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LA BANDA

Aaron Parodi Quiroga

Por aquellos años, el ambiente era bastante tenso. Las clases se habían suspendido, un grupo de compañeros se colocó en la entrada principal del colegio para evitar que ese personaje funesto ingresara. Lo que comenzó como una simple aventura juvenil se había transformado en toda una manifestación incontrolable, a tal punto que fue necesaria la presencia de las autoridades departamentales para mediar en el conflicto entre los estudiantes y el Rector.

Su pequeño tamaño contrastaba con la maldad de su actuar. Había sido acusado en plena asamblea estudiantil de corrupto, negligente y abusador. Muchas compañeras comenzaron a denunciar que, en alguna ocasión, fueron objeto de algún tipo de acoso a cambio de recibir beneficios en el registro de las notas. Siempre subestimó al movimiento estudiantil y lo tildaba de desocupados. El asunto se tornó aún más complejo cuando tercamente se presentó al colegio con un arma de fuego en el cinto, alegando que temía por su seguridad. Lo cierto es que nunca demostró cobardía, todo lo contrario, era desafiante y poco conciliador ante la situación.     

Poco a poco algunos padres de familia fueron acercándose para apoyar la suspensión de actividades académicas al enterarse de los delitos que se le endilgaban al Rector.  Al finalizar la primera semana ya se contaba con más del sesenta por ciento de los padres de familia y se comenzaron a sumar profesores y administrativos de la entidad. Pero el Rector se negaba a renunciar a su cargo.

Por fin desistió de la idea de ir al colegio, pero no de seguir trabajando. Por ello, todas sus actividades las trasladó hasta donde vivía: al Hotel Raquelita. Desde ahí hacía creer a las autoridades educativas que todo estaba funcionando sin contratiempo, solo era cuestión de tiempo para que los “vagos del paro” se cansaran y lo dejaran volver, pensaba él, pero se equivocó. Los chicos iban al frente del hotel todas las noches a tocar música de la región para incomodarle su descanso. Después de algunos minutos de algarabía la policía lograba dispersar a los estudiantes.

El paro había llegado a su primer mes y la Dirección de Educación amenazaba con cancelar el año escolar, sin embargo, esto no menguó el ímpetu de los revoltosos y por el contrario se recibió el apoyo de toda la ciudadanía; era inevitable la salida del Rector. Se supo que al hotel habían llegado desde el Gobierno Nacional para convencerlo que se fuera del pueblo y así evitar una tragedia ya que la situación estaba fuera de control. Los delegados del gobierno fueron a hablar con el comité organizador del paro, pero el único punto de discusión era inamovible: el Rector debía renunciar.  Pero nuestro maléfico amigo nos tenía una sorpresa guardada.

Mi hermano y yo vivimos como pocos la dicha de ser jóvenes e indocumentados. Éramos cuestionadores, odiábamos el establecimiento y desaforados al momento de hacer pilatunas. Sin saberlo, construíamos los cimientos sólidos de una amistad perdurable. Mi hermano Josías, Pacho, Fidel y otros que no recuerdo, tenían la función primordial de alegrarnos los recreos con cada nueva locura. Eran nuestros ídolos, admiraba su valentía al momento de conquistar a las chicas y la rapidez con que contestaban los requerimientos de los docentes. No sé cuánto estaban involucrados en el paro, pero la mayoría de la gente presentía que eran parte de los organizadores. Mi única labor trasgresora era acompañar a mi hermano para todos lados. Me sentía protegido y lleno de orgullo cuando siempre me preguntaban mi apellido e inmediatamente me relacionaban con él. Era útil, así fuera para cuidarle sus libros y cuadernos mientras ellos incendiaban el colegio.

La cuerda se rompe por el lado más débil y nosotros, los Padilla, ya teníamos ganada la fama de ser unos perfectos desadaptados. Por ello, el Rector consideró que llamando a mis padres para darle las quejas nuestras, podría de alguna manera terminar con la banda que se había formado para obligarlo a dimitir de su cargo. Pero lo cierto es que muy poco teníamos que ver con el comité y la organización del paro, simplemente apoyábamos todas las decisiones en asamblea y participábamos como todos en las reuniones organizativas y los diferentes frentes para lograr lo planeado.  Pero era tarde, el Rector había llamado a mis padres para iniciar los respectivos juzgamientos.

