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LA PINTORA

Aaron Parodi Quiroga

“Donde crecen la mañana,
el rocío y la paloma siempre estás,
donde el sol clava su lanza
y el otoño no se alcanza siempre estás
coloreando la esperanza,
coloreando la esperanza con la tierra,
con la tierra”.

Canción: Coloreando la esperanza. AutoraLiuba María Hevia.

 

La emoción era inocultable, Mónica brincaba de felicidad; abrazaba a su esposo, lloraba sin control alguno y era objeto de todo tipo de comentarios por parte de los despistados transeúntes que la miraban con actitud inquisidora. A ella no le importaba nada, por fin su sueño se había hecho realidad: ver en una prestigiosa galería de la gran ciudad sus pinturas. Tantas horas sentada frente al lienzo, combinando múltiples colores, mezclando dolor y alegría, lavando pinceles de todos los tamaños, habían dado su fruto. Su pintura más querida estaba siendo expuesta en la vitrina principal de la Galería Imperial, sabía que su maestro François , tenía algo que ver con este hecho.

—¿Qué te pasa mujer? ¡Te has vuelto loca!

—Lo que pasa es que… —Mónica tomó un poco de aire para contestar— esa pintura que está en la vitrina es mía.

 —Amor, ¿estás segura que es tuya? —preguntó incrédulo.

—¡Claro! ¡Cómo no voy a conocer mi trabajo!

—Te felicito amor, por fin lo has logrado. Entremos a preguntar en cuánto la están vendiendo.

Se aferró fuertemente al brazo de su Juan y temblando abrieron la pesada puerta de vidrio. Una joven y hermosa recepcionista los recibió con una sonrisa.

—Sigan, sean ustedes bienvenidos a la Galería Imperial. ¿En qué obra están interesados?

—Queremos saber cuánto cuesta la pintura que está en la vitrina —Juan preguntó ante el mutismo de su esposa.

—Tienen un buen gusto. Esa obra está valorada en diez mil dólares.

Se miraron evidentemente sorprendidos y el brillo en sus ojos iluminó todo el lugar; la noticia logró arrancarles una risa nerviosa. La etapa de sufrimiento había llegado a su fin.

Ella desde muy joven sabía lo que le gustaba, era presa de los colores y del encanto indescriptible que produce combinarlos. En el colegio siempre fue destacada por su talento y, en las clases de arte descargaba toda la imaginación que las funciones trigonométricas y los enlaces covalentes le robaban. A punto de graduarse, su profesora de artes le comentó que existía una convocatoria para formar parte del taller de pintura del reconocido pintor francés François Brodeur Bernard , que, de ganarlo, debería trasladarse hacia la ciudad para asistir a sus clases. Como era de esperarse, ganó la convocatoria y le dieron un plazo de tres días para presentarse, de no cumplirlo, la beca sería otorgada al que seguía en la lista.

Solo existía un inconveniente para hacer realidad su sueño: Juan. Se debatía entre quedarse en el pueblo disfrutando las mieles del amor o irse para ser una pintora afamada, era su encrucijada. Esa tarde fue hasta la finca donde él trabajaba y le contó todo. Al principio se sintió triste porque era consciente de que la iba a perder, luego, Juan reaccionó y le hizo una propuesta.

—Quiero estar por siempre en tu vida y no deseo que pierdas esta oportunidad. Tengo la solución… ¡Casémonos!

—Pero Juan, no tenemos ni tiempo ni plata para hacer una boda.

—No te preocupes, el cura es amigo mío, mañana mismo le digo.

Ya casados se fueron hasta la capital, consiguieron una pieza en alquiler y ella se alistaba para cumplir su cita con el artista que más admiraba sobre la faz de la tierra. Llegó hasta el taller del artista, la condujeron a un salón grande donde estaban otros jóvenes pintores como ella. Nadie hablaba, todos se hallaban concentrados en sus lienzos.

