Saltar al contenido

LA CARTA

Aaron Parodi Quiroga

Todos me conocen, saben de mis gustos y disgustos. Sí, soy Pedro, y aunque ustedes, que están leyendo con esfuerzo estos torcidos renglones se crean con la facultad heredada para emitir conceptos, muchas veces equivocados respecto a mí, voy a contarles en realidad quién soy.

Vengo de la tierra del dolor, del sufrimiento, del abandono. Desde temprano la palabra que escuchaba con perversa insistencia era: pobre, sí, pobre. Creí que era una condición fisiológica atascada en mis huesos, que el designio de lo alto había elegido a mi familia para servir como instrumento de producción en las descomunales haciendas de los escasos favorecidos que, a buen criterio de la divinidad, poseían indiscutibles méritos para ser los ricos del pueblo. Luego me di cuenta que no era así el asunto, ser pobre no es un precepto celestial o fantasmagórico sino la más horrenda actitud reprochable del ser humano por saciar desaforadamente sus lascivas pasiones con el denodado esfuerzo de los demás. En la actualidad, a estos tipos se les conoce como empresarios.

Pero bueno, solo requiero de su comprensión antes que su compasión para poder entender mis alocados sueños, mi delirio por la igualdad, la constante lucha que he liderado para evitarles el sufrimiento que me colgaron en el cuello como medalla desde el vientre de mi madre.

Como les mencionaba, era normal ser pobre, vivir en el campo, no tener nada y trabajar hasta no aguantar más el dolor indescriptible producido por la tierra penetrando incansablemente en las llagas de mis manos, como venganza por los golpes que le asestaba con el azadón. El sol ardiente en mi espalda me causaba daños irreparables hasta el punto de sentir sus rayos derritiendo mi oscura piel. Al finalizar cada jornada, mi padre que aguantó estoico esta situación, nos llevaba al patio para presenciar lo que hasta ahora considero el espectáculo más grande del Universo: Las Estrellas. Ese montón de lucecitas apiladas justo arriba de nosotros era nuestro rincón donde se podían olvidar las penas del día y soñar, soñar sin limitación. La destartalada vivienda se convertía por segundos en la nave que nos llevaba al encuentro con el infinito, a un mundo sin desigualdades donde todos éramos felices. Nuestro vuelo era interrumpido por el aviso de una melodiosa voz femenina que a todo pulmón gritaba: ¡La cena está servida!

Mi padre murió por físico cansancio, lo enterramos en la loma de aquel patio donde todas las noches volábamos juntos. Mi madre, con su carácter recio, sacó fuerzas y logró que aprendiéramos a leer y escribir, actividad que complementaba con las labores propias de la finca. Soy el segundo de cuatro hermanos. El mayor, Alberto, fue a quien le tocó atender en gran medida las obligaciones de la casa. Carlos, se enamoró de una jovencita que nunca le correspondió; no aguantó tanta desdicha y una noche se dio un disparo en la boca con la escopeta de la finca. Rebeca era la menor, inocente. Y yo, Pedro, el delegado por el destino para cuidar a mi madre hasta sus últimos días. Ella no resistió nunca la abrupta desaparición de Carlos. La enterré junto a «su viejo», como ella cariñosamente llamaba a mi padre.

Quise dejar atrás mi atormentada vida y me refundí en el pueblo, allí trabajé en lo que había: limpiar carros, lavar platos en un restaurante, cortar el césped en los jardines de los adinerados, sacar la leche en la madrugada, en fin, era eso o morirme de hambre. Una tarde, cuando terminaba de arreglar el jardín de la familia Abuchaibe, se me acercó una joven hermosa que llevaba en una mano un vaso con jugo de algún fruto amarillo y en la otra la paga que recibía por el servicio. Ni en lo profundo del Universo ni en las alborotadas aguas del río del pueblo ni en ninguna otra parte, pude ver los ojos embrujadores que esa joven tenía, era única, era especial.

Bertica, como la llamaban sus padres, también sintió una fuerte atracción hacia mí. Cada vez que iba nos escapábamos a la inmensa biblioteca que tenía en su casa y me leía historias fantásticas de amores y guerreros, de pueblos y caballeros, de pobres y ricos. Para concretar una nueva visita, ella me prestaba libros los cuales debía devolver con un resumen escrito sobre el contenido del mismo. Ella me contaba que muy pocas veces sus padres iban a visitar ese lugar, solo era motivo de vanagloria cuando realizaban grandes fiestas para posar como intelectuales, pero en realidad nunca tocaban un libro. La lectura y la escritura me hicieron diestro en redactar mejor mis escritos y el léxico. El encuentro literario permitió que el amor se apoderara definitivamente de nuestros cuerpos.  