Mis padres fueron muy estrictos en la educación y, aunque nunca lo dijeron, heredamos de ellos la honestidad, el trabajo, la actitud contestataria y la lucha en contra de la injusticia y la desigualdad social. Mi madre era la viga que sostenía el hogar, nunca dejó que nos derrumbásemos ante las adversidades económicas que se presentaban. Siempre la vi trabajando. Mi padre, hombre de música clásica y estudioso de los grandes exponentes del arte, le tocó ocuparse de la finca ya que sus estudios no eran muy valorados en aquellos tiempos. Gracias a él, en nuestra casa conocimos a Mozart, Stravinski, Beethoven, Bach, Chopin, Tchaikovsky, Handel y muchos más de esos maravillosos hombres de difícil pronunciación. Su sueño era ver a algunos de sus hijos tocar un instrumento, pero éramos tan malos que teníamos la virtud de desafinar un timbre. Josías aprendió a tocar guitarra, instrumento de alto valor al momento de conquistar a las niñas del colegio femenino del pueblo.

La cita estaba programada para un sábado en la mañana, debido a la facilidad para lograr una descarga de acusaciones sobre nosotros por parte del Rector sin restricción alguna. Él sabía del carácter de mi padre por lo que solicitó excluir a mi madre del encuentro. La noche anterior estando cenando y sin levantar la mirada del plato, nuestro progenitor nos informó de la reunión. Sentí inmediatamente los primeros acordes de La Quinta Sinfonía de Beethoven en mi cabeza, nos alzamos a ver con mi hermano y sabíamos que todo estaba perdido, era nuestro fin. Continuaba Beethoven alborotado tocando su obra más conocida.

Esa noche no pudimos dormir, nos imaginábamos cómo terminarían nuestras vidas, cuál sería el castigo y comentábamos todo tipo de sufrimiento, según mi hermano, para idealizar el dolor. Su tesis: debíamos prepararnos para sufrir. Toda la noche Niccolo Paganini con su Caprice No. 5 se encargó de colocar la banda sonora a nuestras devaluadas vidas.

Esta vez no hubo gritos para levantarnos ni la acostumbrada argumentación de nuestra madre: ¡Van a llegar tarde! No, nada de eso, estábamos listos para asistir al patíbulo, bañados e inmóviles. Durante el desayuno sentimos la respiración algo pesada de mi padre. Nuestros hermanos menores nos miraban con tristeza, tal vez porque sabían que era nuestra última reunión en familia.  Nos levantamos todos de la mesa y nos alistamos para salir.

Por la calle principal del pueblo íbamos caminando en fila india. Nuestros amigos al vernos pasar sospechaban que algo malo sucedía; la melodía que me acompañaba en esta ocasión era El Bolero de Ravel. Llegamos cinco minutos antes de la hora citada, mi padre preguntó por el Rector y la recepcionista nos hizo seguir hasta una salita aislada. Al menos teníamos la tranquilidad que los gritos de mi padre no serían conocidos por el pueblo; o los nuestros. Llegó el Rector, saludó respetuosamente a mi padre y a nosotros nos cobijó con una tierna mirada de asesino en serie. Sentía que me faltaba el aire, esta vez la melodía que me golpeaba fuertemente era la del Corcorde de Franck Pourcel. Comenzó el juicio:

—Señor Padilla, lamento mucho que esté acá en su día de descanso, pero es urgente que se entere del comportamiento de sus hijos. Sé que usted es una persona muy culta y respetada en el pueblo, lastimosamente algunos frutos caen lejos del árbol.

—Pierda cuidado y cuénteme sin miramientos la grave falta cometida por mis hijos — intuíamos de qué lado estaba nuestro padre.

—A ver le comento, estos jóvenes suyos en asociación con otros más, han organizado una banda en el colegio que nos tienen locos con tanto desorden y comportamiento irregular.

— ¿Dijo usted banda, señor Rector?

—Así es. ¡Una banda, señor Padilla!