Al oído, una muchacha quien se identificó como asistente del pintor, le dio la bienvenida y le dijo que empezara su labor; cuando finalizara su obra, debería pasar a la oficina para recoger su bonificación. Aquello le pareció extraño, pero notó que todos los pintores en esa sala lo hacían, así que no dudó más y comenzó, a pesar de no estar acostumbrada a realizarlo con tanta gente a su lado. Durante el tiempo en el taller, nunca pudo ver al maestro ni tampoco supo cuál destino tenían sus cuadros; creía que su obra sería auscultada por el insigne artista para luego promocionarla en las grandes galerías.

Pintaba uno diario y recibía sus veinte dólares, eso le alcanzaba para la comida y pagar la habitación. Juan, mientras tanto, consiguió trabajo en algunas construcciones; al principio todo cuesta sacrificio, meditaron.

Ese lunes, Mónica notó que había nuevos jóvenes en el salón, no obstante, su preocupación por terminar rápido se apoderó por completo de ella. Cuando fue a retirar su pago, le dijeron que ya no la necesitarían más, si el maestro la requiriera, sería llamada. 

Bañada en sus lágrimas, llegó hasta la habitación y junto con su querido lloraron amargamente su desdicha. Se cuestionaban qué pudo haber pasado, si el trabajo no fue de su agrado o ya no tenían dinero para cancelarle, en fin, miles de cavilaciones. Mientras tanto, el casero les recordaba con tono poco amable el pago diario de la habitación.  

Abandonados en la ciudad, sin el sueño de ser una pintora reconocida y con el estómago vacío, salieron para buscar solución a su grave crisis. El calor asfixiante y la debilidad de sus cuerpos, lograron sentarlos en la acera, frente a una floristería. El dueño del negocio al ver tan lamentable situación, les dio de comer y beber; además, les propuso entregarles unos paquetes de rosas para que los vendieran en los parques y así pudieran salir de ese marasmo.    

Como de costumbre, Mónica y Juan salían a rebuscarse la comida vendiendo flores en la avenida principal. La tarea consistía en caminar sin descanso sobre el cemento ardiente de la inequidad y el desprecio que tiene la metrópolis hacia los pobres. Al pasar por la Galería Imperial, Mónica se detuvo intempestivamente, no daba crédito a lo que veía: uno de sus cuadros estaba siendo vendido. Decidieron preguntar.

Al escuchar a la encargada que su obra costaba tanto saltaron de alegría. Ella continuó informándoles:

—Entiendo su emoción, a mí me pasa lo mismo cuando llegan obras tan bellas como esa; es de François Brodeur.

—¡¿Qué, quééé?! —gritaron ambos.

—Así es amigos, esa hermosa pintura es del gran pintor francés François Brodeur Bernard .

Regresaron a la vitrina para verificar y efectivamente el cuadro estaba firmado por el mismísimo afamado pintor internacional en una de las esquinas del cuadro. 

Mónica entendió que la beca no era para mejorar su técnica, que los veinte dólares eran el pago por cada cuadro y que su ídolo, solo utilizaba a jóvenes talentos para robar sus trabajos.

Su maestro François, era una farsa.

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3 comentarios en «La pintora»

  1. Estimado Aaron buen trabajo, es algo que pasa siempre con jóvenes talentosos en cualquier ámbito, jóvenes que salen con la maleta llena de sueños y esperanzas y se encuentran con situaciones como la que usted narra…

  2. La historia me sorprendió, no sabía que hubiera casos como estos en las bellas artes y es lamentable, porque… ¿Dónde quedan los principios éticos que rigen nuestra conducta? Es evidente, algunas personas los dejan en el olvido, por conveniencia.

    Otro aspecto que me encantó y, además, considero genial, fue que los créditos de la autora de la estrofa con la que se introduce el texto me llevara al video de una canción hermosa nunca escuchada por mí.

    Mi admiración hacia su trabajo, señor.

    Reciba un abrazo desde México.

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