Saltar al contenido

LA BALSA

Lorenzo Spurio

 

Ahora aquí, ahora allá

Las premisas rancias

eran útiles a poco,

si no a hacer entender

que todo es aquello que es

y que nada es parte de todo.

Entonces desterré las oraciones

da aquella tierra de llanto,

y depuse los padrones

amordacé el terror

y destruí ordenes mefíticos:

quería que ocurriera.

En la travesía

la madera se agrietó

como las conciencias pútridas

de quien habla y calla.

Yemas con huella

descoloridas por el mar

y desteñidas para siempre

aparecían ahora aquí, ahora allá.

 

 

En veintiuno de negro[1]

Un verdugo cada uno,

hojas afiladas y dientes rechinados,

muecas vanas en las proclamas de acero:

en veintiuno a la batalla arrodillados.

Con un mar en movimiento,

no de tormento sino de engaño

y las fronteras no había más;

el agua que baña las costas

las ondas que se dispersan lentas,

la sangre que esfuma y se disuelve,

la esencia vital que se anula

en una lucha donde gana

la peor crueldad.

El resentimiento ahora es de pocos

y se cancela sí mismo en moléculas de agua

en un Mediterráneo

cuenca de muertos

ciénaga de angustias

cuna de dolor abisal.

Hoy el mar se ha teñido de rojo

y exhala un hedor

de cruces ardientes y arena torturada


[1] Poema inspirado a la ejecución sumaria de veintiuno egipcios coptos por parte del ISIS ocurrida en las costas de la Libia en el febrero del 2015.

 

 

Sacos negros[2] (Canto lento)

En el agua pediste ayuda y vislumbrado torvos reflejos

de apariencias desanimadas y expresiones abatidas

desafiando el principio de Arquímedes, habéis ensayado

que el peso del agua es de un color salvaje

en las ciénagas de provincia las ranas saltan felices

incitado por los ultrasonidos indetectables por el hombre

poniéndose siempre al seguro entre tierra y agua

agua y tierra

tierra y agua

tierra

agua

pero allí en el mar-canalla el peso era insostenible

para anular la profundidad habéis estado luchando

hasta que por ósmosis contra natura

los intestinos se han vuelto vasos comunicantes

con aquella agua salada que os ha llenado

fagocitando todos los órganos, ahora papilla.

Se han mojado las ideas y sobresaturados los proyectos,

las lábiles esperanzas se han hundido con ellas.

Desborda agua por cada parte

y está imposible contenerlo:

la vida es una esponja que se desfila

y desde ella cola para siempre la sustancia del ser

la conciencia es corrompida en los abismos

en las cuencas marinas de barrancos que tragan

y rechinan la toma con dientes de algas y acero.

El agua es en vosotros y en vosotros preside

el reflujo de la muerte por duras penas.

El agua está a vuestro alrededor

os rodea y os reclama cada más

en la descomposición de las carnes

a contacto con peces asesinos

felices de tener un banquete rico y gratuito.

El agua sois vosotros

y como altar de vida que consagra la llegada

os guarda con ella, entre las ondas que

vertiginosas y rugientes

empujan

se retuercen

se rompen

para volver a hacernos vivir.

Pero aquella agua que pesa demasiado

está cual sello de un naufragio atroz

tal que quien en agosto se baña en el Mediterráneo

no puede fingir de no conocer.

Vuestra vida dispersa en las aguas

Habita en cada molécula del mar.

¡Qué no se cierren aquellos sacos negros

aunque la vida ha exhalado sus últimos espasmos!

¡No se cierre el cuerpo en el plástico

que oculta la vista para siempre

y calcifica la vida del hombre!

El sol no llega hasta dentro

y la esperanza empaquetada de muerte se ahoga.

Peladillas luctuosas alineadas

con rigor y pericia

precisión y respeto

por la ignominiosa Europa en el corazón de la cual

pulula sangre-betún de dinero líquido.

Ninguna protección ni compasión

solo crueldad y falsa conmiseración

en los lados de la hermosa Sicania

donde las indistintas escorias de los muertos

sustituyen piedrecitas y válvulas rotas.

Cada crónica de muerte tiene su debut y su epílogo

desconsoladamente idéntico e imparable

Por una masa humana abandonada y perdida

con el llanto en los ojos que no puede derramarse

con el corazón en sumisa lucha contra la existencia

pero hoy, bajo el sol abrasante

¡no cerráis aquellos sacos de basura!

No diferenciáis la muerte de la vida

y dejad respirar aquellos muertos,

desahogarse de sus desprecios

e invocar sus propias divinidades.

Bebemos el acre olor de la descomposición

nauseémonos de mefíticas exhalaciones

inyectémonos los ojos con la virulencia

de la muerte que los otros han vivido

y que nosotros hemos observado áfonos.

¡No cerráis aquellos sacos!,

La vida en anaerobiosis no es del hombre;

En la muerte respira la vida que ha sido separada del cuerpo.

No flores dulces para mitigar el repugnante hedor:

¡qué se trague Flute de muerte

y se readapte el corazón del hombre insensible!

Porque la indiferencia destruye en el silencio

y explota en fragores de vicios e de impasibilidades.

Y hoy no debéis cerrar aquellos sacos:

dejad mis hermanos cerca de mí.

Bajo el sol que reina eterno

sádicamente invoco dolores contra los culpables.

Mientras los rayos tocan los artos atrofiados

por la motilidad anclada en abrazos imposibles

suplico de calentarme a mí también.


[2] El tipo de “saco” al que quiero referirme es exactamente el de plástico de la basura, empleado en los varios naufragios de los migrantes pescados ya muertos en el mar, como se ha visto allá tele.

 

 

La balsa

Construía balsas con trozos de leño abollados

en las noches soleadas de diciembre.

Habría surcado ríos y mares,

yendo más lejos

en territorios nunca desvelados por ninguno.

En aquellos pensamientos hundía

y la crujiente madera se quebraba

después de inseguros movimientos

sobre un mar aceitoso.

A la tenue luz de una abat jour

sorbía un fingido wiskey

y rememoraba nanas de otros tiempos

convertidas en letanías amargas y sin fin.

 

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (5 votos, promedio: 5,00 de 5)
Cargando...

2 comentarios en «La balsa»

Déjanos tu comentario