tan solicitado médico para la región y disfrutar del indescriptible placer producido por el juicio a priori. La noticia causó revuelo y al instante el diminuto centro de salud se vio atiborrado de profesionales en todas las especialidades médicas. Se improvisaron camas y carpas para atender la demanda exagerada de pacientes con padecimientos diversos como sangrado rectal, fiebre, vómito y anemia, entre otros; se presumía estar en presencia de una angiodisplasia colectiva, pero los laboratorios aplicados a los pacientes no definían con certeza su origen. Luego de una semana de emergencia sanitaria, desde la capital se envió el último reporte epidemiológico manifestando que ese cuadro clínico lo ocasionó una infección de transmisión sexual.

Con la perspicacia otorgada por los años de experiencia en la profesión, la larda enfermera inmediatamente conjeturó que la causa de la patología estaba en Sofía, por sus recurrentes relaciones con hombres y el constante moqueo, dando la impresión de estar siempre llorando. Se armó a todo un equipo médico y llegaron a la residencia de la supuesta contaminada. Se tomaron muestras y los concebidos exámenes para certificar la información de la enfermera remitiéndolos al Instituto de Salud de la capital del país. Como parte del protocolo de atención en este tipo de enfermedades, a Sofía se le indagó con cuántos y quiénes había estado en contacto durante los últimos veinticinco días para efectuar el respectivo cerco epidemiológico. Para sorpresa de los trabajadores de la Secretaría de Salud la lista incluía al alcalde, al cura, a policías, al juez y al ochenta por ciento de los infectados de aquel lugar. A cada uno se les tomaron las muestras respectivas.   

Como era de suponerse, el pueblo se enteró y los habitantes siempre señalaban con desdén la residencia donde vivía la impía. El Recuento era un municipio pequeño con una plaza principal rodeado por una iglesia, la alcaldía, la policía y el palacio de justicia, producto del paso del colonialismo por esa región. La indignación se fue haciendo más profunda en las manifestantes y, más por vergüenza que por solidaridad con sus esposos, organizaron el mitin exigiendo la salida de Sofía. Decidieron no esperar los resultados que certificaran la culpabilidad o no de ella, por eso, en menos de cuatro días, la protesta era un hecho.

La multitud eufórica veía placenteramente cómo se quemaba la casa de la culpable y frente a ella comenzaban a bailar y tomar tragos para celebrar el acontecimiento. Permanecieron en aquel lugar hasta cuando el fuego se cansó de tragarse la madera vieja. No contentas, algunas comenzaron a escarbar en las pocas brasas aún ardientes y las cenizas humeantes para encontrar el cuerpo calcinado de Sofía, pero no lo hallaron. Así, poco a poco se fueron retirando a sus hogares con un sentimiento que rayaba entre la frustración y el desconcierto.

Como nunca antes en la historia de El Recuento, el correo se convirtió en lo más esperado. Ese miércoles, al filo del mediodía, el calor era insoportable; muchos decidieron reunirse bajo la sombra producida por los árboles colocados en fila india que atravesaban el pueblo. A lo lejos se pudo ver la entrada del vehículo encargado de la correspondencia, la gente corrió detrás de él hasta llegar a la oficina postal, donde ya estaba el alcalde y las autoridades de salud. Quiso, infructuosamente, el burgomaestre alegar violación de la intimidad de los pacientes para no leer en público los resultados de laboratorio, principalmente los de Sofía, pero nuevamente la gente amenazaba con destruir lo poco que quedaba; por lo tanto, buscó entre los miles de exámenes, el solicitado por la comunidad.   

Con los cachetes encendidos y transpirando por todas partes, la enfermera abrió el documento, secó el sudor que caía en sus ojos y leyó en silencio, levantó la cabeza y batiendo el papel gritó: ¡Negativa! ¡La prueba de Sofía es negativa! Hubo desconcierto generalizado, se agarraban la cabeza y miraban para el cielo como expiando la culpa por haber atentado contra una persona inocente. Por falta de azúcar o el excesivo calor, la enfermera cayó inconsciente. En absoluto silencio, se marcharon. 

Como una medida de desagravio para Sofía, la localizaron y persuadieron volver. La alcaldía reconstruyó su hogar, le ofreció un subsidio de alimentación por un año y en un acto público sería restituido su buen nombre ante los habitantes y autoridades de El Recuento.

Aunque los pacientes comenzaron a mejorar por el tratamiento suministrado, siempre quedó la duda en el ambiente sobre el causante de tal infección. Se les aplicó una contramuestra para verificar su estado.

La ceremonia había comenzado, cuando de repente entró la enfermera con su rostro adusto buscando al alcalde. Lo llamó aparte y le informó de los resultados de las contramuestras habían llegado. Sin poder respirar bien, le dijo:

—Alcalde, lamento decirle que su prueba salió positiva.

—¡No puede ser! —gemía reiteradamente mientras presionaba el puño derecho contra su boca.

—A Sofía se le detectó una alergia causante de su moquera.

—Bueno, por lo menos a esa pobre mujer ya nadie la va a molestar.

—Lo más grave es que se evidenció el origen de la epidemia.

—Pero eso es bueno, ¿o no? —preguntó intrigado— ¿Y quién es?

—¡Usted!

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9 comentarios en «La contaminada»

    1. YALEYDIS VILORIA NORIEGA

      Muy buen relato, Aaron Parodi, tiene la magia de la esencia del pueblo macondiano, muy a la usanza de una situación vivida en la costa Caribe colombiana. Felicitaciones.

  1. Caí, caí, caí. Todo indicaba que la blanca y pura Sofía sería crucificada.
    Cómo me he divertido.
    Coincido también con alguno de los comentarios: ‘…debería hacerlo con mayor frecuencia’.
    ¡Felicitaciones!

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