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ACULILLADO

Joel Peñuela

Llego a casa y la vieja Meyo me abraza. Retengo su apretón un momento para disfrutar el aroma de rosas diluido entre un olor a carbón de Trementino, ese que envuelve el mejor recuerdo de mi vida. Después de nuestro bien conocido saludo, le pregunto por el viejo.

—Ahí está —dice—, hoy ha pasado bien. No me ha molestado tanto como ayer.

Entro en el cuarto; el hombrecito está acostado, lleva puesto un pañal desechable. Todo está en silencio; solo se escucha el siseo de un ventilador que distribuye por todo el cuarto el aire sofocante del medio día.

—¡Quiubo, don Noel!

—Hola, hijo —responde, y comienza a mover su mano en dirección a donde voy acercándome.

—Entonces, don Noel, ¿cómo ha pasado?

Le estrecho su mano derecha con mi izquierda.

—Bien, y tú, ¿cómo estás? Y Lisbeth y los niños, ¿están bien?

Los niños ya tienen cédula y no permiten que me olvide de ella casi nunca. La menor tiene veintiuno.

—Bien, viejo, ellos están bien. Y cuénteme: ¿Cómo ha pasado usted? Lo veo muy bien.

 

Lo hiero amablemente con mi dedo índice en su estómago. El viejo se sacude, sonríe y pone su mano como armadura para evitar un posible segundo puyazo.

—Estoy cansado —dice— acabo de llegar del trabajo.

—Ah, pero qué bueno. ¿Y qué estaba haciendo?

—Pues, cogiendo café.

—Ah… ya. ¿Y, cuántas latas recogió?

—Dos, nada más.

—¡Solo dos latas! Erda, pero se me está volviendo flojo, el man este.

El viejo se ríe.

—¿Flojo? Anda a cogelas tú para ver si coges más que yo.

—Pues claro… yo recogeré, digamos… mínimo, diez.

—¡Diez! Mirá a este. Diez no me cogía yo ni cuando estaba joven.

—Pero es que dos latas son muy poquito. ¡Eso lo recoge un mocho!

El viejo se ríe y mueve la cabeza de lado a lado.

—“¿Un mocho?” —repite entre dientes—. Pa´ fregate.

 

Busca en su reservorio de palabras y dichos algo con lo cual pueda ponerme fuera de combate, como en los tiempos viejos, cuando en lugar de conversar dilapidábamos nuestro encuentro en discusiones.

Se queda callado.

Yo también.

Parece que no quiere continuar con “la pelea”, pues decide volver al tema en un tono menos agresivo.

—Pero me trataron muy mal —afirma, con la voz como buscando ser comprendido—. Fíjate que no me pagaron las dos latas que cogí.

—¿Qué? ¿Cómo así? O sea que además de que no recoge casi nada, no le pagan. No. Nooo. Esto está muy mal. De verdad.

—Pues eso pienso yo también.

» Imagínate que cuando fui a cobrar me dice el sinvergüenza, el dueño de la finca, que no tiene plata, y se fue sin decirme nada.

—¿Y para dónde se fue? —pregunto.

—Pues, nada, no sé. Y cuando pregunté no me quisieron decir.

—Esto no se puede quedar así, ¿cómo así que lo ponen a trabajar y no le pagan? Ahora mismo salgo para donde ese señor. ¡Y ya verá el bandido ese! A ver: dígame dónde vive.

—No. Yo no te puedo decir eso.

—¿Por qué? ¿Por qué no me va a decir? ¿Usted cree que yo voy a dejar esto así?

—Mejor no. No te vayas a meter en problemas.

—Pues sí, sí me meto en problemas, si yo, que soy su hijo, no lo defiendo, ¿quién lo va a hacer? A ver, dígame.

—No, mejor dejemos eso así.

—¿No me diga que tiene miedo?

—¿Miedo? ¿Yo? Al miedo no le han podido hacer pantalones, pero a mí sí.

—Entonces dígame quién es el que no le quiere pagar, y ahora mismo le enseño a ese mancito a respetar a los Peñuela.

—Pues ya le dije que no. Que deje eso quieto.

—¿Qué le pasa? ¿Se me está volviendo cobarde, o qué?

—¿Cobarde? ¡So pendejo! ¡Cobarde serás vos!

—Yo lo veo aculillao. ¡Imagínese que lo ponen a trabajar y no le pagan! Eso no se puede dejar así, por muy aculillao que uno sea. No señor.

—¡Respete! ¡Que aquí el aculillao es otro!

—¡Pues yo lo veo aculillao!

—Pues ya le dije que no. ¿O es que quiere que le revienten la jeta?

—¿A mí? ¿Quién me va a reventar la jeta? ¿Es que usted no me conoce, o qué?

—¡Pss! ¡Tan machito!

—¡Pues tan machito como usted! ¿O es que no soy hijo suyo?

—Eso no tiene nada que ver.

—Pues creo que tiene todo que ver —le digo.

 

El viejo se queda pensando. Mueve sus manos, acaricia la tela de la sábana que tiene debajo. Voltea la cara lentamente, parece que recorre el techo centímetro a centímetro, como si estuviera midiéndolo de nuevo. O tal vez se ha quedado enmarañado con mis palabras, como cuando éramos jóvenes ambos. Como cuando nuestras trifulcas tenían sentido, porque eran de verdad, y por eso daban significado a nuestro encuentro. Hoy, nuestras peleas son solo un juego de niños, porque eso es lo que ahora es mi viejo… y en lo que poco a poco voy convirtiéndome… sin que pueda darse cuenta, porque la mitad de él ya se ha marchado.

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4 comentarios en «Aculillado»

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