Al poco tiempo nos casamos y fruto de ese insondable amor, nacieron Teresa, Ana, Javier y Pedrito, eran nuestro valioso tesoro. Creí que evitándoles el dolor por el que trascurrí de niño serían mejores seres, me equivoqué; se volvieron holgazanes, libertinos e irrespetuosos.

Con gran esfuerzo logramos conseguir un lote donde hoy está nuestra casa. En un principio quedaba algo retirado del pueblo; ahora es parte de uno de los tantos barrios marginales que existen en esta ciudad.

Cada uno de nuestros hijos se fue alejando del hogar, encandilados por vanos sueños contemporáneos. Mis hijas se embarazaron pronto, lo que les impidió seguir estudiando. Javier se perdió en el abismo del hachís y a Pedrito jamás se le volvió a ver. Afortunadamente mi esposa me acompañó un gran trecho de la vida, pero su desgastado corazón solo pudo resistir hasta la semana pasada, murió como quería morir, aferrada a mí. Sus huesudas y heladas manos apretaban mi brazo derecho, entonces supe que ella ya no estaba. Con cuatro tablas encontradas en el patio le construí un ataúd. Haciendo un esfuerzo inconmensurable la cambié de ropa, le recogí su largo y blancuzco cabello y la sepulté en al jardín que era beneficiario de largas horas de cuidado por parte de Bertha. Nadie la lloró, solo yo. No hubo familiares, no llegaron los vecinos, éramos los dos nuevamente solos. Fue el anuncio indeseado de mi fin. Nada tenía sentido viviendo solo en la casa que ella me ayudó a construir, por eso he decidido esperar dignamente mi muerte. Acá en el mismo lugar lúgubre donde he apreciado por años cómo la noche le gana de a poco a la luz del día, recostado en mi taburete preferido. Si alguien está leyendo estos garabatos, seguramente es porque ya estoy muerto.

Javier dejó de leer la carta a los asistentes, la dobló y la guardó en el bolsillo de la camisa, luego sacó su pañuelo para tratar de controlar las lágrimas que de alguna manera le reclamaba el injustificado abandono que ejerció hacia sus padres. En compañía de sus hermanas lograron descargar a don Pedro de la silla de madera a un lujoso ataúd, siendo enterrado al lado de su querida esposa Bertha.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (10 votos, promedio: 4,90 de 5)
Cargando...

3 comentarios en «La carta»

  1. Aaron, me ha encantado la humildad y la dignidad con la que tu personaje va contando su historia. No hay odio, ni siquiera reproche, tan solo una evidencia dolorosa de los hechos ocurridos para lo cual él busca las razones en sí mismo. (Creí que evitándoles el dolor por el que trascurrí de niño serían mejores seres, me equivoqué; se volvieron holgazanes, libertinos e irrespetuosos.)

    La apertura del cuento es muy buena por su controversia tanto entre “gustos” y “disgustos”, que pueden llevar a pensar al lector que son antónimos, cuando no tienen absolutamente nada que ver entre sí, no son opuestos, son vocablos que designan realidades diferentes; como por la certeza de “todos me conocen” para declarar en la siguiente oración “ voy a contarles en realidad quién soy”, aquí sí una oposición en toda regla, demostrando lo mucho que nos equivocamos al crear nuestros prejuicios.

    La línea de la narrativa es ordenada y sigue el orden cronológico. El amor y respeto hacia los padres es muy bello y se percibe tanto en sus palabras y comparaciones como por el tono con el que nos revela su historia. La comparación de las llagas como venganza tangible de la tierra, me ha parecido infinitamente bella, y se me quedará grabada. El espacio exterior como nave por la vista del cielo estrellado…toca el alma también.

    La historia familiar y la de su amor con la muchacha de los ojos “embrujadores” es mágica y muestra la vida en todos sus colores, negros, grises y rojos. Me encanta la idea del amor refugiado y casi impulsado por la biblioteca monumento de la vanidad para unos y lugar para deleite y crecimiento personal y amoroso para otros. Qué magia más bonita otorgada a este lugar. Un lugar en el que se forja un amor eterno e indestructible, casi como el conocimiento y destrezas que otorgan los libros por el contacto continuo con sus letras y líneas.

    El final es doloroso pero a la vez calmado, de estos que sabes que aunque acabe mal, en el fondo acaba bien, porque la base, las raíces de aquello que nos hace humanos han crecido grandes y fuertes. Y solo una base sólida puede servir para edificar encima una casa nueva e indestructible también. Yo me quedo con la esperanza, de que los pilares se edifican en los corazones de los hijos tras la lectura reveladora de la carta de despedida del padre.

Déjanos tu comentario