Mi padre nos miró con una furia inusitada, se puso de pie frente a nosotros mientras el diminuto personaje continuaba con las acusaciones.

— ¿Cómo le parece? Esa banda es la que quiere que yo salga de la Rectoría y me han bloqueado la entrada principal, ellos son los líderes. Espero sean reprendidos.

El rostro de mi padre lograba cambiar entre morado y azulado. Se acercó y nos abrazó fuertemente, todos quedamos extasiados.

—Gracias, gracias, hijos —nos continuó abrazando—, sabía que ustedes no me iban a defraudar, gracias.

Bastante molesto el Rector por su reacción, lo inquirió:

—Señor Padilla, usted no entiende lo que le acabo de decir, sus hijos tienen una banda en el colegio —se le podía ver la yugular inflamada de tanto gritar.

—Por eso señor Rector, siempre soñé con este momento, que mis hijos fueran músicos y que pertenecieran a una banda musical.

A punto de un infarto, el Rector seguía gritando:

—Ahora sé por qué sus hijos son así, por tener un padre irresponsable como usted.

Nos sujetó fuertemente y salimos por el lobby del hotel. Mi papá detuvo su marcha, se volteó y le dijo:

—Lo mejor que puede hacer es renunciar y dejar el pueblo. Además, no moleste a mis muchachos, yo veré cómo los educo —ahora la melodía que escuchaba era La muchacha de la Valija de Fausto Papetti.

Desde aquel día entendí que debo utilizar correctamente las palabras, por supuesto, después de la paliza que nos dio cuando llegamos a la casa. El Rector renunció, la amistad con los miembros de la banda aún permanece indemne y me encanta la música clásica.

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3 comentarios en «La banda»

  1. YALEYDIS VILORIA NORIEGA

    De principio a fin fue transportarse a cada escena, a través de su banda Sonora, la descripción muy bien esctrurada la narración de un echo que podía catalogarse como muy común, pero elevado con maestría al séptimo arte, con una clara crítica a la sociedad, contestatario con claridad y la jocosidad que lo caracteriza y puede arrancar una carcajada, cosa a lola que nos tiene acostumbrado. Todo un deleite leer este relato Sr Aaron Parodi. Excelente escrito.

  2. Aaron, me encantan los giros inesperados de tus escritos! Y esta vez en vez de uno, das dos! La primera cuando vemos la reacción del padre ante el rector y la segunda llevada a cabo por el mismo progenitor pero esta vez en su casa (este giro tampoco me lo esperaba).
    Tu cuento de hoy ha sido como una sinfonía, cambiando de ritmo y de intensidad bien marcadas con las obras musicales citadas. Dijo una vez ETA Hoffman que «La música empieza donde se acaba el lenguaje.» y tú, desde luego, has hecho un buen aprovechamiento del mismo para acabar de teñir de color el cuadro de tu relato.
    Me ha gustado mucho esta complicidad entre hermanos y amigos, y me ha parecido deliciosa la manera de tortura que ingenian. Desde luego solo un ciego o un sordo podría no haberse deleitado con tal tipo de «sufrimiento «, lo cual es irónico,  siendo el rector de un departamento educativo que no sea capaz de apreciar tal genialidad de protesta. Evidente crítica social de una situación cada vez más extendida de personas inútiles en los campos que se les hayan otorgado a mejorar o por lo menos mantener igual evitando el desastre de un desplome ruidoso.
    La ironía que ya veo como característica de tu estilo, y que me encanta,  vuelve a estar presente como en  «Su sueño era ver a algunos de sus hijos tocar un instrumento, pero éramos tan malos que teníamos la virtud de desafinar un timbre» (me reí mucho con esta frase) o los propios giros, especialmente el primero, y el cierre del relato.
    Resulta irónico también que alguien que sea tan culto y amante de un campo para nada dominado por grandes multitudes o comunidades, tenga que quedarse en casa ya que «sus estudios no eran muy valorados en aquellos tiempos» y otro que no debería presidir un cargo de tanta responsabilidad, sea un completo inútil.

    Me gusta que zarandees al lector alzando mensajes codificados de crítica social!e

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